Euromasocas (II)

Bien, a esto de las dos de la tarde de un gris jueves 3 noviembre, parece que la bromita de mal gusto del referéndum de Papandreu le va a costar el puesto (o a lo mejor era que en realidad lo deseaba), se va a organizar un gobierno de concentración nacional y se va a escuchar un suspiro colectivo a lo largo del planeta, al descartar este gobierno la idea suicida de la consulta popular.

Dejando al margen lo que comentaba ayer sobre la conveniencia desde el punto de vista de legitimidad,  lo indudable es que en caso de referéndum, las inestabilidades en el mercado de deuda europea se tenderían a multiplicar. España, Italia e incluso Francia tendrían que ser rescatadas de manera más o menos encubierta a través de compras indiscriminadas de deuda en mercado secundario por el BCE y quizá por países como China o Rusia, aunque la incertidumbre de lo que pueda pasar no sería extraño que les ahuyentara también a ellos. En fin, habría sido un mes muy movidito. O catastrófico (porque se puedan adelantar fenómenos de fuga de capitales y “corralito” como describo más adelante).

Entre tanto, ha recobrado notoriedad el debate de fondo: euro sí, euro no. Este debate es muy importante, no sólo a nivel de Grecia, sino en todos los países de la Eurozona e incluso de la Unión Europea.

Pero, ¿funciona el euro a día de hoy? Seamos sinceros: hoy, lo que es hoy, no. Lo explica fenomenalmente este artículo de Juan Castañeda ayer en Expansión:

Un área monetaria (más o menos) óptima la forma una región, ya sea formada por un único país o varios, donde haya unidad de mercado y movilidad del trabajo y de los capitales; y donde los mercados de bienes y trabajo sean lo suficientemente flexibles como para que los precios y los salarios reflejen los cambios de la oferta y la demanda.

Sólo así, en caso de que las economías unidas en torno a una misma moneda sufrieran ciclos económicos diversos, los precios y salarios de la economía más afectada por una crisis podrían bajar para restaurar la competitividad pérdida; o, incluso, podrían los trabajadores y capitales ir a otras zonas del área monetaria única para emplear sus recursos ociosos. Asimismo, para amortiguar el efecto de estas crisis que afectan especialmente a una de las economías que comparten la moneda (llamadas crisis asimétricas), sería muy recomendable contar con un Tesoro supranacional capaz de redistribuir fondos estabilizadores de la renta en las zonas en crisis.

Por último, para mantener el valor de la moneda común, el cumplimiento de unas normas de buen gobierno de las finanzas nacionales era y es un requisito indispensable. Pues bien, en el área euro (1) ni había ni hay movilidad de factores productivos, (2) ni los mercados de bienes y laboral son flexibles, (3) ni había ni hay realmente un presupuesto común capaz de estabilizar automáticamente la renta entre los países miembros (4) ni, como hemos comprobado sobradamente ya, normas que garanticen una disciplina fiscal efectiva de los Estados miembro.

El euro no funciona porque  las economías de unos (nosotros) son menos competitivas que las de otros (fundamentalmente Alemania), no tenemos un mercado laboral suficientemente flexible para ajustar costes salariales, ni nuestros trabajadores demuestran movilidad para ir de regiones con más paro a las de menos paro, ni existe una suficiente unidad fiscal ni suficientes mecanismos de redistribución de recursos para buscar el equilibrio. El desequilibrio persistente, en forma de unas sistemáticas balanzas comerciales positivas para unos y negativas para otros en los intercambios intra-eurozona, se ha financiado vía deuda y con tendencia expansiva, hasta que todo ha reventado.

El euro al fin y al cabo fue una decisión muy política que representaba el ansia de dar un paso definitivo hacia ese gran ideal que se trazó el siglo pasado de conseguir una Europa unida. Pero las diferencias entre los miembros son evidentes, tanto en el plano político, como cultural, como del idioma, como de la economía.

Y la disyuntiva que se plantea a los griegos sería:

  1. Reformar el mercado laboral para conseguir mayor flexibilidad de contratación y ajustes en salarios, incrementar impuestos, reducir gastos públicos, en definitiva, dejar de gastar el dinero que no se tiene y apretarse a fondo el cinturón. Admitiendo la posibilidad de toda una década de duración de este ajuste penoso para la población.
  2. Volver a la antigua moneda nacional, para que ésta pueda devaluarse lo que haga falta hasta el punto en que se recupere competitividad, y se compensen los desequilibrios no mediante ajustes en salarios sino en precios vía divisa.

Me temo que para el electorado resulta muy seductora la segunda opción. Más aún si viene acompañada de dejar de pagar una parte importante de la perversa deuda que tanto usurero ha prestado al país aprovechándose de su situación perentoria (léase en tono sarcástico). El problema cuál es: que el ciudadano griego (eso hoy, porque mañana será el italiano, el español, el portugués) percibe que el euro sólo sirve para empobrecerle, para bajarle salarios al tiempo que le suben impuestos, y todo ello a mayor beneficio de Alemania que sigue siendo el que se enriquece exportándonos con el beneficio de un tipo de cambio fijo.

Bien. Supongamos un país como Grecia opta por su salida de la moneda única. Lo cual ya de sí plantea un problema legal, porque como expliqué en mi anterior post “La ruptura del euro” no existen mecanismos legales para la salida del euro, salvo el abandono voluntario de la UE. Al final, todos los mecanismos se podrán articular, pero llevará tiempo. Tiempo más que suficiente para el primer fenómeno que se produciría sin duda: la fuga de los pocos capitales que quedarían en el país (porque con seguridad casi todo habría puesto ya pies en polvorosa ante la incertidumbre de las inevitables emisiones de radio macuto), y las acudas masivas de ciudadanos a los bancos para retirar efectivo en euros antes de asumir la conversión obligatoria por el nuevo dracma. Ante lo cual, igual de inevitable, las autoridades tendrán que imponer un “corralito“, léase restricciones a las retiradas de efectivo y los movimientos de capitales. Lo que a su vez genera más pánico y empieza a crear un mercado negro de los euros en efectivo.

Finalmente, se articula legalmente la salida del euro y la vuelta al dracma (en realidad, un nuevo dracma), se impone bajo ley griega que 1 euro se convierte en 1 dracma, y a continuación se asume una devaluación importantísima de la moneda nacional (entre un 40% y un 60% se estima que podría rondar). Bien, dirán algunos, ahora podremos exportar porque equivale a bajar los precios a la mitad. Pero no es tan sencillo.

Primero: los bancos griegos tendrán deudas en euros o en dólares o en otras monedas contraídas con bancos y otros prestamistas internacionales, y de repente el valor de esas deudas se habrá multiplicado. Mientras que su negocio local está en la nueva moneda, pero tremendamente deprimido por la fuga de capitales y el colapso económico que se está organizando. Inexorablemente, quiebran.

Igualmente, las empresas no financieras, en cuanto tengan deuda extranjera, sufrirán un tremendo encarecimiento de la misma, y quebrarán o no dependiendo de su nivel de apalancamiento y de dónde están sus activos y fuentes de ingresos. Puede que muchas se salven, pero otras muchas se hundirán.

Evidentemente, a raíz del impago de deudas y del cambio de moneda, los mercados se niegan a financiar al país. De modo que el déficit público, es decir, la diferencia entre lo que el Estado ingresa y lo que gasta, ¿cómo se financia? Como la población no quiere pagar más impuestos ni tampoco tienen mucho con lo que pagar, se produce un shock en el gasto público. Con la consiguiente pérdida de prestaciones de un más que maltrecho Estado del Bienestar.

Y también ojo con la balanza comercial: si se importa más de lo que se exporta (como es así entre otras cosas por materias primas y factores energéticos), pero ningún prestamista extranjero quiere financiar ni tampoco quiere los dracmas para nada, Grecia tendrá que ajustar a fondo las importaciones en búsqueda del equilibrio.

Finalmente, el gobierno heleno se enfrentaría a la necesidad de tirar de su banco central y su nueva soberanía monetaria para financiar déficit público, recapitalizar bancos, rescatar empresas vitales, y todo ello a base de una fuerte expansión monetaria, lo que sumirá al país en una probable hiperinflación. ¿Habéis oído alguna vez relatos de inflación diaria en productos tan básicos como una barra de pan? ¿O historias de la Alemania entreguerras (allá por 1923) en donde había que llevar los billetes en maletas para compras menores porque el marco ya no valía nada? Bueno, pues eso.

Entonces, al final, ¿estarán mejor los griegos? Yo no lo veo… Pasan de ser una economía del primer mundo a ser como un país emergente pero a la inversa. No sé cómo se dirá: “regresivo”, “implosionante”. Feo, feo.

Y mientras tanto, ¿cómo nos iría a los demás? Pues nada bien.

En un orden de acontecimientos, porque la quiebra desordenada de Grecia habría arrastrado a muchos bancos a serios problemas financieros. Sobre todo bancos franceses y alemanes. Incluso el BCE tendrá un buen agujero. Se habrán activado los CDS y eso puede representar abrir la caja de Pandora. Vete tú a saber si eso acaba bonito o también provoca más quiebras en cascada.

En otro orden de cosas, habiéndose sentado el precedente, y roto ya el tabú de la indisolubilidad del euro, los mercados, esos que ahora nos parecen nerviosos, volátiles e irracionalidades, llevarán todas estas características al extremo. Un inversor español, sí, tú y yo, empezará a preguntarse si el dinero está seguro en su banco porque imagínate si volvemos a la peseta y nuestros ahorros pasan a valer la mitad. Pues nada, el dinero a Alemania. O si no me fío de Alemania tampoco, pues a Suiza o a EE.UU. O directamente billetitos bajo el colchón. Lo cual nos termina llevando también a un “corralito” y a restricciones en movimientos de efectivo y de capitales. Bastaría unos pocos días seguidos de acudas extraordinariamente frecuentes a los bancos para que la población se dé cuenta de que el papel físico es sólo una pequeñísima porción del dinero que hay en circulación. Empezamos a darnos cuenta de que lo que tenemos en la cuenta es “dinero del Monopoly”, y dejamos de creérnoslo. El espejismo se esfuma.

Como ya se nos está hundiendo toda la economía europea, se toma la decisión de que el BCE (directa o indirectamente, en función de las ganas de “cosmética” que tengan los líderes europeos a esas alturas de la película) rescate y recapitalice bancos, que al final tendría que ser mediante la monetización de la deuda.  Vamos, dándole también a la maquinita de imprimir dinero (en términos virtuales o electrónicos, entiéndase).

Y ahora que Grecia (que en términos de PIB es poquita cosa) y la Eurozona (que esto ya es mucho más serio) se nos van a pique por el colapso económico-financiero montado, léase que hay una fuerte recesión, esto afecta seriamente a los países de la Unión Europea que no están en el euro, porque pierden una fuerte demanda, y también afecta por el mismo motivo a países como EE.UU., Japón y los BRICS.

Así que si Grecia se fuera del euro, tal y como yo lo veo, tenemos una depresión global montada, y tanto la propia Grecia como el resto de la Eurozona se ven obligados a “darle a la maquinita de la moneda“, es decir, a abusar de su capacidad de soberanía monetaria para “inventarse” tanto dinero como haga falta para conservar en pie lo suficiente de la economía como para que eso no degrade directamente en una revuelta social o una guerra civil.

Entonces este razonamiento me lleva a concluir, mal que me pese, que conste, varias cosas:

  1. Que con los griegos, ellos con nosotros y nosotros con ellos, va a tocar tener muchas tragaderas pero que mejor estamos todos dentro que fuera del euro.
  2. Que es necesario implantar reformas en el mercado laboral para reducir los desequilibrios existentes entre las diferentes economías del euro.
  3. Que no nos va a quedar otra que tender a la convergencia fiscal y que exista una especie de Ministerio Europeo de Hacienda y Finanzas, al menos a nivel Eurozona. Aunque sí, es renunciar a soberanía nacional, y sí, necesitaría de un referéndum para su adecuada legitimación. Pero no puede ser que para dar un pasito tengamos que ponernos de acuerdo 17 líderes y 17 parlamentos a la vez, cada uno con su ideología, sus equilibrios de poder y con sus intereses políticos y electorales.
  4. Que tristemente, llegados a este punto, el corto plazo nos va a obligar a una expansión monetaria, porque si el BCE no toma las riendas del mercado de deuda, esto va a ser difícil pararlo. Sea directa o indirectamente. Pero esto de financiar el FEEF (Fondo Europeo de Estabilidad Financiera) a golpe de apalancamiento de más deuda no cuadra. Primero porque si el problema es el exceso de deuda, ¡cómo lo combates con más deuda! Segundo, porque quién va a comprar esa deuda. Tercero, porque cuánto va a haber que pagar por esa deuda. Al final no va a quedar otra que renunciar a los principios originales del BCE, admitir la imperfección arquitectónica fundacional del euro, y monetizar aunque sea a costa de asumir riesgo de inflación. Que en una Eurozona unida, con una voz firme y unidireccional, y en un contexto de economía muy débil, con suerte se compensa con las presiones deflacionistas y se mantiene en niveles razonables.
Voy terminando. Yo personalmente he tenido muchas dudas en torno al euro. Primero no lo tenía nada claro, por la persistente historia de divergencia de competitividad e inflación con una Alemania, luego me convencí y me hice tan entusiasta como el resto, más adelante me desencanté como todos, y ahora pues estoy triste. Pero me apoyo en dos pilares sobre los que mantengo la fe en la moneda única, aunque de una manera un tanto resignada. Primero, que en el siglo XXI no podemos pretender seguir ejerciendo influencia y relevancia en un mundo globalizado si seguimos siendo pequeños territorios débilmente interconectados y con poblaciones envejecidas. Sin una auténtica Unión Europea, terminaremos no siendo ni la sombra de lo que fuimos, como hoy le pasa a Grecia y las odiosas comparaciones con su glorioso pasado. Y seguro, el euro es como tener un hijo. Te podrás arrepentir en ciertos momentos, pero no hay marcha atrás; no se admiten devoluciones. Por terminar con una nota de humor, mirad este vídeo que seguro que os sacará una sonrisa (y no deja de ser una buena metáfora de lo que pasa hoy por las mentes de muchos europeos):
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Un comentario

  1. Daniel,

    Tremendamente interesante, completo y acertado el post, como siempre. Personalmente, no dejo de pensar que el Sr. Papandreu se ha reido de toda Europa y de que habiendo puesto en serio peligro el “sistema”, al final, no va a sufrir ningun castigo y esto debilita enormemente la autoridad de Francia y Alemania (o la UE si nos ponemos formalistas). La legitimación democrática no me parece un argumento serio. ¿Se planteó un referendum cuando se emitió la deuda? No. Ni tan siquiera con motivo del primer plan de rescate. Además, habida cuenta del nivel de formación de la población, plantear un referendum sobre el particular es como preguntarle a un pastor (con todos mis respetos a los pastores) como quiere que se la haga una operación a corazón abierto. Quien no concoe no es libre y desde luego los griegos dudo mucho que fueran a conocer las implciaciones d euno u otro resultado. La legitimidad democrática del Sr. Papandreu deriva de haber resultado elegido mediante unas elecciones.

    Desde el punto de vista de Alemania, la elección no es fácil, pero una vez se han vendido todos los Audis, BMWs, etc. habidos y por haber y aún considerando el riesgo de contagio, creo que a Alemania le sale más barato dedicar el dinero a rescatar a sus bancos (al fin y al cabo hablamos de una cantidad limitada por grande que sea) que seguir pagando una “fiesta” sin fin de unos griegos y demás pueblos en los que, como ha quedado demostrado, no puede confiarse. En marzo si no me equivoco hay elecciones en Alemania y me temo que no todos los candidatos son tan europeístas como la Sra. Merkel. la propia merkel puede

    En fin, personalmente he decidio dejar de especular por el futuro de la economía mundial bastante inquitante, para centrarme en el día a día personal. Y que sea lo que tenga que ser.

    Abrazos,

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