Una triste historia de decepción y confianza perdida

Santiago es un veterano empresario que trabaja en el negocio de los artículos de regalo para empresas e instituciones. Importa de China camisetas, bolígrafos, gorras, bolsos y este estilo de productos, con la intermediación de un mayorista, los personaliza con el logo de sus clientes y se los vende en lotes pequeños, medianos y en ocasiones grandes. Tiene en plantilla a dos personas en el almacén, para tareas de preparación de los pedidos y de transporte, un vendedor, una secretaria y él mismo.

Desde hace años, él comparte la venta y con la contabilidad y gestión, apoyando al comercial en lo primero, y siendo apoyado por la secretaria en lo segundo. Pero últimamente se siente agobiado por los crecientes requisitos de informatización de la parte fiscal, y siente que es el momento de contratar a una persona con una preparación más actual para que lleve la contabilidad y los impuestos. De paso, esta persona podrá hacer gestiones de cobro, ya que los retrasos en pagos se han multiplicado, y en ocasiones hay incluso que ir físicamente a cobrar en efectivo de los clientes. Y mientras tanto, él va a “moverse” al máximo para tratar de captar nuevos clientes.

Dando por hecho que acudir al INEM será poco eficiente, habla con una ETT, que ofrece también servicios de selección de personal a un módico precio, y finalmente tras varias entrevistas opta por un chaval con bastante buen currículum, cuatro años de experiencia en una empresa que tuvo que descartarle debido a la crisis, pero que le aporta excelentes referencias. Le firma un contrato temporal de seis meses con un mes de prueba, pero con la firme intención de darle continuidad, porque no es un puesto en el que le interese tener rotación.

Transcurridas las dos primeras semanas, todo va de maravilla. El chico se ha quitado toda la contabilidad atrasada en estos días, ha empezado a ordenar mejor los ficheros físicos, ha hecho un par de gestiones de cobro exitosas, y ha ido personalmente a retirar pagos en efectivo de un par de clientes en apuros. Además, es discreto, no parece que se dedique a charlar ni a distraerse tomando cafés o mirando páginas de internet… Santiago está feliz porque parece que ha dado en el clavo.

Es viernes por la tarde y Santiago decide relajarse un poquito y tomarse un café. Va al comedor, donde tiene una máquina de café, y para variar, se han acabado los vasitos de plástico y quien usó el último, no los repuso. “¡Típico!”, piensa Santiago. “Si pregunto, seguro que nadie ha sido. Como niños en el colegio”. Se acerca al armario donde están los repuestos del café, abre la puerta, y aparta una mochila que está dentro para alcanzar a coger los vasos. Es la del chico nuevo, que habitualmente se trae la comida de casa en una tartera.

El caso es que le llama la atención la forma de la mochila. Parece que dentro hay un objeto rígido más grande de lo que sería la típica “tupper“. Observa que no hay nadie alrededor, y abre un poco la cremallera. Como se estaba empezando a temer, lo que hay en la mochila es un archivador de anillas nuevo, de los que su secretaria encarga para los documentos contables. Pero no sólo eso. También observa una bolsita, que abre con cuidado para no hacer ruido. Dentro hay unas tijeras, varios bolígrafos, una goma de borrar, dos lápices y una taladradora. En fin, un kit completo. Bueno, no del todo porque falta grapadora. Pero casi.

Un poco avergonzado por haber espiado en un artículo privado, pero al mismo tiempo sintiendo estupor y rabia por el hallazgo, cierra la cremallera, saca los vasos, vuelve a colocar la mochila en donde se la encontró. Se prepara su café y cabizbajo y pensativo se va a su despacho. Quedan escasos diez minutos para que sea la hora de marchar a casa. Se debate entre decirle algo al chico en ese mismo momento, pero como está un poco alterado y nervioso, decide pensarlo más tranquilo.

Durante la tarde, la noche, y toda la mañana siguiente, no consigue dejar de darle vueltas al tema. ¡Qué decepción! ¡Con lo contento que estaba! Pero ahora ya no se fía del chaval. Si en dos semanas, ya se está llevando material de oficina, ¿qué no hará cuando lleve más tiempo, gestionando la contabilidad e incluso cobros en efectivo? Finalmente, después de darle muchas vueltas, decide que así no puede seguir, y le llama al móvil. “¿Hola?” “Buenas tardes. Soy Santiago. Perdona porque esta situación es muy violenta para mí, pero no quiero que vengas a trabajar el lunes. Por favor pásate por la agencia a media mañana y tendrás preparado el finiquito de estas dos semanas”.

El chaval monta en cólera. Exige explicaciones. Santiago se siente muy apurado porque no quiere reconocer que espió en la mochila. “He echado en falta cierto material de oficina y no me siento cómodo con la posibilidad de que seas tú. He decidido dar por terminada la relación laboral en periodo de prueba”. Pero el chico no lo acepta. Empieza a gritarle, a insultarle, a llamarle “déspota de mierda”, y a decirle “te vas a enterar, ya verás, te vas a enterar”. Santiago empieza a sentirse muy agobiado. No le ha gustado el tono de voz en esas palabras. Ha sonado perverso, malicioso, intencionado. “¿A qué te refieres?” “Ya me puedes ir preparando un mes entero de indemnización o vas a saber lo que es bueno”. Y le cuelga.

Santiago está de los nervios. Después de un par de minutos, más calmado, vuelve a llamar. “El teléfono está apagado o fuera de cobertura”. Prueba instantes después. Igual. Repite un par de horas después. Y el día siguiente, por tres veces. Sin noticias. Se teme algo muy malo. Llama al comercial de la ETT, que afortunadamente sí le coge, aunque sea domingo. Le explica la cuestión, y el hombre, después de escucharle, le dice: “hombre, yo creo que estás siendo muy estricto. No era para tanto. Siguiendo ese criterio, noventa y nueve de cada cien no podríamos trabajar. ¿Quién no ha robado alguna vez un bolígrafo?”. Santiago le explica que no es el valor del archivador y la taladradora y los demás objetos, sino que es el factor confianza. Y que de todas maneras no es lo mismo un bolígrafo que todo el kit completo. Encima en apenas dos semanas. ¡Qué poco tiempo ha tardado en dedicarse al hurto! El comercial le recomienda: “Mira, Santiago, tú verás, pero como este chico te lleve a juicio, lo tienes perdido, y vas a tener que readmitirle o pagarle un despido improcedente, y encima asumir los salarios de tramitación que pueden ser una pasta como se alargue el tema. Te sale mucho más barato pagarle el mes que te pide y punto. ¡Y la próxima vez no mires la mochila! Que ojos que no ven, corazón que no siente”. Santiago se siente desolado, pero comprende lo que le dice este hombre.

A la mañana siguiente, nuestro triste empresario entra en la oficina una hora antes de lo normal, y no aparca el coche donde siempre. Tiene miedo. Minutos antes de la hora normal de entrada, ve aproximarse a la puerta traslúcida un bulto. Sabe que es el chaval. Le abre la puerta. Entra hecho una furia. “¡Es usted un miserable! ¡Menuda manera de tratar a la gente! ¿Qué se cree, el presidente de la República? ¡A mí nadie me acusa de robar nada!” Santiago no quiere problemas. Lo ha decidido ya. “Mire, es una tontería darle más vueltas. Deme su número de cuenta y yo le pago el mes de indeminización que me pide, pero por favor déjeme en paz y no quiero volver a verle nunca más. ¿Estamos?”. El chaval le mira desafiante, saca la libreta del bolsillo frontal de su maldita mochila (que por cierto está sospechosamente abultada), y le sigue haciendo comentarios despreciativos mientras Santiago se anota el número de cuenta. Luego recoge la libreta, da media vuelta y se va. Al salir se cruza con un compañero que acaba de llegar pero ni le saluda.

Santiago se queda sentado, frustrado por la situación. ¿Tendría que haberse mostrado más firme? ¿Imponer lo que él está convencido que es una verdad moral, que el hurto no es tolerable y que una vez vulnerada la confianza, ésta ya no se puede recobrar? ¿O ha hecho lo correcto siendo pragmático y resolviendo el conflicto con el mínimo coste económico y en tiempo y molestias para él, y en último término, para su empresa?

Preguntas que lanzo:

  1. ¿Son aceptables estos pequeños hurtos? ¿O al ser algo más que un mero bolígrafo, ya no es aceptable? Si fuera sólo un par de bolis, ¿sí lo sería?
  2. No es lo mismo que una secretaria se lleve un lápiz a que una cajera se lleve dos euros de la recaudación del día. ¿O sí? ¿Hasta dónde las circunstancias -el grado de confianza y responsabilidad de un puesto- y lo hurtado -materiales consumibles, o equipamiento, o dinero- condicionan la calificación moral del acto?
  3. La realidad es que cualquier proceso laboral puede llegar a ser muy costoso para el empresario por el riesgo de tener que asumir los salarios de tramitación, es decir, los salarios que ha dejado de percibir el trabajador en ese tiempo que duró el pleito. ¿Es esto justo? ¿No ocurre que por defender al débil que es el trabajador, la balanza de la justicia está intencionadamente desequilibrada? ¿No da pie esto a amenazas como en esta historia?
  4. ¿Qué es lo correcto, ser un valiente y defender los actos y principios de uno, o ser pragmático y buscar la solución de menor coste, riesgo e incertidumbre?

En fin, quizá soy yo también un “déspota” como Santiago, pero hay una cosa que tengo claro: la confianza, una vez perdida, raramente se llega a recobrar plenamente. Se puede perdonar, pero es muy difícil olvidar.

 

P.S. El caso es que al rato, Santiago le cuenta a su secretaria y los chicos de almacén lo que ha pasado, pero sin entrar en los detalles más humillantes de insultos y amenazas. E inmediatamente, los tres empleados empiezan a “echar pestes” del chaval: que si era un prepotente, que si les miraba por encima del hombro, que si “ya sabía yo que tenía mala pinta”, que “seguro que este nos hacía un desfalco a la mínima ocasión”… Y Santiago piensa: “¿por qué no me había dicho nadie nada?”

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3 comentarios

  1. Ignacio Gafo · · Responder

    Posiblemente no le habían dicho nada por dos motivos: a. porque con el jefe no se hablan estas cosas b. porque habran querido ser condescendientes, o al menos, reforzar el criterio del jefe.

    Creo por lo demas que Santiago ha hecho lo correcto:

    a. la confianza es fundamental. Si se ha perdido, es mejor buscar otra opción.
    b. no es admisible el mínimo hurto. Los valores por delante de todo, incluso en las pequeñas cosas El tema podía haber ido a mayores.
    c. hay que ser firme pero pragmático. Ese mes está bien pagado. Entre otras cosas porque se a evitar alargar la agonía.

    Como sugerencia para el futuro, diría de tratar el asunto cara a cara y no por telfno y un domingo, como parece que ha sido el caso.

    Bien jugado, Santiago. Es mejor cortar estas cosas a tiempo y ser consecuente con lo que uno realmente piensa. Aunque sea desagradable. It is the only way.

  2. Paula Cid · · Responder

    Nacho, suscribo tu opinión y añado …

    Hay una tercera razón para no haber dicho nada en este caso concreto: c. porque conocen al nuevo de tan sólo dos semanas y denunciar una situación en base a intuiciones o percepciones basadas en 10 días laborables tampoco parece razonable.

    Es fácil decir “ya lo sabía yo” o “sí, parecía un prepotente”, una vez añadida a la percepción que uno tiene, la certeza de haber detectado que “afanaba” material de oficina.

    En cualquier caso, lo que podemos aprender de esto es que los períodos de prueba, son precisamente para eso y que hay que estar especialmente atento en esos 6 meses, no sólo al desempeño técnico, también a su encaje con los compañeros, a su relación con el jefe, respeto a la autoridad, etc.

    Aún asumiendo que lo prudente es que en dos semanas nadie se aventure a contarle a Santiago las opiniones sobre el nuevo compañero, por no haber transcurrido tiempo suficiente; me cuestionaría ¿qué hubiera pasado si en lugar de dos semanas hubieran transcurrido 5 meses?, ¿hubiera comentado alguna persona del equipo el desencaje con el “nuevo”?. Al hilo de la confianza, mi experiencia es que si ésta no existe a nivel de equipo, es más que probable que pasado ese tiempo tampoco Santiago hubiera recibido comentario alguno.

    Santiago habrá de cuestionarse si la base de confianza con su gente es responsable y recíproca; y si existe un sentido de pertenencia lo suficientemente sólido como para transmitir al jefe que uno de los miembros no encaja en el conjunto.

    1. Muchas gracias, Paula y Nacho. Aprecio mucho vuestra aportación.

      Suelo sospechar que hay un cierto corporativismo y esa imprenta cultural de “no ser un chivato”, aunque también la experiencia me dice que cuando un compañero es un “jeta” profesional, de una manera más o menos indirecta se acaba filtrando al jefe algún comentario o broma al respecto, para que aunque no sea acusando directamente, sí se termine sabiendo lo que pasa.

      Paula: qué importante lo que dices del sentido de pertenencia. Es uno de los valores que un empresario tiene que cultivar en su equipo. Clave sobre todo en épocas de crisis como esta.

      Da gusto escribir un post y encontrarse con este nivel de comentarios. De nuevo muchas gracias.

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