Lamentos de un industrial que se siente desamparado

El martes pasado viajé a un pueblo entre A Coruña y Santiago de Compostela, para reunirme con un colega belga en compañía de mi buen amigo Oscar, quien dirige una impresionante empresa del mismo sector de la energía y petroquimica en el que yo me muevo. Su empresa ocupa a unas cien personas, y podríamos decir que es una de las cinco empresas más potentes de todo el mundo en su campo. Para mí es todo un orgullo pensar que en España somos capaces de estar a ese primer nivel global, y en particular el mérito de Óscar y su primo Diego es que son líderes no por precios sino por innovación, calidad y servicio técnico. Su empresa es el mejor antídoto contra ese tonto complejo que tenemos en la industria española, creyéndonos siempre inferiores a un alemán, por ejemplo. Ellos desde luego no lo son en absoluto. Y por ese motivo, hoy en día exportan la gran mayoría de su producción a todo el mundo, y sus principales clientes son precisamente alemanes, estadounidenses, israelíes… Países punteros y del máximo nivel de capacidad industrial y técnica.

El caso es que Oscar y Diego, que representan ya la tercera generación en esta exitosa aventura empresarial, están construyendo una importante ampliación de las instalaciones, para dar cabida a zonas de trabajo mejoradas en tamaño y equipamiento, con máquinas innovadoras concebidas por ellos mismos, todo ello debido a su creciente especialización en piezas complejas y de grandes dimensiones, para servicios críticos y de enorme responsabilidad. Porque lo que ellos han concluido, igual que yo mismo, es que el camino de la industria española es ese, el de la especialización y la cualificación, no el del low-cost.

Así que tenemos una empresa de primer nivel mundial, altísimo nivel técnico, innovadora, con una enorme proyección internacional, que contrata a una importante masa laboral, y que en su pequeña comunidad son claramente el empleador número 1. Que además se autofinancia al 100% y reinvierte sus beneficios en la propia actividad, sin endeudarse para acometer las inversiones. Es decir, totalmente sostenible. De modo que, si una empresa así decide promover una ampliación de su capacidad productiva y sus instalaciones, lo que por sí mismo crea actividad y puestos de trabajo, y una vez terminado seguirá creando empleo y riqueza, seguro que las autoridades habrán bendecido el proyecto y habrán mostrado su apoyo, ¿verdad?

Pues como supongo que imagináis, va a ser que no. Tres años les ha costado obtener todos los permisos para la ampliación. Que si el medio ambiente, que si el impacto paisajístico, que si vais a cortar árboles para construir la nave nueva, que cómo vais a tratar las aguas… ¡Tres años! Como me decía en un aparte el Jefe de Producción, cualquiera habría tirado la toalla, pero menos mal que mi amigo Óscar y su primo son perseverantes y ven la vida con un poco más de paz y tranquilidad que alguien como yo, que no tengo aguante para toda esta panda de burócratas incompetentes.

Lo que pasa es que la industria manufacturera molesta. Molestamos porque hacemos ruido. Porque contaminamos. Porque movemos muchos camiones de trastos feos y aparatosos. Porque se ve todo sucio, que si grasa, que si virutas, que si polvo metálico, que si pintura apestosa… Porque hacemos cosas tan burras que es muy peligroso y hay riesgo de accidentes. Y yo qué sé más historias.

Pues no. En realidad, en empresas serias como la de mi amigo o la mía, los residuos se controlan rigurosísimamente (ya nos vale, porque si no, vamos a la cárcel), se lleva hasta límites un tanto absurdos el complimiento de la normativa de riesgos laborales (ídem), la mayoría de las máquinas son eléctricas así que no contaminamos en proporción mucho más que en un hogar con lavadora, secadora, nevera, aspiradora, etc. Pero sí, nuestros trabajos son un poco ruidosos, son aparatosos, y sí, la gente se mancha bastante moviendo hierros, como decimos en el argot.

Ahora, lo que nos pasa en realidad es que a los políticos lo único que les interesa es apoyar a empresas multinacionales de renombre, de esas que le suenan al votante, como un Renault o Ford o Citröen. Pero si hablamos de pequeñas y medianas empresas locales, desconocidas para el gran público, como la mía o la de mi amigo, deben pensar, ¿para qué, si no va a trascender?

Pero nosotros somos esa economía real que hay que primar frente a la financiera: creamos productos físicos y tangibles, transformamos, exportamos, generamos una enorme cantidad de actividad colateral, en acopios de materias primas, talleres de subcontratación, empresas de transporte, servicios auxilares, gestorías de todo tipo… El efecto multiplicador de la actividad industrial es mucho más importante, a mi modesto juicio, que en el sector terciario.

Pues nada, somos los olvidados. Porque en la agricultura, que también se quejan mucho y con bastante razón, por lo menos tienen subsidios de la PAC que algo les aporta. Pero nosotros, ayudas cero, y pegas todas. Y así, se va destruyendo el tejido industrial español, y lo peor de todo, es que una vez que se desmantela una industria, podemos estar seguros de que con toda probabilidad no se va a volver a montar. Hace escasos días, estuve charlando con un pequeño empresario que llegó a tener a casi veinte personas en su taller de subcontratación de construcción metálica. Su principal cliente, un carrocero de renombre, ha cerrado y le ha arrastrado a él también al cierre. Me dice que entre lo que ha tenido que pagar de indemnizaciones de despidos, los costes de seguridad social, los gastos de descubiertos bancarios, etcétera, lo que tiene claro es que si se vuelve a montar, no piensa meterse en la vida en el mismo volumen, y su idea es trabajar como intermediario y subcontratar a autónomos que le facturen, pero no montar un taller con empleados en régimen general. Vamos, que ya no quiere volver a ser industrial, sino comerciante. Esto es así. El empresario industrial, una vez vivida la experiencia del abismo y el desamparo, ya no tiene fuerzas para ponerse de pie. Y esto es un drama porque igual que la actividad industrial se multiplica en la creación, también tiene efectos multiplicadores en la destrucción. Y todavía queda mucha gente malviviendo pero que no va a sobrevivir un 2012 que se presenta muy sombrío.

De modo que comprenderéis mi frustración con el hecho de que a mi amigo Oscar le haya costado tanto poner en práctica su proyecto de ampliación, y haya perdido tres preciosos años donde podría haber creado más riqueza y empleo para su entorno.

Además, no lo olvidéis, él y yo somos como la mayoría de los que me leéis: los tontos que pagamos los impuestos. En España, y en tantos otros sitios, los impuestos los pagan sobre todo los asalariados, primero, y después los medianos empresarios, que facturamos el 100% con I.V.A., no tenemos ni SICAVs, ni unit-linked domiciliados en Dublín, ni empresas patrimoniales, que lo de Suiza y los paraísos fiscales lo hemos leído en los periódicos pero no tenemos ni idea de cómo va ni nos interesa, vamos que no somos como los Botín y compañía.

En fin…

El caso es que como os decía al principio, visité esta admirable empresa para reunirme con un colega belga, con quien quiero estrechar relaciones para colaborar en proyectos en el Benelux donde él se mueve muy bien. Y después de charlar de nuestros asuntos, pasamos a comentar temas de la economía y del desgobierno de su país, y me decía cosas como estas:

  • que es una vergüenza que hayan rescatado por dos veces a Dexia con dinero de todos los contribuyentes, mientras que al que tiene problemas para pagar un plazo de hipoteca, nadie le va a ayudar ni perdonar;
  • que le persiguen con los impuestos y me contó la anécdota de que patrocinó a un equipo de baloncesto aficionado, y le cayó una inspección de la hacienda belga porque siendo un equipo aficionado el gasto de patrocinio no era deducible, con lo que multa al canto;
  • que se han descubierto recientemente varios casos de corrupción y abusos por parte de altos directivos de bancos y de empresas de telecomunicaciones, llevándose cifras de millones de euros al bolsillo, pero al final nadie ha ido a la cárcel;
  • que en su país hay diez provincias más la Región de Bruselas, con lo que el número de funcionarios públicos y de niveles administrativos es desproporcionado;
  • que el motivo de llevar más de un año sin gobierno es la discrepancia por las transferencias de riqueza de unas regiones a otras, que vienen arrastradas por factores históricos desde hace años, y donde hay muchos matices complejos y nadie tiene toda la razón.

¿Os suena? Mal de muchos

Lo mejor de todo es que yo le preguntaba que qué tal se vivía sin gobierno, y él me dijo: “¡Mejor que nunca!”

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3 comentarios

  1. James Bond · · Responder

    Excelente…!!!!

    1. Gracias 007 por honrarme con tu presencia 😉

  2. […] o en general cualquier modificación de la actividad o infraestructura de una sociedad, choca demasiado a menudo con las trabas de los diferentes niveles de la Administración y esa sensación que tiene el […]

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