Monsieur Lazhar

Escribo estas líneas desde un más que interesante país, Canadá, y en concreto desde Montreal, principal ciudad de la provincia francófona de Quebec. Casualmente tuve ocasión de ver en el avión una película rodada aquí mismo, Monsieur Lazhar, que es una pequeña joya cinematográfica que además toca uno de los asuntos favoritos de quien os escribe, la educación.

La película, dirigida por Philippe Phalardaeu y protagonizada por un premiado actor y escritor de teatro, Mohamed Saïd Fellag, nos cuenta la historia de una clase de niños de 11-12 años que se ven devastados por el suicidio en el propio aula de su profesora. Entra en escena como profesor sustituto un argelino exiliado, Bachir Lazhar, que asume la difícil tarea de terminar el curso y recuperar anímica y académicamente a sus pupilos. Y lo hace en base a un engaño, puesto que si bien se presenta a la directora del centro como un profesor con experiencia en su país de origen, en realidad es un exiliado político que regentaba un pequeño restaurante pero tuvo que abandonar su país por la represión que estaba sufriendo su familia debido a las opiniones políticas de su mujer, que finalmente fue asesinada por las mismas junto con su hija.

La historia se centra en el trauma que sufren los niños, especialmente dos de ellos que eran muy cercanos a la profesora suicidada, y en paralelo el sufrimiento que también arrastra en silencio el propio Lazhar, del que también veremos sus dificultades para afrontar el trabajo y adaptarse al método educativo moderno y las diferencias idomáticas entre el francés argelino y el de Quebec.

La película, como habréis adivinado por el argumento, o mejor aún habéis visto vosotros mismos, es muy dramática por momentos. Pero aparte de la crudeza de la historia en sí, hay otros puntos en los que transmite ideas muy difíciles de asumir por su triste realidad, particularmente en lo referente a los métodos de enseñanza y la relación entre profesores y alumnos, entre padres y profesores, y entre los niños y sus progenitores.

Lo bonito de la historia es que se produce una evolución tanto por la parte de los niños, que con la ayuda de un empático Lazhar irán asimilando la trágica experiencia del suicidio de su querida profesora, como por la del propio Lazhar, que parte de unos esquemas rígidos y se va integrando más y más con los niños según progresa la historia.

La película ilustra muy bien la importancia de la implicación de los profesores para el éxito de la educación, y es muy luminosa a la hora de mostrar la simbiosis entre maestro y alumno y cómo ambas partes crecen y se enriquecen mutuamente. De hecho juega con la paradoja de que un hombre sin formación magisterial consigue llegar a sus alumnos en base a esa capacidad de empatía y de conexión con sus pequeños pupilos. Sin embargo es un poco más pesimista cuando denuncia el absurdo de un sistema educativo en el que en la práctica se prohíbe el contacto físico de cualquier tipo entre alumno y profesor, y también cuando pone de manifiesto el papel de los padres, a los que no deja precisamente en buen lugar, porque lo que nos representa es, por un lado, el modelo de padre ausente, que sencillamente no está físicamente disponible para apoyar a los hijos, o que no se implica con ellos, y por otro lado el modelo de padre agresivo en contra del profesor y que no le da cancha para que ejerza una faceta educativa y no meramente informativa.

Desde un punto de vista cinematográfico, la película está rodada con sencillez, bajo presupuesto, con un uso muy discreto de la música, sin efectos especiales ni grandes despliegues de decorado o fotografía. Se concentra absolutamente en la narración y también en la palabra. Quiero destacar esto último, porque habiendo visto la película en versión original subtitulada, me resulta evidente que se pone un énfasis en el adecuado uso y vocabulario del francés, destaca los diferentes acentos en el uso del idioma (hay que reconocer por cierto que el francés es un idioma particularmente musical y agradable al oído), y los diálogos están grabados con cariño y sumo cuidado, con un gran papel, por cierto, del actor protagonista, así como de los niños que participan en la película.

Puestos a criticar, tengo la sospecha de que en la edición se tuvieron que recortar un par de escenas, porque hay algún saltos narrativos que empeñan un poco mi apreciación de la película. En concreto, en una de las primeras escenas, cuando se produce el primer contacto entre la directora del colegio y Lazhar, toda la actuación de la primera transmite escepticismo de cara a la contratación del argelino como sustituto. Y en la siguiente escena ya le vemos dando clase. Falta ahí una escena en la que se explique el cambio de actitud. También se echa en falta una escena donde se produzca un punto de inflexión en la relación de los chicos con el profesor, porque si en un primer momento están hastiados con el cambio de métodos y estilo de enseñanza, cuesta explicar cómo a la siguiente escena ya parece que están perfectamente integrados. Y por último eché también en falta una escena que rematara el fin de la cita entre Lazhar y la profesora Claire. Apuesto a que estas escenas quedaron grabadas y fueron sacrificadas en el montaje final en aras a conseguir un metraje más “comercial” y más atractivo para su pase por televisión, que tristemente suele ser el destino final de este tipo de películas.

Pero cualquier reproche en este sentido se perdona con la brillantez del final de la película, no sólo por lo perfecta y emocionante que es la escena final, sino porque remata toda la construcción de una fábula que lleva hilvanando desde la mitad de la película.

Lo bonito es que el mensaje final es esperanzador, aunque yo como padre también he escuchado el toque de atención que transmite la película: dejemos de nuevo que los profesores sean educadores, y démosles la oportunidad de implicarse con sus alumnos y disfrutar de su vocación. Y también un recordatorio de un par de cosas que como adultos hemos olvidado. Primero, que para un niño, su profesor es una figura de referencia importantísima; es un error minar su autoridad porque dejamos al pequeño huérfano de guía. Y segundo, los niños se pueden obsesionar y castigar a sí mismos por su tendencia a culpabilizarse de cosas de adultos (en este caso un suicidio) que sencillamente no pueden comprender. Los padres tenemos que estar ahí para apoyarles y transmitirles cariño, comprensión y seguridad, que es lo que hace Lazhar con Simón en una de las escenas más contundentes de la película. ¿Quién no recuerda una situación así de su infancia? Pues la incomprensión con la que Bachir lucha por dar pie a que se saque a la luz ese trauma quizá no es tan diferente de lo que nosotros afrontamos en el día a día con nuestros niños, donde las prisas no nos dejan dedicarle el tiempo suficiente a estas pequeñas cosas que ellos no comunican abiertamente por vergüenza o porque no saben ponerle palabras. Y ese es nuestro papel. Yo me siento enormemente agradecido de haber visto esta película por habérmelo recordado. Os animo también a vosotros a verla.

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2 comentarios

  1. María José G. Guirado · · Responder

    Hola, Daniel,
    Bienvenido de nuevo a estos lares, espero que el viaje a Canadá haya sido provechoso. Desde luego sí ha sido prolífico: ¡hasta has tenido tiempo de seguir con tu blog! IMPRESIONANTE.

    Una vez más, completamente de acuerdo con tus apreciaciones. Esta película es una pequeña joya, una obra de arte que todos los profesores deberíamos ver, sin excepciones.

    Poco que añadir a tu completo post, sólo dos pequeñas opiniones muy personales:

    – la reflexión de cómo la sociedad occidental actual trata de proteger a los niños de asuntos tan diarios y habituales como el dolor y la muerte. Nuestros padres y abuelos me parece que convivían con ello con más frecuencia y naturalidad. Quizá es una sobreprotección que les hace alejarse de la realidad y tolerar luego peor los avatares de la vida. La negación del problema nunca es la vía del crecimiento. Y eso sirve tanto a niños como a adultos. Por supuesto, con delicadeza, cariño, y de manera adecuada a la edad de los niños afectados, siempre será más enriquecedor que vayan conociendo no solo el mundo de color y fantasía que les pintan algunos padres a sus hijos.

    – como profesora, la crítica que descubrimos al final de la película me pareció acidísima; que consiga mejores resultados un hostelero con sentido común y empatía, que los supuestamente preparadísimos profesores, es algo que me afectó profundamente.

    Cualquier comentario que hiciese no sería más que redundante, Daniel, coincido en todo contigo: hasta en lo que dices de los posibles cortes en el montaje, yo también me lo había planteado.

    Es una gran película de la que hay que hacer campaña, sin duda. Además, nominada al Oscar a film en habla no inglesa, que finalmente ganó la iraní “Una separación”. Ésta no la he visto, pero si fue mejor que ‘Monsieur Lazhar’, debe ser increíble también.

    Un beso y gracias, como siempre, por tus lúcidas reflexiones.

  2. […] y sobre el carácter profesional del profesorado, o cuando repasaba esa gran película que es Monsieur Lazhar y el fabuloso libro de Sir Ken Robinson sobre “El Elemento”. Hoy vuelvo a estos temas […]

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