Volviendo al problema de los políticos

La pasada semana tuve la ocasión de disfrutar de una agradable comida con mi buen amigo Miguel Jaureguízar. Aparte de intentar sin éxito arreglar el mundo, repasar tuiteros que nos gustan a ambos, y deshacernos en elogios hacia Jot Down, un tema que tocamos fue la desesperante falta de liderazgo político no sólo en España sino también a nivel europeo.

El problema es que tiene muy mala solución este tema, con un sistema de selección de poderes públicos que está basado en listas cerradas y el voto a un partido político y que ha desembocado en la actual partidocracia, de manera que nuestros líderes son los que alcanzan la cima del partido. ¿Y quiénes la alcanzan? Los que “hacen carrera”. Profesionales de la política. Los que saben ascender dentro de la pirámide interna, en esencia a base de saber forjar alianzas y contar con el favor de otros políticos. Se va tejiendo una red de intereses, deudas cruzadas y condicionamientos que hipoteca mucho el margen de actuación de quien llega arriba. Y es un sistema que promueve el inmovilismo, la endogamia, la complacencia, la ausencia de debate. De hecho, qué mejor ejemplo que Mariano Rajoy. Un líder designado a dedo por un ex presidente en su fase más despótica, que a pesar de ser muy criticado dentro (por lo bajini) y fuera (abiertamente), ha conseguido llegar a presidir el Gobierno de la Nación a base de mantener el tipo, dejar caer a los contrincantes, y rodearse de una “guardia pretoriana”.

Lógicamente, en este tipo de situaciones, ocurren dos cosas:

  1. No necesariamente tenemos un líder que se esté rodeando de los mejores. Los que le acompañan son los que le han sido fieles, no los más válidos.
  2. Tanto él como los que le han acompañado en ese travesía del desierto, seríamos muy ingenuos si esperásemos que ahora que alcanzan su objetivo van a desmantelar el chiringuito. Ahora toca disfrutar de la meta mientras dure la efímera gloria. Que llegue el siguiente y arree.

Echo en falta un mayor número de profesionales del “mundo real”, no de la “casta política“, en los más altos niveles de la jerarquía del Gobierno y de los partidos. Pero es que en realidad es perfectamente comprensible. Porque pensemos en un brillante ejecutivo, con mucha experiencia en un campo concreto. ¿Qué incentivos tiene para pasarse a la política? Por un lado, va a perder nivel de ingresos (salvo que demos por hecho que va a generarlos de otra manera indirecta, lo cual ya es incompatible con lo que estamos buscando, es decir, un profesional honesto). Por otro, se va a ver resentido su prestigio social, dado lo denostada que está hoy la profesión política. Adicionalmente, a poco que lo analice, sus posibilidades de llegar alto son escasas salvo que se someta a la disciplina de esa jerarquía endogámica del partido. Y finalmente, incluso aunque llegue hasta el final del recorrido, sabe que le descartarán como papel higiénico a la más mínima adversidad, porque no deja de ser un outsider.

De hecho el caso de Manuel Pizarro en el Partido Popular es un ejemplo perfecto de todo lo anterior.

Resultados:

  1. No tenemos un suficiente perfil de profesionalidad, honestidad y espíritu de servicio sacrificado y ajeno a la gloria personal (o, digámoslo abiertamente, enriquecimiento o acumulación de poder).
  2. Quienes discurren por lo más nuclear de la política partidista son más bien del género mediocre y oportunista.

Sin embargo, no quiero caer en esa demonización de los políticos. Porque al final son los que nos van a gobernar. Y la política, bien entendida, es una profesión vocacional y de servicio a la sociedad. Es importante rehabilitar su imagen pública, pero para ello lo primero sería alterar ese rígido equilibrio de fuerzas que resulta tan negativo.

Además, no sería probablemente acertado pretender un gobierno exclusivamente tecnócrata. Se necesitan profesionales de la política para gestionar las relaciones con los ciudadanos, saber “vender” los proyectos al pueblo, negociar con otros políticos en el marco de relaciones institucionales e internacionales… La política es un arte y se precisa también esa experiencia. De hecho, probablemente el equilibrio ideal estuviera con los profesionales y los técnicos en los segundos niveles (“las tripas”) pero políticos más puros en el primer nivel (“la cara”).

Lo triste es que por un lado ni veo políticos competentes para poner bien la cara, ni técnicos profesionales para gestionar las tripas. Y yo desde luego no tengo ni idea de cómo se va a conseguir este objetivo. ¿Quizá una vez que se rompa el bipartidismo y entremos en una fase de multipartidismo, por el hundimiento conjunto de PP y PSOE? ¿O será eso aún peor porque lo que llegaremos es a un estado caótico de ingobernabilidad y tensiones nacionalistas difíciles de gestionar? ¿Fue el tripartito catalán un ominoso aviso de lo que podría llegar a ocurrir a nivel nacional en un futuro? No sé lo suficiente de política como para predecirlo. Lo que sí sé es que no veo ningún motivo por el que se metería en la lucha política un profesional honesto, servicial y sin miedo a tomar las medidas que verdaderamente necesitamos afrontar. Y eso no sólo me entristece. Directamente me asusta.

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