¿En qué se parecen empresarios y funcionarios?

Soy empresario. No lo oculto. Aunque a veces me lo pide el cuerpo, porque como recientemente me recordaba el tuitero Hugo Garrido (@hgrosado), somos un colectivo injustamente denostado en nuestro país. Uno dice “soy empresario” y aparte de que más de uno lo primero que piensa es “este seguro que es un fontanero con aires de superioridad”, lo siguiente es decir en voz alta “ah, mira, qué bien”, pero en el fondo tiene en mente “mira este capullo explotador”. Esto de la lucha de clases en la que demasiada gente sigue anclada con más de un siglo de desfase.

La figura del empresario necesita ser rehabilitada, porque somos creadores de empleo y de riqueza. ¿Quién si no? ¿El Estado? Ya conocemos la discutible eficiencia que caracteriza al sector público, tan tendente a convertirse en un nido de enchufados políticos.

De hecho, no sé si habéis caído en la cuenta de lo siguiente: se está hablando mucho últimamente de apoyar a los “emprendedores”. Ojo al matiz. No empresarios. Emprendedores. He de reconocer que desde hace unos meses siempre que escucho este término me viene a la cabeza lo que tan acertadamente dice mi apreciado colega tuitero @Luis_BitsCents: “Hazme el favor, no me llames emprendedor que parece que voy a montar una exploración al Aconcagua. Soy empresario”. Pero es que es lo que pasa: que emprendedor tiene connotaciones positivas, mientras que empresario lo contrario. ¿Dónde está el punto en el que el apreciado emprendedor se convierte en un malvado empresario? Supongo que cuando empieza a irle bien el negocio.

Dicho esto, innegable es que hay muchos empresarios (y emprendedores) que no son trigo limpio. Que defraudan. Que contratan ilegalmente y abusan de sus trabajadores. Que hacen competencia desleal. Engañan a sus clientes. Se dedican a abrir y cerrar empresas y dejar puros a proveedores, clientes y a Hacienda y la Seguridad Social. Pero, creedme, no son mayoría ni mucho menos.

Hay sin embargo otro colectivo importante en España que sufre el mismo grado de desprecio social por la generalización de esa idea preconcebida negativa que tienen los demás de ellos: los funcionarios. ¿A quién no le viene a la cabeza, cuando uno se entera de que quien tiene delante es empleado público y no sabe nada más de él o ella, esa imagen de un trabajador improductivo, dedicado a leer la prensa en horas de trabajo, tomar cafés, escaquearse, darse de baja cada dos por tres, y todo ello con la garantía de que su empleo es intocable?

Luego, como expliqué tiempo atrás, uno empieza a profundizar y se da cuenta de que en realidad una buena parte de trabajadores públicos no son en realidad funcionarios de carrera como tenemos en mente (es decir, con trabajo teóricamente “de por vida”) sino que tienen relaciones laborales con la Administración para la que desempeña sus funciones. Y también, cuando se araña la superficie, empieza a encontrarse con que ese estereotipo efectivamente es cierto en muchos casos, pero también no lo es en otros muchos. Yo lo cierto es que en mi círculo íntimo de familiares y amigos sólo conozco a tres casos de empleados públicos, y en los tres estamos hablando de personas muy responsables, trabajadoras, que se curraron de lo lindo sus oposiciones, y que en su ejercicio del trabajo diario dan lo mejor de ellos mismos. Por supuesto que cuentan con innegables ventajas (sobre todo el horario, las facilidades de conciliación familiar y esa seguridad laboral), pero si no hacen más es porque sufren una evidente falta de medios, y también los conocidos problemas de la Administración: el politiqueo, el enchufismo, y la ausencia total de meritocracia. Todo lo cual contribuye precisamente al desánimo y a que muchos tiren la toalla, con lo que son ineficientes sobrevenidos. En otras condiciones, con seguridad rendirían muchísimo más.

De modo que en honor a la equidad debe reconocerse que no es justo meter a todos los funcionarios en el mismo saco y aplicarles indiscriminadamente las medidas de recorte que se están adoptando. Porque se está penalizando a mucha gente muy competente y muy trabajadora por los males derivados de una clase política muy discutible y chupóptera y por un sistema en el que no se potencia el reconocimiento de los logros individuales de cada uno y su aportación a los resultados de la Administración.

Es indudable que hay que recortar el peso de la Administración y sus gastos. Pero yo no soy partidario de aplicar recortes uniformes y sistemáticos. Sería muy sano romper tabúes y hacer evaluaciones objetivas y exhaustivas de la aportación individual de los trabajadores públicos y purgar todos aquellos que no cumplen con su trabajo y que son los que le han hecho merecedora a la clase funcionarial de su mala imagen.

Pero claro, para conseguir esto, necesitamos de un Gobierno muy valiente (casi suicida) y vendría bien contar con unos sindicatos constructivos y modernos. Y no tenemos lo uno ni lo otro.

Al final vamos a necesitar y todo el rescate e intervención de la UE para imponernos estas medidas drásticas que tanto necesitamos. Reformas, en otras palabras. Porque eso son reformas y no las medidas tibias que se están aplicando hasta ahora. En mi humilde opinión de empresario (explotador) por supuesto 😉

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Un comentario

  1. […] pequeños inversores a título particular. ¿O es que a los inversores inmobiliarios hay que demonizarlos como a todo empresario? Como en su día comenté,  es una lástima que se cuestione tanto la ética del hecho de buscar […]

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