Exceso de capacidad: podando el árbol con criterio

Puestos a hablar de palabras mágicas en esto de la economía, una de ellas es sin duda la productividad. Como ya comenté varias veces en artículos anteriores, puestos a enfocar el problema de la competitividad, prefiero mirar más a la mejora del rendimiento que a la reducción de costes. No es que ésta sea desdeñable, pero es más beneficiosa y sostenible la primera. Pero también más esquiva. Por eso se suele atacar por el lado de los ajustes de costes. Porque eso es más fácil, directo e inmediato. A la mejora de la competitividad vía incremento de la productividad hay que llegar de una manera más indirecta. Aunque es indudable que el éxito de economías como la española, con sus terribles rigideces en el mercado laboral, se debe en gran medida a las continuas mejoras en productividad que se han conseguido en las últimas décadas.

La mejora de la eficiencia hay que perseguirla a nivel colectivo, pero el equipo empieza por uno mismo. Cada persona es diferente, y como tal hay que considerarla, pero sí pienso que cabe plantearse ciertos aspectos que son recurrentes de unos a otros individuos. Particularmente me quiero centrar en algo de lo que yo personalmente soy particularmente consciente, que es la necesidad de un cierto nivel de tensión. Lo que en los tiempos modernos solemos llamar estrés, aunque aquí quizá confundamos grados y matices.

En los últimos meses, mi nivel de trabajo ha sido anormalmente bajo. Un comentario que simbolizaba esa desazón de tener poca actividad era eso de que “agosto no ha terminado aunque ya estamos en noviembre”. Porque la teórica vuelta a la actividad normal tras las vacaciones no la había apreciado en absoluto. Ahora, sin embargo, he vuelto a tener un resurgir de trabajo, y las sensaciones son totalmente diferentes. Siéndome evidente que en esta semana, con un cierto nivel de estrés, he sido mucho más productivo y eficiente. ¿Por qué?

De nuevo, cada persona tiene un diferente umbral de resistencia a la presión. Yo quizás soy una persona con un umbral alto en este sentido y como contrapartida necesito de esa chispa para poder arrancar. Pero de lo que no me cabe ninguna duda es que cuando hay exceso de capacidad, es decir, cuando hay menos trabajo de lo que uno puede absorber, el rendimiento cae en picado. Hasta el punto de que una tarea que en otros momentos podría haber resuelto fácilmente en un par de horas, me lleva el día entero e incluso lo dejo al día siguiente, aparentemente por agotamiento, pero en realidad es por una combinación de tedio y desmotivación, que te produce esa sensación de estar aplatanado.

Léase, al menos en mi caso, una pizca de estrés sirve como motivación y como estímulo para activar mi máximo desempeño. Pero no sólo soy yo. Tengo más que comprobado que en la sección de fabricación de mi empresa, a pesar de desempeñarse tareas en gran medida mecanizadas, que deberían tener rendimientos estables y menos dependientes de factores emocionales como la tensión o la motivación, cuando hay poco trabajo los rendimientos unitarios, es decir, la productividad, caen en picado. Es el factor humano. No es tanto un corporativismo o un instinto de preservación del trabajador, que hace estirar el trabajo para no hacer evidente que existen recursos ociosos. Aunque sí hay un poco de esto, para qué nos vamos a engañar.

Por eso es muy importante a nivel económico la optimización de los recursos, ya que cuando hay sobrecapacidad, la productividad cae y se entra en un círculo vicioso que termina consiguiendo justamente lo contrario de lo que se buscaba, que era no destruir la capacidad ociosa para poder mantener los niveles anteriores de producción.

Hablando más en concreto, lo que estoy diciendo, sí, es que en ocasiones es mejor recortar ágilmente personal para adaptarse a la realidad del entorno, remontar el vuelo y poder posteriormente recuperar ese personal perdido, a consecuencia de un crecimiento sostenible, que mantener una estructura ineficiente que presente excedente de capacidad en la confianza de que las cosas mejorarán.

Al final, es como podar un árbol. Lo que hacemos es dejar que el organismo concentre sus esfuerzos y se haga más fuerte, para que después de recortarlo surjan brotes más firmes y vigorosos, frente a conservar todas las ramas con la consecuente dispersión que degrada en debilidad y en último término en muerte.

Aunque como siempre, las cosas no son tan de blanco y negro. Existe aquí un matiz crítico, que es una de las grandes disyuntivas que se plantean a la hora de afrontar procesos de recortes de personal humano. Me refiero a la pérdida de conocimientos.

Los recursos humanos tienen un enorme valor intrínseco frente a los recursos materiales o los recursos financieros en una empresa: acumulan conocimientos y crecen y se desarrollan con inteligencia propia. Forman asociaciones y construyen sinergias. Esto no lo hace otro tipo de recurso. El problema ante procesos de poda como lo que planteábamos antes, es que estemos suprimiendo conocimientos valiosos y que luego, cuando exista la oportunidad de rebrotar la organización, ese conocimiento simplemente ya no está.

De modo que los procesos de ajuste de la capacidad se tienen que hacer cabalmente y con la conciencia de saber preservar el know-how. Y al mismo tiempo, es importante que la empresa disponga de herramientas para acumular ese conocimiento, propagarlo dentro de la organización, y valorar su intercambio.

Por eso el típico método de suprimir, por un lado, al personal más veterano (porque es el más caro o el más fácil de prejubilar) y por otro lado al de menor antigüedad (porque es el más barato de despedir), puede implicar el doble error de eliminar un conocimiento todavía no transmitido, y prescindir al mismo tiempo de las personas que aportan ideas nuevas y métodos más actuales, que además son quienes tienen más capacidad para asimilar esos conocimientos de los veteranos.

Al final, es más efectivo identificar líneas de actividad menos rentables, de menor valor añadido, que ofrecen menores ventajas competitivas, y suprimirlas, que hacer simples programas genéricos de reducción de personal, que toquen a todo de manera indiscriminada, con el mero objetivo de rebajar las macro-cifras. Es más trabajoso hacer un análisis exhaustivo de rentabilidad, capacidad y potencial, es decir, ir a la microeconomía de cada rama de la empresa, pero es fundamental. Sobre todo ante la perspectiva de una recaída en la recesión.

Así que, podemos el árbol, pero procurando cortar las ramas que están secándose, no las que aún están repletas de vida. Y que la savia fluya por ellas, para que broten con pleno vigor.

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2 comentarios

  1. […] de rematar al enfermo. Me gustaría en este sentido recordar lo que escribí hace meses de saber podar el árbol con criterio, y sobre todo en lo relativo al riesgo de la pérdida de […]

  2. […] caer en la inactividad. No hay nada, por experiencia, que perjudique más la productividad que la sensación de tener pocas cosas que hacer. Incluso a veces he usado el blog como forma para obligarme a mantener un ritmo de trabajo alto en […]

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