Mi crítica de J. Edgar, de Clint Eastwood

Os comentaba en mi post de ayer sobre el concierto de los Arctic Monkeys que salí con una sensación un poco destemplada, así que como todavía era apenas medianoche, decidí desquitarme por la vía de disfrutar de una sesión golfa en los míticos Cines Ideal (Dios los salve de la crisis) y ver J. Edgar, de Clint Eastwood, todo un mito de nuestros tiempos.

Antes de continuar, deciros que si no habéis visto la película, os recomiendo que lo hagáis, pero que no continuéis leyendo este texto, por dos razones. Primero, porque os voy a destripar algunos detalles clave (léase, spoilers). Segundo, porque nada mejor que ver una película sin estar condicionado previamente por críticas ajenas.

El caso es que yo ya tenía noticias de que la crítica se había mostrado muy dividida, pero eso tampoco me preocupa mucho, porque el tema de la película hace muy difícil contentar a todos. Pensemos que estamos tratando de un bio-pic sobre un personaje histórico muy relevante en los Estados Unidos de América, J. Edgar Hoover, que durante casi cinco décadas dirigirá con mano de hierro el FBI, imponiendo sus métodos científicos, y lo conseguirá a base de tener controlados a todos los presidentes (ocho) que pasan por la Casa Blanca durante su mandato gracias a su archivo personal de affaires íntimos de los poderosos del país. Pero al tiempo, es una película que trata más de la personalidad humana que del personaje público, y en particular toca el asunto siempre difícil de su presunta homosexualidad. Si le sumamos que el guionista es Dustin Lance Black (el de “Milk”, donde también se trata de un personaje histórico gay), es muy fácil tocar fibras sensibles tanto por la vía de la orientación política como por la de las posturas acerca de la homosexualidad.

Una vez vista la película, lo primero que he de decir es que me gustó mucho. Se me hizo amena y en ningún momento tuve la tentación de mirar el reloj, pese a que dura dos horas y casi veinte minutos. Me enganchó y me emocionó. Supongo que eso realmente es lo más importante.

Ahora, entrando en temas concretos, comenzaré por la dirección de Clint Eastwood: fantástica, como era de esperar. Es todo un maestro a la hora de seleccionar planos, mover la cámara, marcar el tempo perfecto para cada escena, y conseguir que los personajes hablen con la mirada, y el objetivo capte y comunique estas emociones al espectador. Es además muy interesante que de los cuatro personajes principales de la película, que son el propio Hoover (Leonardo di Caprio, que está soberbio), su compañero y amigo inseparable Tolson (Armie Hammer, el de los gemelos Vinklevoss de La Red Social), su fiel secretaria Helen Gandy (Naomi Watts) y su madre Anna Marie (imponente e intimidante Judi Dench), tenemos a dos personajes, el de Armi Hammer y el de Naomi Watts, que realmente interpretan más su papel por sus expresiones faciales y por sus miradas que por sus diálogos. Ahí está el gran mérito por supuesto de los propios actores, pero también del director, que sabe transmitirlo y plasmarlo en imágenes.

Es también meritorio por cierto el papel de la edición, tan absolutamente impecable que uno ni se da cuenta de que existe tal (como debe ser) ya que todo fluye con total naturalidad, incluso aunque se dan saltos continuos en el tiempo, ya que se recurre a la técnica discursiva de contarse la historia bajo la premisa de un Hoover en sus últimos años, narrando su historia para “contar su versión de la historia a las nuevas generaciones”. He de decir que justo al principio de la película, mientras se nos presenta esta premisa, el personaje de Di Caprio nos dice algo de gran calado y tantas veces olvidado cuando estudiamos la historia: que a las personas y sus actos deben juzgarse no desde el prisma de nuestra forma de pensar de ahora, sino desde el de cómo se veían las cosas cuando sucedían.

Y es que Eastwood y el guión de Black tratan de hacer algo muy complicado y que yo francamente pienso que consiguen, aunque como decía la crítica es muy dispar al respecto: nos cuentan la historia de una persona que se nos muestra lleno de presiones y represiones, de una paranoia anticomunista que le lleva a desconfiar de todos y exigir una fidelidad total sin contrapartida; un hombre que se apropia de los méritos ajenos pero que parece hacerlo sin maldad, creyéndose sus propias mentiras; un hombre que no para de hablar a toda velocidad pero que se nos revela que de niño fue tratado por su tartamudez; un homosexual reprimido por su incondicional fidelidad a una madre que sólo desea el éxito de su hijo hasta el punto de que, en uno de los diálogos más impactantes de la película, nos dice “prefiero a un hijo muerto que a un hijo mariposón”. Y aún así, mostrándonos el guión la historia tal y como la cuenta Hoover, de forma que podemos apreciar estos rasgos obsesivos y radicales del pensamiento casi fascista del personaje, para luego desmontarnos la historia en una memorable escena donde el personaje de Tolson le desnuda la verdad a Hoover y nos revela que la realidad era mucho menos benévola, aun después de todo esto, el gran mérito de guionista y director, y de la fantástica actuación de los protagonistas principales, es que vemos al hombre detrás de esa personalidad tan defectuosa, y nos hace empatizar con él y apreciarle como hace el mismo Tolson y la propia Gandy. Y es que al término de la trama, cuando sucede el fallecimiento del protagonista, lo que nos ofrece el filme es el amor incondicional del uno y la lealtad incuestionada de la otra, contrapuestos al alivio y ambición de poder que siente el presidente Nixon, al que bastan dos pinceladas en el filme para mostrárnoslo como un auténtico villano.

Porque al final el éxito de la película es que nos muestra a J. Edgar como una persona equivocada, pero persona. Y trata su latente pero reprimida homosexualidad con delicadeza y respeto, no cayendo en ningún recurso facilón ni sensacionalista. Incluso el personaje de Tolson, donde esa tendencia sexual es mucho más evidente, se cuida también con esa misma categoría y se nos muestra una represión no derivada de un lavado de cerebro como hace la madre del hijo, sino simplemente el resultado de una infinita resignación al tiempo que un afecto profundo. En ese sentido, lo curioso es que la película no deja de ser una historia de amor, y es en este sentido en el que es más conmovedora.

Dicho lo anterior, justo es reconocer un par de puntos flacos. El primero y más evidente es la caracterización de Tolson y Hoover de mayores, que es un poco burda, sobre todo en el caso del primero. Se aprecian demasiado bien las caretas y el maquillaje, y no ayudan los continuos primeros planos que acertadamente emplea Eastwood para eso que decía al principio de hacer hablar con la mirada. Pierde la película un poco de fuerza por este defecto y sobre todo en los primeros compases, hasta que uno decide hacer el esfuerzo por “creerse” a los personajes caracterizados en su última etapa.  El segundo punto débil es que se olvida un poco al personaje de Gandy, donde Naomi Watts está espléndida en los escasos minutos en los que la cámara se detiene en ella. Me hubiera gustado un poco más de profundización en la relación de Hoover con su secretaria, la única a la que confía su archivo secreto de “esqueletos en el armario”.

En definitiva, yo he disfrutado mucho con la película y espero que vosotros lo hayáis hecho también. Y si no me hiciste caso y has leído esto sin verla, ¿a qué esperas?

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