Cuestión de valores: mi enfoque personal del debate austeridad vs crecimiento

La discusión de moda a día de hoy en el campo de la economía es la de la austeridad vs crecimiento, que se nos presenta como la pugna entre dos puntos de vista muy diferentes para afrontar la crisis:

  1. Las tesis ortodoxas alemanas, que se concentran en aplicar reformas estructurales conjuntamente con fuertes ajustes de presupuestos públicos, con el propósito doble de reducir déficit y mejorar la competitividad de la economía, en aras a un cambio de tendencia que permita un seneamiento de la economía y una mejora de la confianza del mercado en los países que sirva para reanudar el crédito internacional al país a un coste razonable. El concepto de fondo es que se está gastando por encima de las posibilidades de los países, que el problema de deuda no se resuelve con más deuda, y que es preciso aplicarse una disciplina porque seguir gastando más no es la solución sino el problema. De hecho hay varios autores como Antal Fekete que han llegado a la conclusión de que actualmente la productividad marginal de la deuda es negativa por lo que seguir por el camino de más gasto y deuda es contraproducente.
  2. Las tesis neokeynesianas (abanderadas públicamente por Paul Krugman y en general por la actuación de la Administración Obama) consistentes en estimular la economía por la vía del gasto público. Aquí la filosofía es que viviendo una situación de colapso del crédito, que ahoga la iniciativa del sector privado, la única manera de restaurar los flujos económicos y reavivar la economía es por el impulso de lo público. A corto plazo esto genera un déficit y deuda crecientes, pero se lograría el objetivo de despertar la economía y volver a la senda del crecimiento, así que eventualmente se cerraría el desfase de déficit. Además, el concepto subyacente bajo estas políticas es que los países deben ser monetariamente soberanos, y sus bancos centrales tienen que actuar como prestamistas de último recurso, lo que quiere decir que en vez de estar sometidos al juicio del mercado, que podrá castigar con crecientes requerimientos de interés, será el propio banco central del país el que financiará esa deuda pública a un interés muy bajo, para no ahogar la economía.
Yo, que teniendo formación económica y siendo lector asiduo de la prensa salmón, tampoco me dedico profesionalmente a esto ni tengo un interés académico excesivo en estas cuestiones casi teológicas, que es como se plantea últimamente esta batalla entre los seguidores de Keynes y los de Hayek, tengo la sensación de que se pierde demasiado tiempo tirándose unos los trastos a los otros, en vez de buscar un punto de vista integrador. Porque en realidad ambos puntos de vista tienen sus razones, y no hay que considerar incompatible austeridad y crecimiento, como fabulosamente explicó recientemente Daniel Lacalle o hace un par de días la propia Christine Lagarde.

Como cualquiera que haya leído mis artículos o mis recomendaciones vía Twitter va teniendo claro, yo estoy en la línea de pensar que no podemos seguir permanentemente enganchados a la droga de la deuda y el déficit, y en algún momento hay que saber asumir las responsabilidades y redimensionar los gastos. Y tampoco soy un fan del concepto del crecimiento como única solución a todos los males. Creo más en la moderación e ir pasito a pasito. Se le puede llamar austeridad (connotación negativa hoy en día) o sostenibilidad (aunque este concepto parece que se lo apropiaron para otras cosas quienes hoy defienden la política neokeynesiana). En realidad yo creo que son ambas cosas y son dos valores adecuados. Otra cosa es muy diferente es cómo enfoquemos el concepto de austeridad y de qué manera lo pongamos en práctica. 

Me parece obsceno el planteamiento de quienes defienden el que la deuda en el fondo está para no pagarla, y que lo que hay que hacer es gastar el dinero que no se tiene porque para eso está el banco central, para financiar ese gasto. Es la concepción absolutamente cínica del dinero como billetes del monopoly, que no tiene ninguna contrapartida real sino que se base simplemente en la confianza que se deposita en él. Ahora bien, por mucho que me parezca que este planteamiento es moralmente reprobable, puesto que es aprovecharse de la irrealidad actual del dinero fiat para pervertirlo a las necesidades cortoplacistas de todo un esquema económico fallido, voy a conceder que hoy por hoy puede ser la solución más inmediata y de menos impacto directo en el bienestar a corto plazo de millones de personas. Y artículos como el de la semana pasada de J.Jacks en Cotizalia resultan polémicos pero al mismo tiempo vilmente realista y pragmático.

Lo cual me devuelve a la casilla de salida y a lo que trataba de expresar en mi post sobre los Estados yonquis: todo nuestro sistema económico moderno se basa en un suministro a grifo abierto de dinero, liquidez, deuda y gasto con escaso control, y si queremos cortar esto, el síndrome de abstinencia es tan brutal que por lo menos queremos un sucedáneo que nos permita soportar el trauma. Y aunque se acuse mucho a Europa de estar aplicando la medicina ortodoxa de la austeridad, ahí están esas inyecciones de metadona en forma del los LTROS, y ahora con la intervención/nacionalización de Bankia vamos a ver otro fenómeno de este estilo, no dejando caer y quebrar a una entidad para salvaguardar la maltrecha integridad del sistema.

La situación es muy compleja, repito, y repleta de incongruencias y paradojas. Se critica la austeridad per se, pero no se entra en el fondo del problema, y es que habría que replantear cada euro que se gasta y ver si realmente ese gasto es necesario. Se está tirando por lo fácil, que es cortar inversiones, reducir presupuestos de investigación y de innovación, ajustar en recursos de sanidad y educación, y aplicar descuentos generalizados de remuneración a los trabajadores públicos. Cuando lo que habría que hacer en primer lugar es mirar uno a uno cada representante público, los políticos, y ver qué necesidad real hay de su existencia. Por qué las Administraciones están repletas de burócratas profesionales de no hacer nada, sin ningún conocimiento práctico relacionado con sus responsabilidades y que se rodean de asesores. Se habla de tecnocracia pero a mí me gustaría hablar de verdad de tecnócratas: que quienes ostenten cargos de responsabilidad pública tengan conocimientos y experiencia en las tareas que tienen asignadas. Menos político de carrera y más técnico. Si de verdad se metiera la tijera entre los políticos, a lo mejor no había que recortar tanto en partidas que crean riqueza y que aportan algo hoy o a futuro.

Incluso a nivel de inversión, una de las perversiones a las que llevan los intereses artificialmente bajos es que se pierde la perspectiva de la conveniencia o no de una inversión. Invertir no es bueno por sí mismo. Es positivo cuando hay un retorno de la inversión. Basta citar casos como el de los aeropuertos de Castellón y Cuidad Real para considerar inversiones que son destructoras y no creadoras. O el gasto en carteles con el Plan-E de Zapatero.

Si vemos la austeridad como eso, replantear cada euro y podar esa enredadera invasiva en la que se ha convertido la estructura del clientelismo político, no tendríamos que estar perjudicando el crecimiento, sino todo lo contrario. Al final toda esa madeja de gente inútil y chupóptera lo único que hace es introducir trabas y burocracia que nos hace más ineficientes y menos productivos.

Por lo demás, en cuanto a si la solución está en gastar y que haya un banco central que se invente los saldos de dinero de contrapartida de la deuda pública (lo que metafóricamente llamamos “imprimir dinero”), creo que hay un punto en el que hay que afrontar una toma de postura en base a un sistema de valores. A mí, sencillamente, me parece la solución fácil pero indecente. Estoy seguro de que a mucha gente esto le parecerá una soberana estupidez, hablar de ética y moral cuando está en juego el bienestar de tanta gente “inocente”. Pero es que hemos perdido el norte en estos asuntos de los valores. Recuerdo decir ya desde mi época universitaria (algún amigo lector lo recordará) que nuestra actual sociedad está en un punto equiparable a la decadencia del Imperio Romano. Cuando ya se pierden los valores, y sólo nos dejamos llevar por el estómago (el dinero, la satisfacción de los intereses más inmediatos, el puro carpe diem), vivimos en la permanente huida hacia delante y vamos tirando, pero nos vamos metiendo más y más en un callejón sin salida.

Quiero pensar que por el bien de mis hijas, o de mis futuros nietos, o generaciones posteriores, quién sabe, mi responsabilidad es defender la recuperación de ciertos valores. Aunque nos toque pasarlo mal. O aunque se rían de mí por ingenuo.

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