De sostenibilidad, riesgo y ahorro

La sostenibilidad es un concepto muy en boga en los últimos tiempos. Su sentido principal se asocia a cuestiones medioambientales y de uso de los recursos naturales, y de hecho es muy importante adquirir conciencia de que el ser humano está depredando los recursos de nuestro planeta de una manera acelerada, y debemos considerar que de momento lo de la colonización de otras galaxias no pasa mucho más allá de las interesantes novelas de ciencia ficción del siglo pasado, sin muchos visos de factibilidad. Así que sabiendo que nuestros hijos van a heredar el planeta Tierra que les dejemos, pensemos en ellos y procuremos que les quede algo decente.

Ahora bien, si uno va a la Real Academia de la Lengua Española, “sostenibilidad” es “cualidad de sostenible”, y “sostenible” es “dicho de un proceso: que puede mantenerse por sí mismo, como lo hace, p. ej., un desarrollo económico sin ayuda exterior ni merma de los recursos existentes.”

No deja de ser reveladora esta definición. Sería bueno que nuestros gobernantes, no sólo los españoles sino casi diría que a nivel mundial, tuvieran claro este concepto de sostenibilidad en lo referente a las cuentas públicas, porque si los presupuestos de un estado cuentan con un déficit crónico y estructural, a largo plazo el saldo será siempre negativo (bueno, y visto lo visto, a medio y a corto plazo también), y habrá que tirar de deuda de manera sistemática, hasta que alcanza unos niveles excesivos y claro, los acreedores se empiezan a mosquear y a rendir cuentas. Y encima nos enfadamos con ellos. Pues no, si un país no ha llevado una política económica y fiscal sostenible, algún día tendrá que pagar las consecuencias. En esas estamos ahora.

Eso a nivel macro. A nivel micro, es decir, de economía de familias y empresas, más de lo mismo. Con las empresas no hay duda: si una empresa genera pérdidas de manera crónica, o bien si presenta de forma continuada en el tiempo un flujo de caja negativo (algún día tendré que tocar este interesante tema en un post sobre la importancia del flujo de caja porque se puede tener beneficio pero con flujos de caja negativos hasta estrangularte, caso de la muerte de éxito), no le queda más remedio que pedir prestado o bien a acreedores terceros o bien a los propios accionistas (vía ampliaciones de capital), pero tarde o temprano los unos o los otros cerrarán el grifo y se terminó la película. Si una empresa no es sostenible, muere y es la dinámica normal del mercado. Que en este sentido es muy eficiente. Habrá negocios en los que la tolerancia a pérdidas o flujos de caja negativos es mayor, pero es porque hay una confianza en que la situación se vea fuertemente revertida a futuro, y un futuro no muy largo. Si no, cae el hacha.

En las familias, tendría que pasar lo mismo. Tiene que haber una correspondencia entre lo que se ingresa y lo que se gasta. Si una familia gasta más de lo que ingresa, tiene que tirar de créditos, pero claro, con la idea de devolverlos. Aquí la cosa se complica porque como tenemos asumido que una familia joven comienza de partida con un saldo financiero negativo, por esta obsesión nacional por tener una vivienda en propiedad, de momento ya estamos gastando más de lo que ingresamos. Entonces interviene la percepción de riesgo. De un lado de parte de la familia, que tiene que decidir hasta dónde se puede endeudar para que luego lo pueda devolver razonablemente. Y de otro lado de parte del prestamista, que tendrá que valorar hasta cuánto confía en esa familia de cara a que pueda hacer frente a los pagos de la hipoteca de turno.

Como sabemos, una buena parte de los males en España, a nivel micro, está en que tanto familias como prestamistas (bancos y cajas) han tenido una muy laxa percepción de riesgo. Las unas han contado con unos ingresos elevados (los dos cabezas de familia trabajando en buenas condiciones), y han dado por hecho que los tipos de interés serían muy bajos a largo plazo, y han comprometido una parte importante de esos ingresos al pago de la hipoteca; los otros también han aceptado esas previsiones y han contado con que el mercado inmobiliario iba a mantener su ritmo de tal manera que el activo que quedaba como garantía del préstamo tendría un valor apropiado en caso de impago. Como sabemos, la realidad nos ha dado de bruces: la situación económica ha empeorado así que los ingresos familiares han caído; los tipos de interés han tendido al alza; el valor de los activos garantes del préstamos ha caído fuertemente. Y en estas estamos.

De modo que tenemos un sector público con déficit de sostenibilidad y muchas familias también con ese mismo problema.

El caso es que todo lo que he dicho hasta ahora parece de perogrullo, de primer curso de Económicas. Pero el caso es que no sé si soy yo, pero la impresión que tengo es que todas las recetas que se proponen para salir de la crisis pasan por reactivar el consumo privado, por un lado, y medidas de austeridad pública por el otro, acompañadas por un ajuste fiscal en el que se aprietan los impuestos a las rentas y a los capitales.

De lo que no escucho en ninguna parte es de promover el ahorro. ¡Todo lo contrario! La fiscalidad sobre el ahorro es cada vez más dura con lo que el incentivo es  pequeño.  Pero en realidad, el ahorro es una muestra de sostenibilidad: las familias y las empresas que ahorran son aquellas que están renunciando a un consumo presente con el fin de tener unas posibilidades de consumo futuro, y al mismo tiempo para estar cubiertas ante imprevistos o la mera incertidumbre del mañana. Especialmente importante es el ahorro en los tiempos de bonanza: cuando las cosas van boyantes, si todos, tanto el sector privado como el público, hubieran ahorrado considerando que el ciclo alcista presenta ingresos extraordinarios, estarían mucho mejor preparados para el ciclo bajista donde esos ingresos flaquean y los gastos pueden ser los que se eleven. Pero nada, en la sociedad de consumo todo lo contrario: que las cosas van bien: ¡a derrochar! 

Pues eso, el ahorro parece que está mal visto. Me molesta que da la impresión de que hay que subir los impuestos al ahorro porque se machaca al asalariado y se favorece al hijo de papá que vive de las rentas. Pues hombre, sí que hay Urdangarines y Marichalares y Borjas Thyssen por ahí, pero en realidad esos tienen bien montado el chiringuito para no pagar los impuestos por la vía del IRPF. A los que realmente se fiscaliza por ahí es a la gente de clase media que está ahorrando lo que pueden por si acaso en el futuro vienen mal dadas, o simplemente porque quieren dejar un futuro un poco más encarrilado a sus hijos. Y por favor no debemos olvidar que el dinero que se ahorra y se convierte en capital que genera ingresos es un dinero que ya ha pasado por el tamiz de los impuestos previamente, cuando era renta del trabajo.

Por no entrar en el Impuesto de Sucesiones y Donaciones, que es una expropiación que te hace el Estado del dinero que tú has ahorrado y quieres, considero que con todo el derecho del mundo, dejar a tus descendientes. Menos mal que algunos tenemos suerte de vivir en Comunidades Autónomas donde hay una más que justa bonificación al respecto.

Esto es como lo de demonizar a las SICAV: mientras el dinero se está invirtiendo, se fiscaliza muy poco, es verdad, pero al final, el día que se quiera disfrutar de ese dinero, es cuando se pagarán los impuestos. Así que lo único que se pretende con ese vehículo de inversión es que el dinero se pueda ahorrar y gestionar, y no se te escape a otros paraísos fiscales. Mejor un poco de algo que mucho de nada. Machacar el ahorro sale en general muy poco rentable, porque a la clase media le desincentivamos, y a los que verdaderamente tienen dinero lo único que hacemos es darles el empujoncito que necesitan para largarse con la pasta a otra parte.

Al final, a un país le interesa muchísimo que su sector privado ahorre, para también de esa manera poder financiar internamente su consumo y sus inversiones, y no depender tanto del ahorro exterior como fuente de financiación. Que es lo que nos ha pasado a nosotros. Mirad a Japón, con cifras de deuda sobre PIB mucho mayores que las nuestras (en torno a un 200% frente a algo menos del 80% en nuestro caso), pero con un muy alto porcentaje de deuda poseída por ahorradores nacionales. Si pensamos que la deuda pública nos la van a terminar pagando a su vencimiento con impuestos, el que un nacional invierta su ahorro en deuda de su país es como hacer un pago anticipado de esos impuestos, a cambio de un descuento futuro (el interés que se cobra). Si eres el Estado, prefieres lógicamente tener como prestamista a los que serán más adelante tus propios deudores, que depender de gente que no te deberá nada a ti.

Pues en el fondo es lo que dice la Real Academia en su definición de sostenibilidad: no depender de recursos exteriores. Si es que a veces no hay que ir mucho más allá de los diccionarios para encontrar respuestas.

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