Cuantificados

Cuando pienso en cuánto ha cambiado la vida del ser humano en la actual era de la información, se me ocurren multitud de aspectos en los que tenemos muy poco que ver con las personas que discurrían por el mundo unos siglos atrás, pero uno de esos aspectos indudables es que vivimos en un mundo cuantitativo en todos los sentidos imaginables.

Estamos rodeados de números. Más aún en esta era digital en la que todo parece poder traducirse a ceros y unos. Desde pequeños nos cuantificamos, nos clasificamos y nos convertimos en carne de estadísticas.

Por ejemplo, siendo niños, desde edades muy tempranas nos sometemos a sistemas de clasificación y evaluación. Y ya sea un sistema puramente numérico (notas del 1 al 10) o aparentemente cualitativo (el sobresaliente,  notable, bien, aprobado o deficiente, el típico sistema anglosajón del A+, A, B, C, D, F, etc.; no dejan de ser escalas lineales), al final ya estamos cuantificando el progreso y la evolución de la persona, y estamos estableciendo una base unidireccional de comparación con los otros niños de su entorno.

Posteriormente, según vamos creciendo, seguimos inmersos en un mundo de números, clasificaciones y estadísticas. Por ejemplo, pensad en las relaciones sociales. Hoy en día, con el auge de las redes sociales por internet, que por cierto supone un progreso enorme en cuanto al alcance y la profundidad de la capacidad de relacionarse y comunicarse, sin embargo estamos profundizando en esta cuantificación, al tener constantemente datos de número de amigos en el Facebook, número de seguidores y de seguidos en el Twitter… Me mandaba un buen amigo ayer un vínculo a una red social, Klout, que determina un índice de influencia. De nuevo, estamos cuantificando y parametrizando un valor cualitativo. Es divertido que algo que antes sonaba a chino, los algoritmos, ahora son la clave del éxito en el mundo digital (y si no, que se lo digan a los chicos de Google).

El caso es que en un entorno como el actual, donde vivimos sumidos ante la infinita abundancia de información, estos procesos de cuantificación y clasificación se convierten  en mecanismos de defensa de nuestro cerebro para poder asimilar y priorizar es exceso de información. Al final, lo que estamos haciendo con todos estos procesos es resumir conceptos complejos y multidimensionales en datos simples y unidimensionales. A continuación, nos colocamos en una escala y nos comparamos con quienes nos rodean y nos marcamos objetivos.

Y aquí está el quid de la cuestión: los objetivos que nos marcamos a partir de esta cuantificación de la realidad. El problema es cuando nos vemos inmersos en la tendencia de nuestro mundo actual a conseguir siempre más. Esa imprenta cultural que nos lleva a forzarnos a alcanzar hitos mayores a los actuales. Y ya no sólo se trata de conseguir más riqueza, más posesiones, es decir, bienes materiales, sino que ahora estamos ya extendiendo esta filosofía del crecimiento ad infinitum a factores sociales y completamente inmateriales.

Afortunadamente, a nadie que yo sepa se le ha ocurrido de momento poner un índice de afecto que valore la intensidad del amor que sentimos por nuestros seres queridos. Aunque tendría su gracia. Si alguien nos diera un índice de cuánto queremos a nuestros hijos, a lo mejor nos esforzábamos en mejorar ese valor. Lo curioso es que quizá nos daríamos cuenta de que para conseguirlo, tenemos que olvidarnos de clasificaciones, valoraciones y notas, y simplemente dedicarnos a darles besos y abrazos y apreciarles por lo que son. Personas complejas, cualitativas y analógicas, no digitales.

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