La limitación de los pagos en efectivo

El pasado viernes día 11 de noviembre, a sólo 9 días de las elecciones generales, Rubalcaba lanzó un par de propuestas interesantes para luchar contra el fraude: alargar a 10 años el plazo de prescripción de los delitos fiscales, y prohibir el pago en efectivo de facturas mayores de 3.000 euros. Por cierto, lo ha hecho en el curso de una entrevista “virtual” a través de Twitter desde Ferraz, lo cual no deja de ser un signo de los tiempos.

El primer punto, la extensión del plazo de prescripción de los delitos fiscales, tendría una implicación práctica para empresas (y particulares ordenados) bastante antipática, que sería alargar en cinco años el tiempo que hay que guardar no sólo los registros informáticos (donde el problema no es tanto la conservación de datos sino de plataformas o software cambiantes), mas también la cantidad de papeles y registros físicos que inevitablemente implica la contabilidad: que si vales de caja, facturas, recibos, resguardos de talones, etc. En realidad, lo mejor sería agilizar las inspecciones y el control, porque si a uno ya le cuesta acordarse de lo que hizo la semana pasada, como para que le pidan explicaciones de lo que hizo nueve años atrás. En cinco años tendría que dar tiempo de sobra a detectar y depurar el fraude.

En cualquier caso, me interesa más el segundo punto, referente a prohibir el pago en efectivo de las facturas de más de 3.000 €. Ya estoy escuchando de fondo a quien me dice que cuánto le ha gustado a este Gobierno prohibir… Pero el caso es que de primeras, no suena tan mal. ¿No parece un poco sospechoso que ante una factura de estos importes, alguien te llegue con el fajo de billetes y te los plante sobre la mesa? Y si alguno es de esos morados tan chulos, no digamos. Dinero negro, seguro. Bueno, dinero “B”, que es lo que dicen los entendidos.

Ahora bien, enseguida surgen reproches. El primero y más evidente, sobre todo para la raza patria que para esto de la pillería no nos gana nadie, es que el que antes hacía una factura de 10.000 euros, ahora hace cuatro facturas de menos de 3.000, y problema resuelto. Elemental, querido Watson. Esto es como lo de cobrar talones en efectivo, que si pasan de 3.000 € tienes que dar todos tus datos. Pocos talones de esos me parece a mí que pagan los cajeros de los bancos. De entre 2.900 € y 2.999,99 €, me da a mí que muchos más.

El caso es que el otro reproche inmediato es aún más claro: pero bueno, ¿no se mueve la mayoría del dinero negro sin factura? Lo de pagar al fontanero “sin I.V.A.”, equivale a “sin factura”. El trabajador que “no está dado de alta” evidentemente ni tiene nómina ni emite factura. La parte “B” de una transacción inmobiliaria, como mucho se refleja en un contrato privado que luego se rompe al intercambiar la pasta contante y sonante en la salita de espera esa del notario que curiosamente suele estar cerrada. Vamos, que si lo que vamos a limitar es que se mueva dinero negro con factura, pues francamente apaga y vámonos.

En realidad, se trata de perseguir las facturas falsas en las que se juega a que uno cobre el IVA que no paga y genera unos beneficios ficticios que no le suponen tributación adicional (caso de autónomos en régimen de módulos) y el otro paga un IVA que sí se deduce y genera unas minusvalías que sí le desgravan de impuestos de sociedades. Aquí Hacienda pierde ese IVA y ese Impuesto de Sociedades. Pero no pienso que sea este el camino definitivo para atajar esta forma de fraude fiscal. Lo que habrá que hacer será reformar la tributación por módulos para impedir que esto ocurra (eliminando o limitando profundamente la estimación directa).

El caso es que los Técnicos del Ministerio de Hacienda (Gestha) calculan que esta medida podría reducir en cinco puntos la tasa de economía sumergida (una cuarta parte de su magnitud estimada actual) y recaudar casi 20.000 millones de euros. Parece un poco increíble, la verdad, pero supongo que un colectivo técnico merece un respeto, sobre todo ahora que se pone de moda la tecnocracia, ¿no? Y Grecia e Italia ya han impuesto medidas en la misma línea, así que en fin, por eso del “contagio” como que nos toca también a nosotros. Si encima lees que Francia está también estudiando tres cuartos de lo mismo, pues oye, bendita sea la medida.

A mí, francamente, me no me afecta. Tanto como ciudadano consumidor como empresario. Ni se me ocurre ir por la calle con un fajo de billetes encima (a mí que me han robado desde la cartera hasta un coche a punta de pistola), ni tampoco en la empresa me gusta pagar importes de cuatro cifras en efectivo, porque en cuanto un proveedor me lo pide, inmediatamente sospecho que por algo será, y con esto de las responsabilidades subsidiarias, la normativa te lleva a huir de los que están un poco apurados (algún día tengo que hablar de esta regulación que te convierte en un apestado en cuanto no pagues un céntimo a la Seguridad Social o a Hacienda, independientemente de que si con tus proveedores privados cumples o no la Ley de Morosidad).

El alcance potencial de la medida, dando un paso más en su concepto, es otro. Aquí se trata de limitar los pagos en efectivo. Porque el vil papel moneda circula con libertad y sin nombre, mientras que el dinero electrónico va dejando un rastro mucho más nominativo. Así que en el fondo esta medida nos encaminaría más a un estado de mayor control y seguimiento. Lo que es positivo desde el punto de vista de prevención y reducción del fraude, al mismo tiempo plantea inquietudes desde la perspectiva de las libertades.

Por otra parte, limitar los pagos en efectivo supone recortar el valor y utilidad como medio de pago del papel moneda, lo cual no deja de plantear también, entiendo, una discusión de tipo legal. Y una objeción que también se está exponiendo y que es igualmente cierta es que mientras que el intercambio de efectivo no implica costes de transacción (nadie te cobra una comisión por cobrar en efectivo), las formas de pago alternativas implican normalmente algún tipo de comisiones, ya sea la del mantenimiento de la tarjeta para el comprador y la comisión de cobro de la entidad emisora de la misma para el vendedor, como la comisión de emisión y posteriormente de ingreso del cheque, o los gastos de transferencia, que según el caso pueden ser más o menos compartidas. Por tanto, estamos encareciendo la transacción y, como también se está apuntando, beneficiando a la industria financiera.

Llegados a este punto, se me ocurre un interesante ejercicio de economía-ficción: ¿qué pasaría si la limitación se rebajase a importes verdaderamente pequeños, como por ejemplo 120 euros? ¿O que directamente se prohibiese el efectivo? Desde luego, desde el punto de vista del control de la economía sumergida, supondría un tsunami: toda transacción de dinero sería traceable. Bueno, seguro que alguien se inventaría algo sofisticado, pero entonces apuesto a que ya no estaría al alcance de la mayor parte de los ciudadanos.

Lógicamente, cualquier medida de este tipo sería un disparate porque, aparte de que probablemente podríamos argumentar que se están vulnerando derechos fundamentales de los ciudadanos, al ser una medida no global habría unos movimientos de capitales brutales a otros países donde se pudieran cambiar esos billetes y monedas.

Pero no deja de ser divertido como un escenario teórico. Se me ocurre que en este caso pasarían dos cosas. Primero, que podríamos dar marcha atrás algún siglo y volvería el trueque como forma de intercambio. Segundo, que igual que ocurrió cuando se introdujo el euro se movió una barbaridad de dinero “B” en pesetas para convertirlo a euros, también ahora se tendría que movilizar toda esa masa de efectivo en circulación que ya no serviría ya como forma de pago directa. ¡Y a lo mejor alimentaría una nueva burbuja inmobiliaria y despertaba el crecimiento económico! ¡La solución a nuestros males! Además así ya no cabe ni corralito ni nada. Pues nada, oye, que nos vayan implantando un chip a todos en la nuca o la muñeca, con nuestra identificación personal (ya puestos, una IPv6), y llevamos la tarjeta de crédito a cuestas. Y déjate también de hablar de patrón oro y demás leches. Dinero 100% virtual, la solución definitiva. Para qué va a haber nada “real” detrás.

P.S. Para los que todavía no me hayan cogido el “tranquillo”, por favor nótese en muchos puntos un tono sarcástico, no me vayáis a tomar el párrafo anterior al pie de la letra. El caso es que, aparte de que a veces parece que vamos tristemente encaminados a ese mundo que imaginó Orwell en su “1984”, lo que pretendo decir es que en todos los análisis sobre la génesis e introducción del euro que se están haciendo en estas últimas semanas a propósito de las tensiones que sufre la eurozona, estoy echando en falta que se recuerde esa “locura” que desató la conversión de pesetas clandestinas a euros. No pretendo a decir que la burbuja inmobiliaria venga explicada por este fenómeno, pero fue un catalizador verdaderamente importante en nuestro país, creo yo.

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One comment

  1. Daniel,tu articulo “Limitación pagos en efectivo” me ha gustado mucho, es muy agudo, muy bien escrito y con toques en clave de humor.. para desdramatizar un poco la situación actual de emergencia (o más bien de “sumergencia”) nacional en la que estamos “inmersos”… El análisis es de gran calado y muestra una sapiencia económica deductiva muy amplia, aunque espero que por el bien de todos no lleguemos todavía a Orwell…

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