Disfrutar sin remordimientos

El post de hoy me surge a raíz de ver en una actualización de estado de una amiga esta imagen:

 Es indudable que el mensaje que pretende transmitir es muy acertado: es muy fácil quedarse atrapado por el conformismo y la rutina de lo conocido, y da mucha pereza probar cosas nuevas o tomar decisiones difíciles. A menudo caemos además presas del miedo a cometer errores (como traté recientemente) y por eso nos movemos solamente dentro de esa “zona de confort” a la que se refiere la imagen. Y es cuando superamos esas barreras que damos pasos adelante y crecemos personal y profesionalmente.

De hecho, una de las cuestiones que más se comenta, en foros ajenos y en este mismo, es que uno de los puntos necesarios de mejora de la sociedad y economía española es que se supere una cultura del apoltronamiento que es tan típicamente nuestra, y que entremos en la dinámica del emprendimiento, la innovación, la asunción de riesgos. Todo ello exige salir de ese entorno cómodo y explorar caminos nuevos.

Ahora bien… Tampoco hay que caer en el extremo, que es el de sentirse culpables cada vez que nos sentimos a gusto con nuestras vidas. Uno de los problemas que nos ha llevado a estas crisis modernas como la que actualmente vivimos es la primacía absoluta de la cultura del éxito y la obsesión por el crecimiento. Se nos enseña que siempre debemos aspirar a más y que no hay que caer en el conformismo. Pero en el camino corremos el peligro de condenarnos a la insatisfacción y la infelicidad, porque no llegamos nunca a disfrutar de los logros conseguidos, y tampoco sabemos valorar suficientemente las pequeñas cosas.

De hecho, la burbuja inmobiliaria es un ejemplo perfecto de estas situaciones. Os contaría unos cuantos casos de empresarios que son buena gente, pero que visto que el más tonto tenía un jet privado a base de invertir en promociones inmobiliarias, se metían en el negocio, les iba genial, y en vez de quedarse como estaban, se metían en la siguiente promoción con más, y más, y más… hasta que se arruinaron al estallar la crisis. Sin duda hay un componente esencial de avaricia que rompió el saco, pero también la presión social y profesional por considerar que un tipo exitoso sólo era aquel que sabía asumir riesgos, afrontar retos, y tirar para adelante. Quienes, como yo, fuimos un poco “cagaos” y nos entró miedo de meternos en ciertos berenjenales (afortunadamente en mi caso más que nada por mi característica paranoia que me hacía estar convencido de que tarde o temprano estallaría la burbuja), ahora lo hemos podido contar. No hemos podido presumir de saborear las mieles del éxito y el reconocimiento, pero ahora por lo menos nos ahorramos el tener que probar las hieles del fracaso y el escarnio.

Así que aunque es bueno obligarse de cuando en cuando a abandonar esa zona de confort y hacer esfuerzos y sacrificios por desarrollarse fuera de lo cómodo y conocido, tampoco olvidemos que necesitamos disfrutar en el día a día y ser felices con lo que tenemos. Permitidme en este sentido referiros a la fábula del pescador y el ejecutivo, que mi amigo Jaime, muy sabio él, me ha recordado en un par de ocasiones:

Un poderoso ejecutivo se tomó unas vacaciones, las primeras en quince años. Estaba paseando por un muelle de un pequeño pueblo cuando un pescador de atunes atracó su barca. Mientras el pescador amarraba la barca al muelle, el ejecutivo le felicitó por el tamaño y la calidad de su captura.

-¿Cuanto ha tardado en que picara ese pez? -le preguntó. -No mucho, -contestó el pescador.
-¿Por qué no se ha quedado más rato pescando?
-Ya tengo bastante para cubrir las necesidades de mi familia -respondió el pescador.
-Pero, ¿qué hace usted el resto del día?
-Me levanto tarde, pesco un rato, juego con mis hijos, duermo la siesta con mi mujer y, al atardecer, paseo por el pueblo, tomo un vino y toco la guitarra con mis amigos. Tengo una vida muy activa, muy ajetreada.

El ejecutivo se quedó de piedra.

-Tengo un MBA en Harvard y podría ayudarle. Tendría que dedicar más tiempo a la pesca. Con lo que recaudara, podría comprarse una barca de mayor tamaño. Con esa barca podría capturar más peces, que luego podría vender para comprar más barcas. Al final tendría toda una flotilla. En lugar de vender su pescado a un intermediario podría venderlo directamente a los consumidores, y eso mejoraría sus márgenes. Podría terminar abriendo su propia fábrica y así controlaría producto, el procesamiento y la distribución. Claro que entonces tendría que dejar el pueblo y mudarse a la ciudad para poder dirigir la expansión de su empresa.

El pescador se quedó en silencio y luego preguntó.
-¿Cuanto tardaría en hacer todo eso?
-Quince o veinte años. Veinticinco a lo sumo
-¿Y luego?
El ejecutivo soltó una carcajada.
-Eso es lo mejor. Cuando fuera el momento, podría salir a bolsa y vender todas sus acciones. Ganaría millones.
-¿Millones? ¿Qué haría entonces?
El ejecutivo reflexionó.
-Podría jubilarse, levantarse tarde, pescar un rato, dormir la siesta con su mujer, y al atardecer, pasear por el pueblo, tomar un vino y tocar la guitarra con sus amigos.

El ejecutivo, de pronto, sacudió la cabeza y se despidió del pescador. Al término de sus vacaciones, entregó la dimisión en su empresa.

(Versión de Josh Kaufman en el libro “MBA personal”)

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4 comentarios

  1. El tema que comentas en el núcleo del post, Daniel, está muy ligado al concepto del riesgo, que es algo que la mayoría no tenemos ni entendemos bien.

    En mi trabajo ligado a los mercados financieros en general y a la Bolsa en particular, llevo años viendo a la gente “fastidiada” en los mercados alcistas porque le sacan un 5% a su dinero en el banco y el vecino lo ha doblado metiéndolo en [Terra | Zeltia | Facebook]. Muy pocas veces nos paramos a pensar que para sacar un 80% en un año con la mayor probabilidad has arriesgado el 100% y quien sabe si a través de derivados no has expuesto más incluso sin saberlo.

    El ratio de Sharpe (rentabilidad-rentabilidad sin riesgo)/riesgo nos indica realmente las inversiones que han sido exitosas y las que no – pero de esta cifra no oímos hablar nunca, sólo de grandes ganancias al alza y pérdidas absolutas a la baja… y eso puede pasar también en la vida.

    Me quedo con el mensaje de disfrutar sin complejos en un punto medio 🙂

  2. Buen post y buena fábula. La idea es la de trabajar para vivir, y no la de vivir para trabajar. Que conste no obstante que el pescador está un pelín apoltronado 😉

  3. oscar · · Responder

    Buenisima fábula ahora se entiende que trabajando lo necesario no hace falta más, para vivir, disfrutar de los tuyos atender a tus hijos y disfrutando de ellos.

  4. […] que he diseminado anteriormente), como aquella fábula del pescador que incluía en aquel “Disfrutar sin remordimientos” del año pasado y que os invito a repasar si no la […]

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