Favorecer a pymes y emprendedores es fundamental, pero dejarles crecer, aún más

Hace un par de días, Alejandro Suárez Sánchez-Ocaña (conocido business angel y autor de Desnudando a Google, que reseñé hace unos meses) publicó un artículo de opinión en Cinco Días en el que reclamaba a Rajoy el cumplimiento de uno de sus compromisos electorales, que es la promulgación de la Ley del Emprendedor. Esta ley, como explicaba hace unos meses Beatriz Elías en Expansión, contemplaría la reducción de la burocracia en la creación de nuevas empresas (el objetivo es poder crearlas en 24 horas), aportar una ayuda de 3.000 euros por la primera contratación, retrasar el pago del IVA hasta que se produce el cobro efectivo de las facturas, incluiría ayudas fiscales para el fomento de la internacionalización, y promovería la financiación apoyando a los business angels, fondos de capital semilla de financiación mixta pública-privada, microcréditos, y permitiendo la capitalización de la prestación por desempleo (cobrar de golpe todo el paro para abrir la empresa o constituirse como autónomo).

Es indudablemente muy importante promover la creación de empresas e ir abandonando ese tópico del joven que a lo más que aspira es a ser un funcionario de carrera. Si un parado monta su empresa o se hace autónomo y contrata a un trabajador, conseguimos por un lado dejar de pagar dos prestaciones por desempleo y fomentar la actividad económica.

Pero hay que tener cuidado. Muchas de estas medidas pueden tener un doble filo, porque tienen un ámbito temporal reducido (por ejemplo, sólo funcionan durante los dos primeros años de actividad de la empresa o autónomo) y/o porque son de aplicación únicamente en función de la pequeña dimensión de la empresa. Si queremos conseguir una economía productiva y con futuro, necesitamos, primero, que esas empresas o autónomos sean sostenibles y duraderos en el tiempo, y segundo, que puedan crecer.

El primer punto: la sostenibilidad. El peligro de despertar el emprendimiento a base de subvenciones y ayudas es que no necesariamente estamos creando nuevas empresas y autónomos cuya actividad es rentable por sí misma. De esta manera, terminada la subvención y la ayuda, la empresa marchita y malvive o muere. No es esto a lo que debemos aspirar. Así que mi postura es clara: es importantísimo eliminar al máximo la burrocracia que hoy en día obstaculiza la creación de empresas, con tanto trámite, tasa y licencia, que para mí equivale a una “presunción de culpabilidad” ya que parece darse por hecho que sin la tutela de los poderes públicos, todo empresario se pondrá a ejercer actividades no conformes con la ley. Muy al contrario, creo que debería darse libertad y confianza y ejercer ese control a posteriori y con un poco de sentido común. También interesa favorecer el acceso a la financiación. Pero la cultura de la subvención no es el camino.

Ahora bien, el segundo punto creo que es aún más importante: necesitamos que las empresas puedan crecer. ¿Por qué? Pues porque si lo que queremos es que nuestra economía consiga verdaderamente crear empleo a gran escala y ser más productiva (y ambos factores van íntimamente ligados entre sí), y de esta manera dar pie a un crecimiento económico que nos ayude a equilibrar las cuentas públicas, es preciso que el mayor número posible de esas empresas que empiezan siendo pequeñas consigan aumentar en dimensión.

Se suele decir que es la pyme la que crea empleo en nuestro país (y no sólo aquí, también se dice lo mismo en un país tan diferente como en Estados Unidos). A mí siempre me chirría el concepto de pyme, porque en teoría cubre un rango de 0-250 empleados y facturación hasta 50 millones de euros, y en realidad al hablar de pyme estamos refiriéndonos habitualmente a las microempresas (hasta 10 empleados o 2 millones de euros) o como mucho también a las pequeñas empresas (hasta 50 empleados o 10 millones de facturación). Pero aparte de esta disquisición semántica, la realidad demuestra, como recientemente puso de manifiesto Luis Garicano en Nada es Gratis o este Informe Mensual de Mayo de La Caixa, que las empresas grandes son las más productivas. Y en ese sentido, el que en nuestra economía tengan preponderancia las pequeñas empresas es un problema. Si queremos estar en primera línea del comercio mundial, generar exportaciones y una economía dinámica, es preciso conseguir que la dimensión media de la empresa española pueda aumentar.

¿Cómo conseguir que la empresa española pueda crecer? Tenemos varios órdenes de factores que a día de hoy limitan este crecimiento:

  • La normativa laboral favorece a la microempresa y la pequeña empresa, tanto por ayudas a la contratación que van desapareciendo a medida que se incrementa de tamaño, como por requisitos de representación sindical. No podemos dejar de ser conscientes de que el empresario español tiene muchas veces pánico a crecer precisamente por el miedo a los sindicatos. Está comprobado empíricamente que a mayor flexibilidad laboral, mayor la dimensión de las empresas.

  • Los incentivos fiscales son todos para la pequeña empresa. Cuando se crece aumenta el tipo de tributación en el Impuesto de Sociedades, y también la tramitación fiscal se multiplica. El salto de pequeña a gran empresa de cara a la Agencia Tributaria, que ocurre al alcanzar una facturación de 6 millones de euros (con lo que técnicamente es al ser mediana empresa, no grande), implica liquidación mensual de impuestos, unos pagos fraccionados del impuesto muy elevados, y en definitiva un esfuerzo administrativo y de liquidez.
  • Desde la perspectiva de las obligaciones mercantiles, en cuanto cumples dos de 3 criterios [1) Más de 50 empleados; 2) Cifra de negocios mayor de 5,7 M €; 3) Total activo en balance mayor de 2,85 M €], te aplica una serie de requisitos de auditorías y cuentas anuales que generan costes adicionales de administración y contratación de servicios de terceros.
  • La burocracia administrativa sigue penalizando el crecimiento. Abrir un nuevo centro de trabajo, ampliar instalaciones, o en general cualquier modificación de la actividad o infraestructura de una sociedad, choca demasiado a menudo con las trabas de los diferentes niveles de la Administración y esa sensación que tiene el empresario de ser “presunto culpable” y tener que ir con el dinero por delante.
  • Las limitaciones financieras, con un desarrollo todavía muy escaso de los mercados alternativos bursátiles y una excesiva dependencia de la financiación a corto plazo por parte de un sector bancario que como sabemos está ahora completamente condicionado por sus problemas de capitalización y la tendencia natural (y casi forzada) a destinar sus recursos más a comprar deuda pública que a financiar arriesgados proyectos empresariales privados.

Con todo esto, lo que termina ocurriendo es que el salto de pequeña a mediana empresa representa una fuerte barrera a superar. Una gran empresa ya tiene un nivel de recursos que le permite asumir bien toda esa burocracia y las complejidades laborales, y además suele ser una empresa internacionalizada y multinacional. Pero la pequeña empresa, que suele corresponder a un individuo o un conjunto pequeño de socios, enfrenta esta decisión de crecer con la certeza de unos esfuerzos económicos y de tiempo y dedicación muy importantes, que a corto plazo suponen una pérdida de calidad de vida más que probable, y la incertidumbre de si se conseguirá esa recompensa posterior, que a menudo exigirá además la entrada de capitales adicionales y una dinámica de delegación total o parcial de la gestión directa (aunque esta es una cuestión que da para un post aparte que tengo previsto afrontar en breve). La balanza tiende a inclinarse hacia el contra.

Habrá quien se preocupe (yo el primero) de que promover el tamaño empresarial puede dar lugar a la consecución de oligopolios o monopolios, reduciendo la oferta disponible e inclinando la balanza de poder en favor de la empresa frente al consumidor. Pero es que viendo comparativas a nivel mundial de la dimensión de las empresas, estamos claramente en el extremo de los países con más preponderancia de pequeñas empresas, con unos compañeros de división no muy agraciados (los Grecia, Portugal, Italia…).

Existen negocios donde el mercado no da para mucho más que para una pequeña empresa, y esa es la dimensión óptima, pero ¿cuántas oportunidades de crear actividad y empleo se pierden por el miedo a perder la subvención, a que no te den licencia, a que tengas un problema de sindicatos, a que tengas que multiplicar un departamento de administración que sólo supone costes fijos no productivos, etc.?

De modo que está muy bien favorecer el emprendimiento, pero sin caer en la obsesión de promover las pymes porque sí (y porque es electoralmente rentable, porque ayudar a la gran empresa está muy feo), y en su lugar dejar vía libre para que la dimensión de la empresa pueda crecer. En realidad, está visto que la gran empresa española es en realidad muy productiva, incluso más que la alemana o la americana. E insisto en la idea que comentaba anteriormente: no se trata de subvencionar, en este caso el crecimiento, sino simplemente de que el Estado no ponga un marco legal y administrativo lleno de obstáculos a ese crecimiento (siendo un obstáculo también el exceso de promoción de lo pequeño frente a lo grande).

En definitiva, más libertad y más flexibilidad. El día que asumamos que la rigidez laboral, el exceso de regulación y control, y la cultura de la ayuda y la subvención no nos hacen sino un flaco favor de mantenernos en respiración asistida, habremos dado un paso de gigante para salir de la crisis.

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7 comentarios

  1. Tengo una experiencia mucha más corta que tú en el tema de empresas, pero desde hace 4 años soy autónomo y me he embarcado en dos empresas distintas, las dos de muy pequeña escala y que a pesar de ello están dando trabajo (en total) a unas 20 personas, que no es moco de pavo. En uno de los casos no tengo responsabilidad directa en la gestión y me ocupo de temas técnicos, pero en la otra he vivido y sufrido todos esos obstáculos de los que hablas, y que me temo que todos los emprendedores están padeciendo.

    Lo más triste es que con la que está cayendo que encima pongan tantas trabas a la intención de salir adelante de forma honesta y con ilusión -y no hablo de subvenciones, no he tenido esa suerte- da de nuevo muy mal feeling de lo que nos espera en el futuro. El paso a empresa de cierta magnitud -dudo que llegue a ese punto- parece especialmente descorazonador, y creo que todos tus sugerencias podrían aliviar con mucho el panorama.

    Lo triste es que si las cosas se hacen como ahora es por algo. Y me temo que ese algo responde, como de costumbre, a los intereses de unos pocos intocables que siguen manejando los hilos sin que nos pispemos. Mal negocio el que nos hemos montado.

  2. […] cuando se deciden a dar el salto (de las que hace acopio excelentemente Daniel Cuñado en su blog personal), tampoco quieren. Más subvenciones significaría más aversión al riesgo, y por lo tanto, mayor […]

  3. […] liberalizaciones, mercado laboral, horarios comerciales, colegios profesionales, burocracia, favorecer crecimiento de las empresas -este artículo es imprescindible, por cierto-, reforma institucional, […]

  4. […] "CRITEO-300×250", 300, 250); 1 meneos Favorecer a pymes y emprendedores es fundamental, pero dejarles crecer, aún más danielcunado.wordpress.com/2012/06/27/favorecer-a-pymes-y…  por ricardodudda hace […]

  5. […] ¿Qué es lo que está sucediendo? Para empezar, la dichosa obsesión con las PYMEs, start ups, emprendimiento y tiendas de barrio han acabado por crear un auténtico galimatías legal que hacen que crear y mantener micro-empresas sea (relativamente) fácil, pero hacerlas crecer sea rematadamente complicado.  Daniel Cuñado nos da algunas pistas: […]

  6. […] Es un mensaje que repito con frecuencia pero en el que no creo que haya que dejar de insistir: si verdaderamente queremos sacar adelante a la economía de un país, y volver a la senda de la creación de empleo, más que caer en la cantinela simplona de que hay que fomentar el emprendimiento, apoyar a las pymes, subvencionar a los grupos desfavorecidos, etc., lo que hay que hacer es dar incentivos para que las empresas exitosas sigan creciendo; que los empresarios con recursos los inviertan en nuestro propio país; que existan expectativas favorables. Recordaréis un post que le dediqué a lo crucial que es dejar crecer a las empresas. […]

  7. […] He comentado varias veces que lo único que pido como empresario no es que me subvencionen, lo que crea a menudo efectos perversos, sino que nos dejen en paz y que más que promover artificialmente la creación de empresas lo que exista es un ambiente en el que los negocios que funcionen y sean sostenibles tengas posibilidades de crecer. […]

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