El poder del agradecimiento y de creer en uno mismo

Hoy os voy a contar una secuencia de historias personales relacionadas con una frase que tenía mi padre enmarcada en su despacho: “El hombre busca desesperadamente fuera de sí aquello que tiene dentro“. Que en realidad está basada en una cita de “La esencia del cristianismo” de Feuerbach refiriéndose a la religión (“el hombre busca su esencia primaria fuera de sí, antes de encontrarse en sí mismo”), pero que a mí siempre me pareció una lúcida reflexión sobre la felicidad y contra el materialismo y el consumismo.

Empiezo en 1998, culminando mi último curso universitario, cuando me llaman desde la Secretaría del Decanato de ICADE, y me explican que han pensado en mí para hacer el discurso en nombre de los alumnos en el acto de clausura y graduación de la promoción, lo cual fue para mí un enorme honor y para mi familia un gran orgullo.

Decidí que mi discurso iba a tratar sobre una exhortación a mis compañeros a aprovechar esta ocasión de la graduación para dar las gracias de una manera directa y expresa a aquellas personas que habían tenido un papel relevante hasta ahora en nuestras vidas. Sin duda los padres, y aparte otros familiares, y también profesores así como amigos íntimos. Lo que trataba de expresar era que en nuestra cultura decimos muchas veces “gracias” pero como un mecanismo social automático, sin responder a un sentimiento concreto y auténtico, y por ese mismo motivo, quien escucha ese agradecimiento apenas le presta atención (la respuesta igualmente automática “de nada” en realidad tiene esa doble lectura). Lo que yo sugería era dar unas gracias sinceras, sentidas, para que esas personas claves en nuestra vida pudieran sentirse orgullosas de haber representado un papel positivo para nosotros y felices de saberse valoradas.

El caso es que a los pocos días, me llamaron de la Secretaría para pedirme una copia del discurso. Lo cual me pareció extraño y les expliqué que mi idea era pronunciar el discurso, pero no leerlo, así que tenía ideas y un esquema, pero no un texto escrito. ¡Casi le da un patatús a la mujer que me llamó! Me dijo que de eso nada, que no era consciente de lo que decía, que con los nervios sería un total desastre, y que era imprescindible tener un texto para leer. Y lo que me quedó muy claro también: querían revisar el contenido del discurso por si algo no les parecía apropiado. Para mí, eso equivalía a ser censurado y me quitó toda la ilusión en el evento.

Ahora, con cierta distancia, comprendo la preocupación de la Facultad, si bien sigo sin estar de acuerdo con la parte de la censura. Yo arrastraba un excelente expediente académico y había sido delegado de clase, de curso y de facultad, así que pienso que me merecía un mínimo de confianza y respeto en cuanto a mi capacidad de pronunciar un discurso adecuado a las circunstancias. Si no, que no me lo hubieran ofrecido.

Al final escribí un texto, me hicieron sugerencias menores, las incorporé, y terminé leyendo el texto, pero se me debió notar un cierto tono desangelado, porque el Jefe de Estudios, que me conocía bien de las Juntas de Facultad, me lo hizo saber. De lo que hoy me doy cuenta es de que tenía que haber seguido la corriente, pero al final nadie me impedía haber pronunciado mi discurso, sin leer, aunque algo hubiera sido diferente al texto “aprobado”. Pero a lo hecho pecho… El caso es que algo de lo que podría guardar un bonito recuerdo, en realidad se convirtió en uno de los recuerdos más agridulces de mi estancia en la universidad.

Avanzo ahora unos años. Finales de 2006. Mi hija mayor, Alicia, que desde bebé arrastraba algunos problemas respiratorios (hoy, gracias a Dios, parece que superados), se puso muy malita. Como su hermana Diana ya había nacido pocas semanas antes, mi mujer se marchó a casa de sus padres para prevenir contagios. Yo me quedé solo en casa y muy preocupado (Alicia ya estuvo ingresada pocos días después de nacer y es un trauma que nos costó superar). Llamé a mis padres y vinieron a hacerme una visita junto con mi hermano. Estuvieron un rato, suficiente para ayudarme a relajarme y para entretener a la pequeña. Yo estaba muy agradecido por ese apoyo moral, que en ese momento necesitaba, entre otras cosas por la acumulación de falta de sueño después de las primeras semanas de un nuevo bebé en casa. Cuando ya se marcharon, y yo veía a Alicia dormir, me volvió a la mente aquella idea de mi discurso, y dándome cuenta de que al final yo no me había aplicado el cuento, decidí ponerlo en práctica. Escribí una carta personal a mi madre, otra a mi padre, a mi hermano, a mi hermana y a mi mujer, simplemente para darles las gracias individualmente y recordar momentos concretos en los que me habían ayudado y por los que me sentía agradecido. Como eran casi fechas navideñas, decidí guardar las cartas y se las di como regalo de Reyes a cada uno de ellos.

Cada cual reaccionó de manera diferente en función de su personalidad, pero todos ellos se sintieron emocionados y felices. Pero quizá igual de emocionado y feliz me sentía yo al escribir la carta, y luego al saber que les había hecho ilusión. Es difícil de explicar, pero por un lado el hecho de concentrarse en momentos buenos y positivos de tu vida, y por otro lado el reforzar las relaciones con las personas queridas, tiene un maravilloso poder fortalecedor del espíritu.

Apenas cuatro meses después, mi padre falleció por un cáncer de pulmón fulminante. Casi no nos dio tiempo a despedirnos. Bueno, sin el casi. Un día estábamos hablando hasta que mi padre se paró diciendo: “Bueno, ni que me fuera a morir mañana, ¿no?“. Y a los pocos días, ya se nos marchó. Y dentro de toda la tristeza, yo por lo menos me sentí consolado porque gracias a aquel impulso de una tarde de diciembre, y mi carta de agradecimiento como regalo de Reyes, por lo menos puedo decir que antes de que mi padre se muriera, tuve ocasión de decirle abiertamente que le quería mucho y que él había sido la persona más importante de mi vida y el que me ha inspirado a ser como soy. Todavía hoy doy gracias por esa cadena de acontecimientos porque me aporta una gran paz interior.

Y en el momento del funeral de mi padre, aproveché a resarcirme de una deuda que tenía pendiente conmigo mismo, y pronuncié desde el púlpito de la Iglesia, sin leer, sin ni siquiera guión, un discurso de agradecimiento por la vida de mi padre, como yo hubiera querido hacer en aquél acto celebrado nueve años antes. Yo sabía que podía hacerlo y lo hice, sintiendo el apoyo de mi padre a mi lado. Y también esa fe en mi mismo y la satisfacción de verla recompensada, me ha aportado mucho más que todos los títulos y calificaciones que pude haber conseguido en mis años de estudios, que no dejan de ser reconocimientos desde fuera, cuando el mayor reconocimiento es que el que tenemos dentro de nosotros mismos (la famosa autoestima).

Por último, aprovecho a daros las gracias a todos vosotros, mis amigos, por acompañarme en estas líneas, y por ayudarme a hacer realidad un sueño para mí, que es el de escribir y que haya alguien a quien le interesa lo que tengo que decir. Por lo menos, a mí, esto me hace muy feliz. Y ojalá alguna de estas ideas os pueda aportar algo en este sentido a vosotros.

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8 comentarios

  1. Miguel · · Responder

    Chapó.

  2. Nacho · · Responder

    Estoy empezando a engancharme tu blog…

  3. Paula · · Responder

    Más que leer tu post, lo he sentido. Enhorabuena por despertarnos emociones.

  4. marta · · Responder

    Jo, estoy tan emocionada que no se que decir…. me ha gustado mucho 🙂

  5. Comentario de mum (esto lloriteando) : estoy muy orgullosa de los hijos que hemos tenido y muy esperanzada en la nueva generacion que apunta maneras 🙂

  6. Diego · · Responder

    Daniel, te felicito por tu sueño.

    Verdaderamente es emocionante la historia

  7. […] Cada día tiene uno multitud de ocasiones para sentirse agradecido. Y como ya os relaté en una de mis primeras entradas en el blog, el agradecimiento es un sentimiento muy poderoso. Dar las gracias te llena mucho a ti y a quien […]

  8. […] os conté en uno de mis primeros post en el blog cómo años después en mi etapa universitaria me volvieron a coartar cuando se me ocurrió la […]

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