Trasladando a la empresa las virtudes del ecosistema familiar

Estoy esta semana de vuelta de un viaje “por las Américas” y como le he comentado a mis amigos, la primera impresión nada más aterrizar es de un ambiente depresivo generalizado. Todo lo que se oye por aquí son penas. De verdad que dan ganas de coger de nuevo el avión para marchar al otro lado del charco, pero sin billete de vuelta.

Para rematar la faena, me entero de que uno de nuestros proveedores más antiguos ha pegado el cierre la semana pasada. Era una empresa de corte de aceros, para la que su cliente principal era el sector de la construcción, y aunque han aguantado durante cuatro años, ya no han podido más. Y sospecho (esto es interpretación mía) que la antigüedad de la plantilla ha hecho difícil una solución de continuidad y los dueños han tirado la toalla definitivamente y han liquidado la sociedad antes de enfrentarse a un ajuste radical de la plantilla y tratar de defender la viabilidad de una reestructuración. Apuesto además a que las entidades financieras no habrán echado una mano precisamente de cara a buscarle salidas a las dificultades.

Este tipo de circunstancias me afectan desde un punto de vista humano y personal, porque al hombre que llevaba el día a día de la empresa le aprecio mucho, y resulta preocupante además su situación particular viéndose ahora en la calle con sus cincuenta y pico años. Y también me afectan desde la perspectiva empresarial, porque como explicaba en mi reciente post “Deslocalización y empleos“, el problema de la destrucción del tejido empresarial es que se retroalimenta y se convierte en un círculo vicioso. Porque a mí como empresa individual me puede ir bien, pero como no dejo de ser un eslabón de una cadena logística y de valor, si algún otro miembro de la cadena se debilita y se rompe, el conjunto deja de funcionar.

La realidad es que para lo mal que están las cosas, con el paro apuntando ya a los seis millones, nos podemos dar con un canto en los dientes porque no estemos en una situación de revuelta social generalizada. Quienes analizan esta relativa resignación y entereza con la que la población afronta esta crisis, apuntan a varios factores:

  1. La existencia de los paracaídas del Estado del Bienestar, en forma de subsidios de desempleo. Lo malo es que según se le vaya acabando el paro a mucha gente, estas redes de seguridad se quedan en casi nada.
  2. La economía sumergida, en la que muchos se refugian para salir adelante malamente (o no tan malamente).
  3. El ecosistema familiar, que está protegiendo como una piña a sus miembros, apoyándose mutuamente frente a todas las adversidades.

Tampoco es despreciable la labor de comunicación (¿adoctrinamiento?) que están haciendo políticos y medios de comunicación, y el sentido común de la gente de la calle, que de tanto escuchar sobre la crisis, lo tienen ya asumido. Aunque mucho me temo que si esto no deja de empeorar, ni con esas se va a evitar que se produzcan más situaciones conflictivas como las que ya  se han empezado a ver (aunque no confundamos el ruido de unos pocos antisistema con el sentir de la población en general).

Pero quiero detenerme en el aspecto del ecosistema familiar, para poner en valor algunos aspectos que sería bueno trasladar al mundo de la empresa. En la familia, se asumen unas relaciones y unos roles que no se rigen por el puro egoísmo sino por una relación de simbiosis, donde unos apoyan a otros y hay un flujo de intercambios donde no sólo se considera el factor económico sino también el afectivo y emocional, Y, en último término, especialmente ante circunstancias excepcionales, se pondera un valor intangible: la fidelidad.

Y estos valores de la familia no son sino el resultado de una evolución natural del hombre como animal social, donde una familia siendo una piña tiene más posibilidades de supervivencia y éxito que si cada individuo considera exclusivamente la maximización de sus resultados personales. ¿Parece evidente, verdad? Y entonces, ¿por qué estos mismos principios no se trasladan a principios de management empresarial?

Porque lo que nos dicta el mundo de la empresa hoy en día es un conjunto de valores muy diferente:

  • La prioridad es crecer.
  • El objetivo es maximizar el beneficio.
  • En las relaciones con los proveedores, los procesos de compra tienden a primar los factores cuantitativos (mínimo precio una vez que se igualan las condiciones técnicas, con el listón no excesivamente alto) y se tratan de desvincular de elementos cualitativos (inevitablemente subjetivos y difíciles o imposibles de plasmar en cifras)
  • En las relaciones con los clientes, se asume la realidad anterior y que existe muy poca fidelidad, así que también se procura generar negocio y beneficios proyecto a proyecto y pedido a pedido, más que considerar prioritariamente la relación a largo plazo.

Pero esto no siempre fue así. Yo en este sentido presumo de haber aprendido de mi padre que era de la “vieja escuela“, esa donde cada empresa se consideraba parte de un ecosistema, de una gran familia donde se integraba el cliente final, tu cliente directo, tus proveedores, otras empresas de actividades paralelas, etc. Uno construía relaciones estables a largo plazo con los unos y con los otros. Y la gente se apoyaba mutuamente y se echaba una mano cuando hacía falta.

Seguro que con los criterios modernos de gestión, la implantación de ERPs y CRMs, la gestión en base a presupuestos y objetivos, y la fijación de todo tipo de objetivos cuantitativos con un seguimiento muy estricto en cortos periodos de tiempo, se ha conseguido una optimización económica de los resultados de los proyectos. Pero, ¿esta optimización es sostenible a largo plazo? ¿No estamos acaso destruyendo ese ecosistema por actuar todos los agentes con consideraciones individuales, perdiendo ese concepto de hacer piña que caracteriza a la unidad familiar?

Yo lo que tengo claro es que prefiero contar con proveedores estables, fiables y “de toda la vida”, aunque me cobren un poquito más caro en ocasiones, frente a ser un cliente infiel al que inevitablemente le pagarán con su misma moneda cuando vengan mal dadas. O quizá soy sólo un romántico…

Habrá que ver quiénes salen vivos de la crisis y el tiempo nos irá dando la razón a los unos o a los otros. Yo por lo menos por aquí sigo dando guerra.

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3 comentarios

  1. Creo Sr Cuñado que su visión no es en realidad compartida por la gran mayoría de la estructura empresarial española. Seguro que todo el mundo dice hacerlo, pero los hechos vienen a decir lo contrario. El cortoplacismo está a la orden del día, con todo lo que implica a medio y largo plazo…

  2. Buena reflexión, como siempre, Daniel. En el caso de mi empresa ya sabes que tenemos ideas similares, y capeamos la crisis sin tantos problemas como otros. Bien es cierto que en otras fases del ciclo tampoco hemos crecido tanto: el balance global es sin duda positivo.

    Para mí es muy importante que los accionistas trabajemos en la empresa. No tenemos capital externo ni deuda alguna, cosa rara incluso entre la PYME: una forma de hacer las cosas “a la antigua”. Valoramos, como tú, los proveedores de toda la vida, cuidamos al máximo a los clientes e incorporamos, en suma, a la contabilidad esas externalidades económicas, resultándonos el saldo muy positivo. Hay vida más allá del EBITDA 😀 , sin perjuicio de que éste sea también importante.

    Pero como comentan, quizá somos minoría… o mayoría silenciosa, vete a saber.

    1. ¡Estamos de acuerdo! Qué te apuestas a que una vez que salgamos de esta crisis (algún día…), esa mayoría silenciosa será efectivamente mayoría.

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