La reforma estructural del mercado de trabajo: Cap.6: Educación y formación continua

La cuestión educativa tiene naturaleza propia y da para tantas o más discusiones como la propia cuestión laboral que estoy tratando en esta serie de artículos. Pero es una “parada obligatoria” al hablar de empleo. Más aún en estos días en los que el tema es de rabiosa actualidad.

Es evidente que el trabajo supone la puesta en producción del recurso humano, y éste configura su capacidad productiva en gran medida a través de la educación. Cuando nos preguntamos sobre el talento si se hace o se nace, diríamos que es un poco de ambos, pero está claro que las aptitudes innatas, si no se desarrollan, se desaprovechan, y al mismo tiempo, mediante el refuerzo y el entrenamiento, se pueden optimizar capacidades en las que a priori no hay tantas fortalezas.

Lógicamente, cuando pensamos en la educación de nuestros hijos, no caemos en un reduccionismo economicista de pensar en ellos como componentes de una maquinaria productiva cuyo valor hay que maximizar, sino que enfocamos la educación como una construcción de una persona, con horizontes mucho más amplios. Pero no es menos verdad que, a medida que avanzamos en las fases educativas, y llegamos a las etapas superiores, ya sea la Formación Profesional o la Universidad, el enfoque a la vida laboral es más que fundamental.

Ahora bien, unas reflexiones previas:

  • ¿No es esencial contemplar la educación como un todo, donde las fases iniciales sientan las bases de lo que se construirá después?
  • ¿No es cierto que el sistema educativo español ha sido rehén de la ideología en el poder, sin el consenso, la estabilidad y la visión de futuro que serían precisos?
  • ¿Negará alguien que los resultados del sistema educativo español a día de hoy son decepcionantes, como demuestran los resultados de los informes PISA? ¿Y que se observa una cierta relación entre los países mejor situados en este sentido y la evolución de su economía, como acertadamente apunta el profesor Velarde en un reciente artículo de opinión?
  • Si el fracaso escolar español es, como sabemos, tan alto, los profesores sufren una alta incidencia de bajas por depresión y estrés, y son notorias las historias de indisciplina, violencia y acoso entre alumnos y de alumnos hacia el profesorado, ¿no habrá algo muy trocal que falla?
Se me ocurren varias líneas de discusión en torno a una reforma en la política educativa:
  1. Mi experiencia personal como estudiante, es que el énfasis en el sistema educativo español se ha puesto tradicionalmente en adquirir conocimientos. Y pienso que es más importante aprender a pensar. Se trabaja más la memoria que la creatividad, el empollar frente al interiorizar. Al final, los exámenes eran un proceso de memorizar, “vomitar” los conocimientos, descartarlos y a por el siguiente. Al final, no se establecen vínculos de interés ni se despierta una vocación de análisis y crítica, y al final, ¿qué queda?
  2. Mi impresión es que no se inculca un espíritu de superación. Entre las presiones a las que están sometidas los profesores, por un lado, que no les motivan sino que más bien les llevan a implicarse menos, y la laxitud en general del sistema, por otro, no se promueve desde edades tempranas una filosofía del trabajo duro. Más adelante, ya no es posible reforzarlo suficientemente.
  3. Especialmente en la educación pública, se está igualando por lo bajo, y estamos limitando enormemente el potencial de desarrollo de muchos alumnos. Como no queremos descolgar, o traumatizar, o marginar, a quienes no llegan al nivel del resto, y como legalmente debemos mantener en el sistema incluso a quienes no desean seguir en él, se rebaja el nivel, con grave perjuicio para los demás. Y cuando se plantea una separación por niveles (algo que por ejemplo nos resulta perfectamente normal si hablamos de deportes, o idiomas, o música), la acusación de elitismo es inmediata. Así, paradójicamente, un sistema que pretendería ser progresista e igualitario, acaba dando lugar a lo contrario: sólo los que se pueden permitir la enseñanza privada, pueden aspirar a dar a sus hijos la educación de más alto nivel acorde a sus aptitudes y actitudes.

Evidentemente, poner en práctica reformas de este tipo es muy complicado y los resultados no se pueden observar hasta un plazo mucho más largo de lo que la política actual es capaz de tolerar, pero es que el sistema actual nos condena a la mediocridad.

El problema añadido de todo esto no es sólo cómo articularlo y construir un marco educativo a partir de un consenso entre grupos políticos que están deseando manipular a la infancia para futuro provecho propio, sino que además hay que implicar a otro colectivo que ofrece una gran resistencia: los padres. Porque es evidente que las últimas generaciones de padres, instalados en la ingenuidad de la cultura de la felicidad, han cometido el error de no aplicar ciertos valores en la educación de sus hijos, como la disciplina, la austeridad y el sacrificio, sino que les han dado todo sin apenas límites, y eso no ayuda. Cualquier pedagogo con el que uno habla o que uno lee, dirá que poner límites y normas a los hijos, y exigirles su máximo esfuerzo, no sólo no coarta su felicidad, sino que la habilita. El niño necesita límites y valores, y si los padres sólo se dedican a satisfacer sus deseos, lo que están creando son futuros seres amargados, porque la capacidad de desear del ser humano es ilimitada si no está controlada.

Si a esto le sumamos el que muchos progenitores no sólo no refuerzan la autoridad de los profesores, sino que a menudo la cuestionan, y arropan desmesuradamente a sus hijos, tenemos unas generaciones de niños consentidos, sobreprotegidos y naturalmente hedonistas. No es precisamente el caldo de cultivo de una sociedad productiva, respetuosa con los demás y emprendedora.

Más cuestiones relacionadas con la educación: el papel clave de la formación profesional, y la redefinición de la enseñanza universitaria.

Por un lado, hoy somos plenamente conscientes de que hacen falta profesionales de oficios prácticos. Electricistas, fontaneros, mecánicos, soldadores, delineantes, etc. La formación profesional tiene un papel clave en la preparación especializada de un núcleo muy importante de estudiantes que o no quieren o no pueden pasar al nivel de estudios universitario, o simplemente que son pragmáticos y se dan cuenta de que en ciertas profesiones hay más potencial de empleo e incluso de remuneración que en otras de más “caché”. Porque ahí también está parte del problema: hoy en día, aparte de las limitaciones de cómo la FP está estructurada, existe un cierto desprestigio social que es importante superar.  Es esencial potenciar esta faceta de la educación, porque es preocupante que para muchos oficios exista muy poca masa laboral joven española, y el mercado de trabajo haya tenido que captar a la inmigración de manera masiva para cubrir esas necesidades. Por ejemplo, algo que conozco bien: ¿qué habría sido del sector metalúrgico español si no fuera por la ingente cantidad de soldadores y mecánicos del metal de Europa del Este que llegaron a España en los últimos 15 años?

Por otro lado, si hablábamos de la igualación por lo bajo de los estudiantes en general, esto ha sido particularmente claro en el mundo universitario. Lejos estamos de aquellos tiempos en los que terminar una carrera universitaria ya era per se merecedor de una admiración y un respeto.  Todavía hay carreras que mantienen unos estándares, en parte porque su alta demanda hace crecer la nota media exigida desde la Selectividad, y eso redunda en que ese “nivel más bajo” está algo más alto, pero estamos lejos del rigor de otros tiempos. También aquí creo que es importante enfocar más a la creación que a la memorización, pero la exigencia tiene que ser alta. De nuevo, la laxitud actual acaba favoreciendo a los centros privados más prestigiosos, y consecuentemente a las clases pudientes que se los pueden permitir.

Brevemente, mencionar el aspecto de la formación continua. Es loable que se promocione la actualización de conocimientos y el reciclaje para ocupar puestos de trabajo diferentes a los previos, pero, ¡se abusa tanto! El reparto y la gestión de los fondos para la formación continua me resultan siempre dudosos. Especialmente en estos tiempos en los que los cursos online se prestan a un difícil control. Recientemente tuve un caso donde una empresa proveedora de servicios de consultoría de gestión me hacía una propuesta en la que parte de su remuneración me la “ahorraba” porque se hacía un paripé en forma de formación continua, a cambio de hacer un examen ficticio y firmar unos cuantos papeles. Vamos mal así. No sólo por fraudes como este, sino porque es como cuando hablaba de la economía sumergida: se hace competencia desleal a quien quiera gestionar bien los fondos, formar realmente, y hacer exámenes auténticos donde quepa el “suspenso”.

Por último, no quiero dejar de recordar algo que toqué en un capítulo anterior, que es la necesidad de reforzar la inversión por parte del empresario en formación de sus trabajadores. Por un lado, es positivo incentivarle fiscalmente y es lo que ya se hace con los fondos de la fundación tripartita, donde la inversión en formación redunda en unas deducciones de cargas sociales. Pero por otra parte pienso que habría que contemplar cauces que le permitan tener confianza en que su inversión en formación está protegida de alguna manera. Ya sea por la vía de no considerar las horas de formación como horas de trabajo efectivo, o bien por la vía de consolidar la posibilidad del empresario de llegar a acuerdos de co-financiación con el trabajador de la formación.  Así, por ejemplo, se podría pactar que el trabajador recibe una formación pero tiene un tiempo durante el cual estaría implícitamente “devolviendo” el coste de dicha formación, con la obligación de indemnizar (vía descuento en el finiquito) en caso de que abandonara la empresa antes del resarcimiento de dicha deuda. Como contrapartida lógica, cabría contemplar un aumento de la remuneración transcurrido un cierto periodo, en virtud de la mayor cualificación adquirida por el trabajador, y por tanto el incremento de su productividad. Claro que todo esto pasa por la introducción de las medidas de flexibilidad en la contratación, en la remuneración, en la fijación de jornadas y en la negociación colectiva, según planteé previamente en esta serie de capítulos.

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