Luces y sombras de la energía termosolar en España, 2007-2011

Una planta termosolar, en pocas palabras, genera energía eléctrica a partir del aprovechamiento de la energía solar, que se recoge por la concentración del haz de luz solar en un fluido. Ese fluido que hemos calentado puede efectuar directamente el ciclo de conversión termodinámica, por ejemplo en el caso de que sea vapor o aire, o indirectamente, en el caso de aceites térmicos o sales fundidas que intercambian calor con agua para obtener vapor, que es el que mueve una turbina para generar la electricidad.

Hay actualmente varias tecnologías termosolares, pero las más significativas son las de espejos cilindroparabólicos, con extensos campos solares repletos de estos espejos que concentran la luz solar en un tubo captador para calentar un aceite térmico, que se transporta hasta una isla de potencia donde se genera electricidad, y los de receptor central o torre con campo de heliostatos, donde unos espejos orientables concentran el haz solar en una torre donde se produce un calentamiento de fluidos a alta temperatura que también se transportan a una isla de potencia.

Son proyectos de elevada inversión económica y que han tenido un peso importantísimo en el sector de la construcción industrial en nuestro país en los últimos cuatro años, con un notable efecto arrastre en sectores como el del montaje industrial y la metalurgia del mundo de las estructuras metálicas, tuberías, equipos y otros subproductos; sectores que son muy intensivos en mano de obra. Yo precisamente trabajo en una de estas empresas que han participado intensamente en la construcción de estos proyectos.

Leí con preocupación (por su carácter sesgado) una noticia en El Economista de este pasado lunes 24/10/11  donde se decía que “la tarifa eléctrica se disparará por la burbuja termosolar en 2.000 millones“, y se explica que las 60 centrales termosolares que están previstas tener construidas al término de 2013 supondrán ese importe en primas, mientras que “gran parte” de la capacidad de producción en centrales de ciclo combinado está ociosa. El caso es que a mitad del día, constaba como una de las cinco noticias más leídas del diario online.

Casualmente, este noticia aparecía el día antes de la presentación ayer martes día 25/10/11 de un informe sobre el impacto macroeconómico de esta industria, encargado por la asociación de la industria termosolar, Protermosolar, a la consultora Deloitte. Resultado: en vez de una información en positivo, la noticia en Europa Press, de repercusión sólo en cabeceras económicas y ya sin tanto impacto de lectores (porque no es nada amarillista), se centra en que la asociación “lamenta las críticas feroces y dice aportar once veces más de lo recibido en primas”, y “consideraría muy irresponsable que el futuro Gobierno impida el desarrollo del sector”, con lo que muestra que se está poniendo ya la venda, en previsión por tanto de una previsible herida. De hecho, pese a que existe un borrador de un plan con objetivos hasta 2020, que prevé una continua construcción de nuevas centrales para incrementar la capacidad de producción con tecnología termosolar, el hecho es que la preasignación de retribución está ya cerrada, y la construcción de las centrales está sólo garantizada hasta 2013. A partir de 2014 se tiene que negociar con el nuevo gobierno el marco regulatorio, y fundamentalmente las primas a la producción, y de ello va a depender la continuidad o no de inversiones en esta industria en nuestro país.

El informe de Deloitte, como es de esperar (para eso les pagan), concluye que ese impacto macroeconómico de la industria es muy positivo, como resumen en el siguiente gráfico:

Cuando uno entra en el detalle del informe, que por cierto es muy recomendable porque está redactado en unos términos poco técnicos y muy accesibles, se concluye que el 90% de estas contribuciones al PIB son propias de la construcción, que es un beneficio coyuntural, de modo que a largo plazo la balanza no es tan evidente, pero evidentemente sería un error y una injusticia dejar de glosar las bondades de esta industria. Yo destacaría las siguientes:

  1. España gracias a este marco regulatorio que ha primado a esta industria y la ha incentivado notablemente, se ha convertido en el líder mundial en esta tecnología tan intensiva en I+D+i (aunque ya en los años 80 se estaba desarrollando en EE.UU.), con ingeniería española, promotores españoles, y un alto porcentaje de equipos y valor añadido nacional (aproximadamente el 70% de la inversión).
  2. Se ha permitido el mantenimiento del empleo en un sector, el del montaje industrial y la construcción energética, que de otra manera habría caído en profunda crisis, y además los proyectos instalados se han concentrado en regiones particularmente desfavorecidas desde el punto de vista del empleo, como se observa en el siguiente mapa:
  3. Estas tecnologías renovables, a diferencia de lo que ocurre con la eólica, permite mecanismos para aumentar su disponibilidad hasta incluso estar garantizada, debido al uso de tecnologías de acumulación (plantas como Gemasolar pueden producir energía durante 15 horas sin radiación solar) y gracias a la posibilidad de utilizar sistemas híbridos (combinar el campo solar con ciclos convencionales de gas). En esto son mucho mejores que los aerogeneradores (los “molinillos”), a los que se le critica su alta incertidumbre en cuanto a disponibilidad y la necesidad de tener potencia de reserva por su mismo valor nominal (potencia por tanto ociosa).
  4. Es una industria que estamos ya exportando con gran éxito, con proyectos en EE.UU., Emiratos Árabes Unidos, India, Marruecos, Argelia… Y menos mal que existe este potencial exportador, porque en caso contrario, ante la incertidumbre en el marco legal y económico nacional, se habrían interrumpido las inversiones de los agentes económicos que intervienen en el sector. ¿No se dice tan a menudo que hay que favorecer a la industria exportadora? Pues pocas tan evidentes como esta que nos ocupa.
  5. Son plantas que generan un número nada despreciable de empleos directos (aproximadamente 50 personas por planta de 50 MW) y actividades auxiliares, en mayor medida que otros tipos de renovables, y proporcionalmente a su potencia, claramente más también que las energías térmicas convencionales.
  6. Nos ayudan a reducir la dependencia energética del exterior y mejorar la balanza de pagos al reducir importaciones de productos petrolíferos.

Pero es innegable que todas estas luces tienen también sus sombras:

  • Debido al mecanismo de preasignación, una gran cantidad de proyectos se pusieron en diseño y construcción en paralelo y al mismo tiempo, para no desaprovechar la oportunidad de asegurarse la subvención, y supongo que también por miedo a cambios regulatorios, tan típicos en nuestro querido país. Esto supuso no aprovechar la oportunidad de hacer un arranque más lento, aprender de los errores de las primeras experiencias e ir evolucionando mejor los proyectos. Ahí hay una pérdida de eficiencia. Recuerdo una reunión donde el ingeniero de proyecto de una de las primeras centrales admitía que esto era de locos, que estaban todavía empezando la primera planta sin saber muy bien si iba a funcionar todo según lo previsto, y ya estaban trabajando en otras dos iguales, sin oportunidad de aplicar mejoras de diseño. Gracias a Dios, las cosas salieron bastante más cerca del ideal buscado de lo que más de uno se temía.
  • Es absolutamente cierto que la instalación de potencia en este tipo de energías renovables supone una inversión por megawatio mayor (menos eficiente) que en otras energías térmicas de combustibles fósiles: comparemos los 260 millones de euros para producir 50 MW en Gemasolar con los 400 millones de euros previstos invertir en el Ciclo Combinado de El Musel para producir 861 MW; la diferencia es abrumadora.
  • También hay que poner sobre la mesa que la preferencia de producción de las renovables, que es una obviedad ya que una vez construida una central como estas hay que tenerla en funcionamiento todo lo que sea posible, resulta un agravio comparativo para las eléctricas que invirtieron de manera ingente en ciclos combinados de gas en los primeros años de siglo, y que ahora las ven paradas y utilizadas principalmente como reserva de capacidad para cuando no sopla el viento (no tanto, como decía antes, para cuando se esconde el sol, gracias a las tecnologías de acumulación, pero no todas las centrales subvencionadas las tienen). Y no sólo porque un menor grado de utilización de capacidad conlleva un coste de oportunidad, sino porque el continuo arranca-y-para de las centrales de ciclo combinado incrementa sus costes de explotación y de mantenimiento, y reduce la vida útil de sus equipos.
  • Se tiende a pensar que este tipo de plantas, una vez afrontada la inversión inicial, tiene un coste operativo mínimo (el sol, al fin y al cabo, es gratis, y ni Zapatero ha podido dilapidar ese activo). Pero aparte de esas 50 personas de empleo directo que mantener, hay unos costes nada despreciables de limpieza de cristales (de la que depende la eficiencia de todo el proceso), así como del aceite térmico o sales que emplean la mayoría de las centrales instaladas o en proyecto.
  • Se criticaba en El Economista el hecho de quemar gas para calentar el aceite térmico. Eso, francamente, me parece menos relevante, especialmente cuando se tienen tanques de acumulación. Me preocupa más el que hay una cierta opacidad en cuanto al reciclaje del aceite térmico una vez degradado, pues se degrada. ¿Cuál es su vida útil? ¿Cuál es su cadena de reciclaje? Todavía no he conseguido que nadie me responda a estos puntos, y ese silencio me produce desconfianza.
  • Las primas se han concebido para una potencia instalada máxima de 50 MW, límite que ha resultado ser corto para las posibilidades técnicas de estas plantas. Se calcula que de haberse admitido hasta 100 MW de potencia, el coste del KWh habría podido ajustarse en un 15%, así que se habría podido plantear un tramo diferente de retribución con una menor subvención pero que habría sido rentable a ambas partes.

De todo lo anterior, yo concluiría que es cierto que se ha hecho una inversión un tanto “inflada” y precipitada debido a unas primas quizás demasiado generosas para un marco temporal corto, y que en este sentido ha sido menos eficiente fiscalmente de lo que podría haber sido. Pero por otra parte este “sprint inicial” nos ha servido para coger un puesto en la cabeza de una industria innovadora, por una vez en la vida, y también sería lamentable tirar ahora la toalla, porque habríamos sido entonces la liebre para otros países que nos tomarían rápidamente el relevo. Así que confío en que el nuevo gobierno negocie con Protermosolar un nuevo marco regulatorio que quizá esté más ajustado que el anterior proyectado, pero que mantenga en líneas básicas la premisa de mantenimiento de las inversiones, entre otras cosas porque parece que durante la construcción hay un sensible impacto favorable en la economía, y coincidiría con toda esta “década maldita” que parece que nos va a tocar sufrir:

No quería cerrar este post sin dejar de mencionar otro punto de mejora que admito que es un “deje” romántico mío, pero que pienso que no es tan utópico como parece: el intercambio de conocimientos. Me explico. Como os decía, desde el primer momento se lanzaron un gran número de proyectos en paralelo. Diversas empresas promotoras y de ingeniería trabajaban al mismo tiempo para construir proyectos similares,sobre la base de una misma tecnología. De modo que cada uno, por separado, se ha ido encontrando con problemas parecidos, y también por separado les han ido buscando soluciones no muy diferentes entre sí. Luego se han ido “espiando” y “copiando” los unos a los otros, en la búsqueda de la máxima eficiencia. Unos han sido más innovadores y han experimentado más, y otros han ido más a remolque de los avances de otros de los que se iban enterando por terceros o por política de “fichajes”. El caso es que yo comprendo que cada cual defiende sus intereses privados y su know-how. Al fin y al cabo son empresas privadas, competidoras, y yo hago lo mismo en mi sub-sector. Pero si tenemos en cuenta, primero, que se está empeñando dinero público en promover y primar estas plantas, y segundo, que al fin y al cabo todos acaban tropezando en las mismas piedras y poniéndose las mismas escayolas, sería extraordinariamente productivo el que se organizaran “mesas redondas de ingeniería” donde se compartieran experiencias y se estandarizaran y procedimentaran soluciones. Estoy convencido que en este tipo de dinámicas, el resultado es mayor que la suma de las partes, y todos los intervinientes saldrían ganando, así como la eficiencia de la industria y por ende de la economía del país en último término.

En España puede que sea una utopía este tipo de intercambios “por las buenas”, pues mi experiencia me dice que incluso a nivel de una misma empresa, cada división va “a su bola” y hay enormes puntos de mejora en la comunicación interna, pero como nos demuestran americanos y alemanes, la estandarización a nivel industria es perfectamente viable e intrínsecamente positiva. Porque ese aferrarse a tu conocimiento y no compartirlo con los demás termina degradando en una pérdida de dicho conocimiento. Tenemos mucho que avanzar en este sentido. Y los poderes públicos, los mismos que “ponen la pasta” sobre la mesa, tenían que ser los que marcaran ciertas pautas de actuación. ¿Qué mejor momento que la negociación del marco legal y retributivo que se abre próximamente?

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