Recordando las raíces del sueño europeo

Cuando uno lee sobre ese descomunal drama humano que fue la II Guerra Mundial, y busca los porqués de tal despropósito, se suele retroceder precisamente al término de la no menos devastadora I Guerra Mundial, y el Tratado de Versalles que el 28 de junio de 1919 selló el resultado de seis meses de negociación en las llamadas Conferencias de Paz de París, que sucedieron al armisticio firmado el 11 de noviembre de 1918.

La cuestión es que desde el punto de vista alemán, ese Tratado no fue tanto negociado como impuesto, dictado, por la parte ganadora, incluyendo duras cláusulas territoriales y económicas, pero también una que resultó particularmente humillante para la delegación alemana: se declaraba la culpa y responsabilidad de Alemania en la iniciación de la guerra.  Esta valoración moral tenía un efecto psicológico mayor incluso que las cuestiones económicas y territoriales, y un gran impacto político.

La necesidad de pagar las cuantiosas indemnizaciones impuestas, acuciada por la invasión en 1923 de la industrializada región del Rühr por parte de franceses y belgas como medida de presión, llevó al gobierno alemán a emitir dinero en ingentes cantidades, lo que desencadenó la crisis de hiperinflación alemana que todavía hoy resuena en las mentes de los teutones, y que está detrás de su obsesiva preocupación por el control de la inflación y su rechazo frontal a que el BCE se convierta en prestamista de último recurso para comprar deuda pública directamente a los gobiernos europeos en apuros.

El caso es que sumando el Tratado de Versalles, la crisis de hiperinflación de 1923, y posteriormente el estallido de la crisis mundial a partir del jueves negro de 24 de octubre de 1929 (el “crack del 29”), tenemos el germen de lo que fue el nazismo y de ahí a la II Guerra Mundial, con todo lo que ya sabemos que acarreó. En definitiva, el resquemor de todo un pueblo que se siente humillado y pisoteado, y que luego sufre las consecuencias de una grave crisis económica, aunque parte de ella fuera en realidad global e independiente de las consecuencias directas de esas capitulaciones posbélicas, despierta la llama del odio, y como bien sabemos, el odio engendra más odio.

Todo esto me viene a la cabeza en estos últimos tiempos en los que se está imponiendo un duro ajuste a los países periféricos de la eurozona. No me refiero a que se nos esté humillando y maltratando, y que esto sea injustificado. En realidad, los alemanes se tenían bien merecido el pagar las consecuencias de la I Guerra Mundial, y nosotros ahora nos merecemos este fin de fiesta. Pero aquí estamos ante una cuestión de marketing político y de saber comunicar las cosas a la población, siendo realistas y sin caer en victimismos, pero también con un poco de mano izquierda por parte del que en este caso actúa como impositor.

Ya se sabe que en Grecia ha ido despertando un fuerte sentimiento antigermano, porque se personaliza en Alemania a la hora de buscar un culpable tangible de los durísimos ajustos que ese pueblo está teniendo que afrontar. Y en España, noticias como la que ayer publicaba El País, en el sentido de que Rajoy ha tenido que abandonar sus pretensiones iniciales de no subir impuestos debido a exigencias directas de Berlín, caminan por esa misma dirección de materializar en el pueblo alemán a una moderna inquisición económica que se comporta con extrema dureza.

Lo cierto es que lógicamente primero tenemos que entonar el mea culpa y reconocer que las cosas no se han estado haciendo bien durante mucho tiempo.  Se ha derrochado dinero masivamente por parte de las administraciones públicas, sobre todo por la enorme ineficiencia que supone el Estado de las Autonomías, se ha caído en la misma mala gestión de los riesgos financieros que en el resto del mundo desarrollado, se alimentó una burbuja inmobiliaria que nos sumía en una ilusión insostenible de progreso… De todo esto tenemos que asumir nuestra culpa. De hecho, era muy interesante un análisis que publicaba el Servicio de Estudios del Banco de España, en su Boletín Económico de Septiembre de 2011, en la página 58 y siguientes, acerca del nuevo marco constitucional de límite al déficit público.  En las conclusiones (p.74) expone lo evidente: si durante la fase expansiva del ciclo económico se hubieran gestionado mejor los recursos y se hubiera ahorrado aún más en el sector público, el margen de maniobra de cara a la fase contractiva habría sido mayor. Es de sentido común, pero al mismo tiempo, a ver qué político renuncia a la tentación de gastar el dinero que se le pone sobre la mesa.

Ahora bien, dicho lo anterior, también es verdad que Alemania se ha visto enormemente beneficiada por la construcción de un entorno de libertad de intercambio económico con un tipo de cambio fijo. Su saldo comercial con el resto de la eurozona es claramente positivo, y principalmente por sus relaciones con los países periféricos, que nos hemos aprovechado del poder adquisitivo obtenido para comprar sus automóviles, sus electrodomésticos, su maquinaria pesada, etc. Y ellos han financiado la inevitable balanza de pagos negativa de países como Grecia o España, que a ellos les significaba una balanza positiva y por tanto excedentes de capacidad de financiación.

Y de lo que hay que ser consciente también es de que un ajuste de máxima exigencia, en un entorno de crisis mundial, en el que todos los países contraen presupuestos, en el que el sistema financiero está en coma, y las familias viven atenazadas por el miedo a quedarse sin recursos por lo que aplazan sine die sus decisiones de compra menos perentorias, es la receta más evidente para la depresión. Y esta depresión instalaría aún más esa percepción de culpa y esos resquemores colectivos de pobres frente a ricos, oprimidos frente a opresores. Así que esto de subir impuestos y recortar gastos a todos los niveles habría que matizarlo porque puede ser una receta para el fracaso no sólo económico sino social.

De modo que es importante gestionar la comunicación al público y tener mano izquierda y un poco de margen de maniobra, porque si en la mente colectiva de los pueblos de los llamados PIIGS se instala la idea de que están siendo humillados y aplastados por los alemanes, y se les está empobreciendo por generaciones enteras hasta un punto cercano a la esclavitud, entonces a lo que nos enfrentamos no es sólo al riesgo de la ruptura del sueño de la moneda única y lo que implica de integración europea, con el terremoto económico que podría representar esa ruptura, sino también al resurgimiento de odios y nacionalismos exacerbados como no se han vivido en Europa a gran nivel desde hace seis décadas.

No creo, francamente, que exista un riesgo real de guerras entre países desarrollados en un mundo marcado por la globalización y la universalización de los intereses económicos, precisamente por eso, porque hay demasiada gente demasiado poderosa que tiene demasiado que perder, si me permitís la reiteración. Pero una fractura sociocultural sí que es posible, y terminar en una escalada de proteccionismo y aislacionismo sería un muy flaco favor a las generaciones futuras, que podrían sufrir los efectos de una implosión ese sueño europeo.

Escribo estas líneas desde Estados Unidos, y me parece inviable alcanzar en Europa el grado de patriotismo nacional que existe aquí. Cuando uno asiste a un evento deportivo y experimenta el canto del himno nacional, apreciando el fervor y el máximo respeto con el que todos los asistentes lo viven, que hasta a un extranjero le pone los pelos de punta, llega a la conclusión de que la Vieja Europa es demasiado heterogénea y arrastra un bagaje histórico y cultural tan profundamente distinto entre sus pueblos como para acercarse siquiera a estos niveles de sentimiento nacional. Pero no por ello deja de ser importante luchar por conservar ese ímpetu que estuvo en la génesis de la Unión Europea, desde sus inicios como Comunidad del Carbón y del Acero en 1951 con Alemania, Francia, Italia y los países del Benelux. El objetivo era evitar esa reproducción del odio destructor que desencadenó la II Guerra Mundial, y ese fin debe seguir vigente. De modo que ni victimismo por nuestra parte, ni superioridad por la contraria. Más bien, todos de la mano y aprendiendo de los errores pasados pero con voluntad de conciliación y construcción.

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