La importancia de la ilusión

Aún recuerdo como si fuera ayer el primer día que me puse gafas. Tenía dieciséis años, y tras una revisión rutinaria, me habían detectado un poco de miopía y de astigmatismo. No excesivo, pero sí suficiente como para que el oculista me recomendara llevarlas para estudiar, ver televisión y usar el ordenador. Encargué las gafas, y cuando me las entregaron me recomendaron que las empezara a usar gradualmente, para prevenir mareos y dolores de cabeza. Las probé en la óptica, comprobé que en efecto veía mejor las letras y números de ese tablero que siempre te ponían, pero subí a casa sin ellas por eso de no tropezar en la calle. El caso es que una vez en mi habitación, me puse las gafas, miré hacia la calle, y no olvidaré nunca la impresión de apreciar, desde un séptimo piso, los matices de las hojas de primavera de un árbol que había en la acera de enfrente. Era como volver a descubrir el mundo. Llevaba tanto tiempo viendo bultos borrosos, dando por hecho que eso era lo normal, que esa recobrada nitidez resultaba embriagadora.

Esta historia me sirve como metáfora sobre la importancia de la ilusión. Estar ilusionados nos ayuda a ver la realidad de otra manera mucho más optimista y constructiva. La realidad no es que sea diferente de la que había antes, pero ahora la aprecias de otra manera mucho más positiva. Lo del vaso medio lleno o medio vacío.

Querría pensar que ante un cambio de gobierno se pueda generar este tipo de ilusión. Los problemas siguen ahí y de hecho las previsiones hablan de un año 2012 trágico y hay quien ya apunta que 2013 también será igualmente difícil. La realidad es la que es. Pero esa ilusión nos tiene que abrir una ventana a la esperanza.

Llevamos tanto tiempo sumidos en la dinámica de la crisis, la preocupación, el pesimismo, la preparación psicológica para las dificultades, que probablemente tenemos una visión desenfocada de la realidad. Es evidente ahora que hace pocos años estuvimos viviendo un espejismo de bonanza y el derroche del optimismo, aquellos tiempos de la Champions League y la frivolidad de un Zapatero ganando elecciones prometiendo pleno empleo cuando ya estaba incipiente la actual crisis. Como suele ocurrirle al ser humano, que a menudo vive preso de la ley del péndulo, hemos transitado de un extremo al contrario.

Y es que la acumulación de malas noticias a nivel local, nacional e internacional es tan abrumadora en los últimos tiempos, que entramos en el territorio de las profecías autocumplidas: se proyectan malas perspectivas, lo que incita a los inversores a ser más prudentes e invertir menos, lo que empeora las circunstancias de los prestatarios, lo que empeora las perspectivas, y así nos hundimos en un círculo vicioso.

Es importante haber tomado conciencia de la gravedad de la situación, y anticipar la necesidad de apretarnos el cinturón de verdad, con todas las consecuencias. Ahora debemos reenfocar la realidad, ponernos gafas nuevas, y mirar el futuro con más nitidez, para aplicar el necesario cambio de actitudes y comportamientos. Ya lo hizo la economía española en 1959 con el célebre Plan de Estabilidad, luego tras la crisis energética de los años 70, posteriormente en 1996 para entrar brillante y sorpresivamente en el euro por la puerta grande y entre los primeros de la clase, y ahora toca de nuevo. El contundente resultado de las elecciones es ya toda una declaración de intenciones de la ciudadanía. Queremos volver a sorprender positivamente.

No podemos caer en el derrotismo y la desesperación. Los españoles tenemos nuestros defectos (esa envidia, ese corporativismo y enchufismo, ese complejo de inferioridad, ese exceso de dejadez en favor del papá Estado…) pero a cambio los compensamos con virtudes extraordinarias: creatividad, capacidad de improvisación, capacidad de aguante en situaciones de tensión, tozudez, y habilidades emocionales. España ha dado grandes escritores, pintores, escultores, científicos, médicos, deportistas… Por algo será.

Con vuestro permiso, me gustaría apuntar algunos aspectos que se me ocurren de cara a esta puesta al día del enfoque de la realidad:

  1. Sabemos que son necesarias reformas que mejoren la competitividad de la economía española. Uno de los pilares de estas reformas, quizá el más importante, es la reforma laboral (que ha centrado tantos artículos de mi blog, ver resumen aquí). Sabiendo que no cabe la salida fácil de la devaluación de la moneda, tenemos que mejorar la competitividad vía ajuste de precios, léase también costes (asumiendo que los márgenes se ajustan también porque un margen de beneficio alto que te impide la venta no aporta ningún beneficio). Y el coste laboral es crítico para esta reducción de costes, de modo que toca una reducción salarial en términos reales (como mínimo, congelándolos en términos nominales para que la inflación los vaya erosionando). Pero el coste laboral no sólo depende del salario. Es crítico hablar ante todo de productividad. Si mejoramos nuestra producción por unidad de coste, seremos más competitivos sin necesidad de tirar exclusivamente de abaratar nuestro precio del trabajo. Así que no sólo tenemos que pensar en apretarnos el cinturón. Podemos esforzarnos más y ser más eficientes.
  2. Estamos en crisis. Cierto. Debido a que existió una burbuja que finalmente estalló. Cierto. Hablamos de burbuja inmobiliaria pero hablamos sobre todo de burbuja de crédito. Correcto. ¿La solución a la crisis es volver a lo que había antes? ¡Por supuesto que no! Entonces, por favor, si nos pasamos la vida criticando el consumismo desenfrenado, el individualismo de quien no respeta a los demás, el derroche, el tener por tener, la superficialidad y la banalidad, no perdamos de vista que la salida de la crisis nos tiene que llevar a un entorno diferente al que teníamos antes. Importante es recuperar una sociedad de valores: esfuerzo, sacrificio, moderación, prudencia, inteligencia, compromiso, solidaridad, respeto, equidad, ética, familia… El cambio de mentalidad es muy importante: el dinero no es el fin, es tan sólo un medio.
  3. En línea con lo anterior: venimos de un modelo basado en el axioma del crecer por crecer. Las empresas tenían que incrementar facturación y resultados año a año porque sí, porque si te quedas quieto mueres. Era un imperativo del entorno, de los mercados, de la formación empresarial. Esto nos ha llevado al cortoplacismo, a esa burbuja del crédito (¡viva el apalancamiento!), y en un sentido más trascendental, a condenarnos a la infelicidad. Esta dinámica hay que romperla. Hay que crecer con sentido. Hay que disfrutar con los logros y hay que aplaudirlos y ponerlos en valor, no exigir más porque sí. Los gestores de las empresas tienen que planificar a largo plazo y pensar en la rentabilidad sostenible. Las familias tienen que ser prudentes y disfrutar del presente con lo que se tiene y procurar no hipotecar el futuro. Consecuentemente, habrá que levantar el pie del pedal y bajar el ritmo. Somos como niños pequeños aprendiendo a andar. En cuanto cogemos confianza, nos ponemos a correr hasta que nos trastabillamos. Alguien tiene que ejercer de padre y recordarnos que es mejor andar con paso firme y seguro.
  4. Se está insistiendo en que un exceso de austeridad puede matar el crecimiento. Sin duda. Alguien tiene que tirar del carro. Pero tampoco podemos quedarnos en el mensaje de que hay que gastar y consumir para activar la economía. Es importantísimo ahorrar. Ahorrar permite financiar inversiones. Ahorrar permite ganar seguridad y servir de base para adquirir confianza. Ahorrar nos ayuda a no depender del crédito. Estaríamos menos preocupados de la deuda pública y privada si se hubiera ahorrado más en épocas de bonanza. Pero como se cayó en la espiral de siempre más (más gasto, más consumo, más inversión, más bienestar), nos toca compensar ahora, cuando nos damos cuenta del error cometido. No le quitemos valor a la filosofía del ahorro.
  5. Se viene cuestionando mucho últimamente nuestra pertenencia al euro, y se está incluso demonizando a los alemanes, acusándoles de los males que nos aquejan. Cierto es que se están comportando con una excesiva tozudez, y es evidente que no se fían de nosotros y por eso nos someten a un riguroso castigo, para llevarnos al borde del abismo y asegurarse de que tomamos todas las medidas necesarias. Pero yo soy de los que piensa que el proyecto europeo merece la pena, tanto por las garantías de paz que supone, como por los beneficios en la mejora de la calidad de vida de los ciudadanos (debemos mucho a los fondos recibidos de Europa, no lo olvidemos), como también porque un país como España, por sí mismo, no tendría ninguna relevancia en un planeta cada vez más global. En este sentido, Europa tendrá que resolver sus problemas con más Europa, y unos y otros tendremos que ceder parcelas de soberanía para integrarnos en algo mejor.

Espero por tanto que podamos aprovechar este “cambio de gafas” y nos levantemos con renovada determinación y una visión menos borrosa del camino. ¡A por ello!

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P.S. Un reconocimiento a mi amigo José Alarcón, quien me aportó la idea que ha sido germen de este post. ¡Gracias, José!

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2 comentarios

  1. Josė · · Responder

    Hay que aprovechar la oportunidad que supone tener un nuevo Gobierno con poder de decisión (Bruselas mediante…) en un contexto difícil para el que existe cierto nivel de concienciación y que estará receptivo a reformas estructurales. Por otro lado, cuando las cosas están mal lo que se vuelve enorme es el potencial de mejora (triste pero real)

  2. […] el ambiente es depresivo, lo que provoca una pájara que desanima al más optimista y le mata esa ilusión que tan necesaria es para promover las inversiones en crecimiento y […]

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