Una reflexión como empresario sobre la inmigración (legal)

En unas declaraciones a la cadena Cope, Juan Rosell, presidente de la CEOE, explica que en los años 2003-2004, ante la dificultad de los empresarios por contratar trabajadores, se abrió las puertas a la entrada de inmigrantes, y “eso fue un problema”.

Respeto mucho a Juan Rosell, que en general me parece un hombre razonable, aunque hay que comprender que tiene un papel que jugar y a veces se posiciona un poco más a un extremo del argumentario porque le toca enfrentarse al polo opuesto representado por los sindicatos. Creo que estas declaraciones merecerían un contexto más amplio y muchas matizaciones. Pero plantea una cuestión que es en realidad muy interesante: ¿nos pasará factura el haber sido más bien permisivos con la inmigración durante los años de bonanza económica de la década pasada? ¿Es posible que en un entorno social crispado como el actual se llegue al extremo de que se alcanzó en Francia con los graves disturbios de 2005 y 2010?

Yo sólo os voy a dar la opinión personal de un empresario industrial manufacturero, condicionado por su propia experiencia. No tengo los debidos conocimientos en sociología ni tampoco estoy al pie de la calle de los barrios con preeminencia de población inmigrante, como para hacer proyecciones de futuro ni análisis sesudos. Pero me gustaría aportaros mi punto de vista y mi experiencia al respecto.

En mi caso, la primera parte del enunciado de Rosell es la pura verdad. Se alcanzó un punto hacia mediados de la década pasada en el que yo tenía unas oportunidades de crecer y contratar personal pero me enfrentaba a serios problemas para lograrlo. Yo, en particular, tuve una rotación anormalmente alta en puestos tanto de corte técnico y de oficiales de taller (cualificados), como de corte administrativo y peones (menos cualificados). Por una parte, me encontré con demasiados chavales que mostraban un interés muy escaso por el trabajo o que abandonaban en cosa de días por iniciativa propia porque les parecía que las condiciones de trabajo en mi empresa eran muy duras. Y por otra parte, sencillamente no encontrábamos candidatos con las cualificaciones deseadas. Ni gente con experiencia ni con formación. Y cuando sí aparecía alguien de un perfil atractivo, pronto descubríamos que tenía otras pegas, que explicaban que estuviera en paro: problemas de conducta, holgazanería extrema, algún “porrero”, alcoholismo, etc.

La conclusión era que los trabajadores válidos estaban ya todos colocados. Lo que había en el mercado de trabajo era, si me perdonáis la expresión, y con dignísimas excepciones, “la morralla“. Pensad sobre todo en que la mía es una pequeña empresa industrial. Los chavales recién salidos de la carrera o la gente buena llamaba sólo a la puerta de las empresas grandes y de renombre, y sencillamente no estaban a nuestro alcance. Y el trabajo de un taller de fabricación no es precisamente lo más atractivo del mundo cuando hay otras oportunidades. Así que lo teníamos difícil para encontrar personal nacional válido.

De modo que la solución fue acudir al personal inmigrante. Uno se encontraba con trabajadores mucho más cualificados, con experiencia previa, buena formación profesional y una actitud positiva en el trabajo. Pero con dificultades de idioma (aunque es sorprendente a la velocidad que aprenden los europeos del Este, por ejemplo) y, todo hay que decirlo, con el cierto rechazo del personal nacional de la empresa. Se quejaban con mucha razón los nuevos trabajadores inmigrantes de que los compañeros no les pasaban ni una y tenían que trabajar el doble para ganarse el respecto de los demás.

Fueron unos años complicados, donde teníamos que formar constantemente a jóvenes incorporaciones, que en ocasiones nos abandonaban poco después para ejercer a menudo trabajos de menor cualificación pero mayor remuneración en el campo de la construcción. Siempre recuerdo el caso de un chaval extraordinario, de nombre Carlos, que trabajaba en nuestro departamento de preparación de pedidos y con el que estábamos encantados, que nos dejó para ir a conducir un camión de escombros. O el de Adriano, que se dejó seducir por el nombre de una gran multinacional, aunque reconocía que ni siquiera iba a cobrar más ni a tener un contrato fijo como con nosotros.

Así que se juntó por un lado una cierta indolencia y bajada de listón del personal nacional, pero que se colocaba con facilidad gracias al boom de la construcción, con la entrada de inmigrantes a los que se les ofrecían facilidades de regularización. Que quede muy claro que no estoy en ningún caso hablando de ilegales. Vi muchos casos en nuestro polígono industrial, con temas de precariedad laboral, sueldos ínfimos, etc., pero yo estoy hablando de personas con papeles y a los que se les aplicaba exactamente los mismos términos de condiciones de trabajo y remuneración que al resto de trabajadores.

Así que mi valoración es que NO fue un error abrir la puerta a la inmigración legal. Al revés, fue una bendición. Yo, sin esa oferta de trabajadores, habría visto cercenadas mis posibilidades de atender la demanda de mis clientes.

¿Debemos hoy echar a toda esta gente? Pues a mí me parece una barbaridad. Y no sólo porque éticamente sería muy reprobable haberse beneficiado de su aportación para ahora “darles la patada”. Pienso que hay que saber ver que todas estas personas siguen aportando valor a la sociedad y a la economía (aparte de diversidad cultural).

Y otra cuestión muy importante: la demográfica. Se publicó hace poco una escalofriante información sobre la tasa de natalidad en España, situada en 1,35 hijos por mujer, muy por debajo de los 2,1 que representarían simplemente un nivel de reposición de la población. En la práctica, con una natalidad bajísima y una dinámica todavía creciente de la esperanza de vida, lo que se nos plantea a un futuro inmediato es una preocupante evolución de la pirámide poblacional. Si cada vez las generaciones de jóvenes son más escasas en número y el grueso de la población envejece, tenemos varios problemas. El más evidente es el de la sostenibilidad del sistema de Seguridad Social y las pensiones, con más beneficiarios y menos trabajadores en activo aportando sus cotizaciones. Además, como todos sabemos, a medida que la población envejece, los gastos sanitarios se multiplican. Y económicamente, los estratos de población que más actividad económica generan son los jóvenes, primero porque consumen más, y segundo porque son más dinámicos a la hora de desarrollar nuevas actividades económicas, despertar emprendimiento e innovación.

Sumémosle además otro drama cada vez más actual: el de la emigración de los jóvenes españoles, hartos de no tener visibilidad de futuro en nuestro país. Sobre todo en el caso de los más cualificados. Esto resta precisamente donde más hará falta sumar en cuanto la economía vuelva a tirar.

¿Va la mujer española a tender a incrementar la tasa de natalidad? Parece harto improbable, más aún en un entorno de crisis donde se sacrifica la decisión de tener hijos tanto por las apreturas económicas como por la incertidumbre hacia el futuro. ¿Cómo salvar ese gap? Pues contando tanto con la inmigración ya presente (que presenta mejores tasas de natalidad) como con nueva inmigración. Estará bien ser selectivos y seguir procedimientos de legalidad, por supuesto.

En definitiva, y esto sólo es mi punto de vista quizá sesgado como empresario, ojo, la inmigración hay que saber valorarla antes, ahora y en un futuro. No creo que sea bueno dejarse cegar por el cortoplacismo de no vernos en situación de estrecheces y deseando quitarnos de enmedio “competidores” por los puestos de trabajo que ahora faltan.

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3 comentarios

  1. Razonables y poco comunes palabras. Como abogado que ha dedicado (y dedica) parte de su oficio al tema de la inmigración, se agredece tu claridad, sobre todo en estos tiempos donde lo fácil es decir lo que dice Rosell, pero no deben justificarse las palabras de este (ni de nadie) porque tenga que cumplir un papel “político”. Por eso, entre otras cosas, estamos como estamos. Por no expresar ideas razonables independientemente del “papel”

    1. Gracias por el comentario. Yo puedo comprender que cuando uno se sienta a negociar se tenga que ir un poco al extremo de su posición buscando el entendimiento. El problema es cuando lo que es una mera estrategia negociadora se convierte en un planteamiento global, y efectivamente ese tipo de dinámicas nos llevan a donde estamos ahora, así que te doy toda la razón.
      Otro debate de fondo es si tanto lo que se llama “la patronal” (la CEOE) y “los sindicatos” (UGT y CC.OO.) son verdaderamente representativos del empresario medio y el trabajador medio (que yo opino que no) y si no se les da demasiada cancha (creo que sí) sobre todo porque están “contaminados” a subvenciones desde el poder político…

  2. Suscribo una por una tus palabras. La inmigración puede traer algún problema ahora, pero son puntuales comparado con la bendición que supuso su entrada en el mercado laboral.

    Por otro lado, los medios de comunicación sólo muestran experiencias negativas, inseguridad, enfrentamientos y tensión entre inmigrantes y españoles. No hablan, por ejemplo, de pueblos como Guissona en Lérida (donde están las fábricas de BonArea), que con las contrataciones en origen consiguió hacer crecer sus empresas.

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