De atascos, seres humanos y Google

He pasado unos días de descanso con la familia por la apacible provincia de Lugo, lo que ha sido un gran placer que sin embargo tenía una importante pega: tocaba volver a Madrid en Domingo Santo. En otras palabras: atasco garantizado.

Yo, que por motivos de trabajo me muevo con frecuencia en coche por lo ancho y largo de la península (haré unos 50.000 kms anuales, muchos de ellos en carretera), tengo la suerte de disfrutar de la conducción, más aún en paisajes tan bellos como los que uno disfruta en los tramos desde Astorga hasta Coruña. De hecho, la autovía A-6 tardó en terminarse por esas tierras, pero es una verdadera maravilla. Además, se construyó con especificaciones de autopista de peaje y se nota, de modo que incluso desde el punto de vista de confort automovilístico, es toda una experiencia.

El caso es que en un día como este, hay tres partes muy diferenciadas del viaje. Primero, desde Lugo hasta Benavente, la densidad de tráfico no es excesivamente alta y la circulación es fluida. Pero abundan los “domingueros”, es decir, los conductores menos habituales, así que hay que andar con cierta precaución. Se exagera eso que uno ve todos los días, que es la “alergia” que a tanta gente le produce el carril de la derecha cada vez que hay tres o cuatro carriles disponibles. ¿Qué será lo que pasa? De hecho yo cada vez que circulo por la M-40 entre la carretera de Colmenar y la de La Coruña, siento la irrefrenable tentación de coger el carril derecho, meter la directa y adelantar a todo el mundo por allí, que como está desierto, resulta fácil. Oye, cuatro carriles y tienen que pelearse los coches por ocupar el tercer y cuatro carril. Alguno se atreve con el segundo. Pero el de la derecha nada, se ve que resulta humillante.

La otra cosa que me pasa mucho en estas fases de tráfico fluido en un día de operación retorno es que como yo llevo una “flagoneta” como es la Chrysler Grand Voyager, me convierto en un bicho antipático. Comprendo que es un incordio ir detrás de un tanque que resta toda la visibilidad. Estoy de acuerdo en que agobia e incluso transmite inseguridad. Pero está claro que a muchos conductores les parece inasumible que un trasto de tales dimensiones pueda ir más rápido que ellos. Así que cuando un coche se pone detrás (por ejemplo cuando voy un poco más despacio por algún camión u otro fenómeno del tráfico), empieza a hacer gestos raros en sus ansias por adelantarme, y cuando soy yo el que llego para adelantar, observo que le cuesta al de enfrente apartarse, y una vez que se digna a hacerlo se pone a acelerar como un poseso. Para defender su honor, será. Claro que luego en cuanto vienen un par de curvas seguidas, se nota quién se conoce la carretera y quién no, y me suelen dejar tranquilo.

Otro factor más: el “efecto BMW“. Me río de ello porque yo ya he pasado por esa experiencia, y efectivamente hay algo en esa deportividad y ese genio que tienen los autos de la marca bávara que te convierten en un poco “mala persona” al volante. Inevitable tener un par de encontronazos con un Serie 3 en un viaje así. Pero bueno, eso se da por descontado.

Llegando a Benavente, la cosa se complica porque se junta el flujo de coches desde la autovía de las Rías Bajas, con lo que ya se abarca toda Galicia y el norte de Zamora, y desde la AP-66 de Asturias y León capital y oriente de provincia. El tráfico ya pasa a una primera dinámica de fluidez muy densa, una especie de frágil equilibrio o de alta tensión. Entonces ocurre algo que es siempre antipático: toca decidir entre estar en el carril de los lentos o el de los rápidos, y desafortunadamente eso te lleva a ir a una velocidad que no es la que te gustaría. No os digo nada de lo hostil que se vuelve el ambiente para mi Voyager, pero como se desenvuelve bien, al final me gano el puesto en el carril de la izquierda. Claro que toca apartarse con el típico big dick que se pega al culo, pero prefiero dejarle que se sienta muy machote a arriesgarme a que me porculice en un más que posible parón.

Y finalmente, en algún momento de la provincia de Valladolid, aprovechando que ya se termina de añadir la gente de esa provincia y muchos de Palencia y Cantabria, empiezan ya los parones intermitentes. Entonces entra en juego una dinámica interesante. Por un lado, los que no se complican la vida y se quedan tranquilos en un carril u otro. Yo a esos les diría que observen que suelen apostar mejor por el de la derecha que por el de la izquierda. Porque en cuanto se estira el acordeón, el flujo tiende más a irse al carril izquierdo, que se densifica mucho, y cuando se comprime el acordeón y viene el parón, a muchos les pilla atrapados en ese carril. Además, en la derecha hay menos sobresaltos (en los estirones no se acelera tanto la velocidad y se guardan más las distancias de seguridad) y hay mejor visibilidad (estando el conductor en la izquierda del coche, se aprecia mejor el hueco). Pero, por lo que sea, seguirá siempre habiendo esa tendencia irracional a irse a la izquierda. Y a apurar el espacio con el de enfrente para que nadie se te cuele. ¿Suena, eh?

Luego están los nerviosos que se van cambiando de carril. Con dos tipos. Los malos, que se cambian siempre tarde. Cuando se estira el tráfico, les pilla tarde y se pasan a la izquierda justo cuando se va a parar. Y cuando se para el carril izquierdo, y el derecho, que tenía menos densidad de coches, sigue circulando, se agobian porque no ven hueco, hasta que lo hay… Y justo es cuando se animaba otra vez la izquierda.

Finalmente están los nerviosos hábiles, que aprovechan el estirón para pasarse a la izquierda, pero que a la más mínima se vuelven a la derecha. Son conductores que por lo menos se saben el “truco”, que es mirar lo más lejos que se pueda, y buscar siempre ir paralelo a un hueco a la derecha, al que poder escapar al primer indicio de luces de freno enfrente.

Y si encima eres doblemente hábil, identificas a uno de esos nerviosos hábiles que tenga un coche alto o llamativo, le dejas que esté diez o quince coches delante de ti, y le usas como anticipo de lo que interesa hacer. A mí en este viaje hubo una Renault Traffic azul con una llamativa bandera asturiana que me hizo todo el trabajo sucio 🙂

Así que iba yo pensando en estas cosas, y me planteaba aquello de los amigos de Google refinando sus sistemas de conducción automatizada. Yo que tanto disfruto conduciendo, no quiero ni pensar en un mundo en el que ese placer se nos prohíba, y además entiendo que la industria automovilística pelearía con unas y dientes contra una idea así (para qué querrías entonces un motor de doscientos caballos o que acelere de 0 a 100 km/h en seis segundos), pero innegable es que ante situaciones de elevada densidad de tráfico, una gestión correctamente informatizada nos permitiría más seguridad, más confort, y menores tiempos efectivos de desplazamiento, al gestionar eficientemente la densidad del tráfico y las velocidades óptimas, evitar todos esos frenazos inútiles, accidentes por errores humanos, incorporaciones kamikazes, etc.

Y encima los coches circularían por el carril derecho incluso cuando hubiera otros tres carriles disponibles.

Da un poco de yuyu, la verdad. Y además, eliminada la conducción como mecanismo de descarga emocional, ¿habría un repunte de actos violentos? Porque a mí me da que hay mucho psicópata en potencia que se libera de sus demonios en la carretera…

Viñeta en el cuerpo, de Enrique Bonet, tomada de www.irreverendos.com

Fotografía de portada por Santi Burgos, tomada de El País

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4 comentarios

  1. Daniel este es el post que me hubiese gustado escribir a mi especialmente la parte sobre los carriles, que te comente Marta de que me quejaba todo el rato en carretera!

    Eso de ver camiones en el carril central y uno que concretamente llegó a adelantarme saliendo de una carretera secundaria me dejó algo sorprendido para ponerlo bien 🙂

  2. midietadukan · · Responder

    Jejeje… los más listos de todos son los que deciden salir el día siguiente 😉 o escogen otro destino 😛

    1. Pero lo malo de tener niños o un trabajo poco flexible es que no es tan fácil jugar con las fechas de viaje. Ahora, está claro. Seguro que más de uno se ha jurado a sí mismo que el año que viene ni de bromas se marcha de Semana Santa o si lo hace no vuelve el Domingo Santo por la tarde. Qué malo que la memoria pocas veces dura hasta el año siguiente, ¿verdad?

  3. Pues yo me apuntaría ya mismo a lo del coche automático. Sobre todo en ciudad. Sólo de pensar en conducir por ciudad me estreso, así que el Google Car me parece un sueño ideal. Y pasarse un viaje viendo pelis como en los vuelos transatlánticos? no me digas que no mola 😀

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