La cultura del éxito frente a la de los principios

Ayer comentaba en Twitter que me había impresionado la lectura de la carta escrita por exnadadoras de la selección nacional de natación sincronizada en contra de la inesperadamente destituida Anna Tarrés, donde relatan los abusos y vejaciones sufridos durante años por una persona que vista desde fuera es todo un modelo de triunfo por sus impresionantes resultados.

Aquí es donde entra en juego lo que más me gusta de las redes sociales, y es que tuve varios comentarios por colegas tuiteros, con un par de ellos particularmente pertinentes de @manolomillon: «Vamos a hacer la pregunta malvada del dia: ¿Cuántos jefes en el fondo no son como Ana Tarres? ¿Por qué ser un cabrón se ha convertido en un requisito para ser jefe? Lo peor es que la respuesta es: “Porque funciona”»

Este tema conecta con mi post de anteayer sobre el ejercicio despótico de la autoridad de un jefe frente a un subordinado delante del cliente, pero con el que más le veo en común es con una entrada del blog de hace casi un año, donde me preguntaba si era rentable el comportamiento ético. Porque aquí la cuestión es: ¿tiene sentido esta cultura que prima el resultado independientemente de cómo se llegue a él? En último término: ¿el fin justifica los medios?

Aquí empezaría diciendo lo mismo que cuando hablaba de la ética: lo que uno espera leer en cualquier blog, libro o discusión sobre el tema es que por supuesto que el fin no justifica los medios y lo que debe hacerse es compatibilizar el resultado con unas formas y un respeto de unos valores mínimos.

Pero la triste realidad nos demuestra que lo que está instalado en nuestra realidad es la cultura del éxito. Por mucho que se dé bombo y platillo a la RSC (Resposabilidad Social Corporativa), la conciliación laboral, etc., al final por lo que se nos está juzgando en nuestro desempeño laboral es fundamentalmente por nuestros resultados. Cualquiera de vosotros que tengáis experiencia laboral conoceréis muchos casos de jefes sin aparentes escrúpulos, que exprimen sin piedad a su equipo, y que pasan por encima de todo por conseguir sus metas personales. Visto desde fuera resulta aberrante, porque en el camino alienan a todos sus subordinados, salvo los dos o tres “pelotas” que pululan a modo de satélite a modo de guarda pretoriana; queman a proveedores o colaboradores; generan dinámicas negativas con otros departamentos… Es un modelo individualista que en último término no crea valor para la empresa, sino que muy al contrario, desencadena dinámicas destructivas. Pero es lo que hay.

Ahora bien, me cuesta creer que lo que ocurra es que todas estas empresas están llenas de incompetentes que no saben gestionar sus recursos. La impresión que tengo es que esta cultura del éxito es el resultado del cortoplacismo imperante, y que esta es una cuestión sistémica de la economía occidental de nuestros tiempos. Especialmente en compañías cotizadas, se vive con la presión permanente de la próxima publicación de resultados, el ratio de crecimiento de ventas y beneficios, índices de eficiencia económica… Un conjunto de números y porcentajes que se monitorizan año a año, trimestre a trimestre, mes a mes… Los máximos gestores de la empresa saben que su puesto de su trabajo y su remuneración dependen de esos resultados inmediatos, y es natural que tengan un sesgo excesivo hacia el corto plazo.

Tres cuartas partes de lo mismo ocurre al nivel de la gestión de los recursos públicos por parte de los políticos: como son conscientes de que tienen que renovar sus cargos legislatura a legislatura, es muy difícil encontrar a alguien tan honesto, sacrificado y amplio de miras como para no caer en la tentación de preocuparse sólo de tener a la gente contenta de cara a las próximas elecciones.

¿Cabe otro mundo diferente? Me lo pregunto a menudo. Existe una gran empresa con la que llevo trabajando muchos años, desde que me incorporé a la empresa, y he vivido el cambio brutal que han dado desde que eran una empresa potente pero no cotizada en los mercados bursátiles al momento actual, en el que son un prestigioso integrante del IBEX35. Recuerdo que ya en los momentos anteriores a la salida a Bolsa, entraron en una fase acelerada de crecimiento expansivo, ampliando cartera de pedidos, personal, instalaciones… El éxito ha sido incontestable. Aunque al nivel de la relación con un modesto proveedor como soy yo, hay más frialdad, más opacidad; uno se siente una parte de “usar y tirar” de todo un engranaje en el que lo único que importa es el número concreto de cada proyecto en particular. Falta un sentimiento de pertenencia y un “plan maestro” en base a una visión global e integradora. Es menos humano todo… Pero es lo que demanda el mundo en el que vivimos. Y si no, pregunta a cualquier analista, que pondrá a esta empresa como modelo de gestión económica.

¿Es entonces viable una cultura de principios? Quizá es un poco ingenuo pensar que el mundo presente tolere tamaña osadía, pero creo que sí es posible y, más importante aún, sostenible, pues una organización que se fundamenta en valores y principios tiene unos cimientos fuertes y tiene una construcción sana y sólida, y si bien no conseguirá alcanzar los pedestales en los que esta sociedad está dispuesto a colocar a algunos, tampoco caerá devorado por las llamas del desprecio o el fracaso con la misma facilidad con la que uno ha ascendido, como tantas veces sucede también. Tendrás un equipo más motivado; te ganarás un prestigio que te dará soporte en tiempos difíciles; no caerás en vorágines de crecimiento y por ese motivo tampoco decaerás rápidamente en la época de crisis.

Pero por otra parte, y quizás es lo más importante, como decía en aquel post sobre la rentabilidad de la ética, no creo que deba plantearse esta cuestión desde un punto de vista de si compensa económicamente o no. Lo veo como un imperativo moral ante todo, el resultado de convicciones profundas.

Al final el mensaje es el que he repetido varias veces en este blog, hablando de los conceptos de felicidad y de optimismo: quien se concentra en la búsqueda del éxito por el éxito y las remuneraciones puramente económicas entra en una espiral sin fin de insatisfacción. Si uno tiene unos firmes valores, compite contra sí mismo más que enfocarse en batir a los demás, colabora y aporta valor añadido en vez de arrebatar a otros, y sabe disfrutar de las cosas pequeñas y crear un buen clima donde se trabaja a gusto, alcanza esos objetivos superiores que le van a llenar como ser humano. Y eso, todo eso, es propio de una cultura de principios, que precisamente lleva al verdadero éxito.

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10 comentarios

  1. Jorge Gomez · · Responder

    Gracias por el post. Me ha llamado la atención esta frase en particular: “Falta un sentimiento de pertenencia y un “plan maestro” en base a una visión global e integradora. Es menos humano todo…” Básicamente lo que esta frase dice es: que deshumanizado es el capitalismo… y obviamente no he podido sino acordarme de otros modos de ordenar el mercado donde hay un plan maestro con una visión global e integradora… que por cierto socialmente no han demostrado ser MUCHO mejores que el capitalismo, al menos no en la práctica…

    1. Ummm… Tienes un punto ahí. Realmente me refería a una empresa pequeña como la mía donde hay unos objetivos que no son simplemente maximizar las cifras concretas de beneficio del proyecto, sino conceptos como “dejar contento al cliente”, “hacer un trabajo del que poder sentirnos orgullosos”, “sembrar para poder cosechar posteriormente”, etc.

  2. Nacho · · Responder

    En empresas pequeñas como las nuestras el trato humano y cercano es fundamental. Soportar vejaciones y humillaciones, como al parecer sufrieron las nadadoras, y aguantarlas para llegar al exito no me parece bien. Debieron haber denunciado estos hechos antes, pero ellas tambien antepusieron su carrera a su dignidad. Lo empleados en situaciones parecidas deberian hacer lo mismo, denunciar, pero es mas complicado puesto que es el pan de tus hijos y no un exito personal.

    1. Tienes toda la razón, Nacho. Los empleados en una empresa a día de hoy, con la precariedad laboral que hay, tienen miedo de levantar la voz. E incluso yo con mis clientes trago carros y carretas si hace falta porque habiendo poco trabajo no es como para morder la mano que te da de comer. Pero hay que saber marcar un límite. Este tema lo quiero tratar expresamente en un post que tengo en mente desde hace un par de semanas, y a ver si me animo ya para la próxima.

  3. Me ha encantado, Daniel, porque das una visión humana y más allá de la economía. Ya era hora, leñe!

    Me viene a la mente el tema de la “economía de la felicidad”, o “economía del bien común”, que supongo que conoces. Al final se resume en que hemos simplificado todo hasta un punto en que nos regimos por una serie de indicadores que miden la dimensión económica de la vida, y nos olvidamos de todas las demás dimensiones. Y ya sabes, tú que estarás familiarizado con la gestión cuantitativa: aquello que midas acabará siendo *lo único* que se mejore.

    En los países se mide el PIB, el IPC, el apalancamiento… ¿se mide de alguna forma el índice de felicidad de los habitantes? ¿la tasa de suicidio? ¿el índice de pobreza? ¿esperanza de vida? bueno, sí, algunos de estos también se miden, pero son indicadores “auxiliares”, de esos que se sacan cuando cuando sobra tiempo, cuando los indicadores “importantes” están controlados.

    Y en las empresas es mucho más evidente: se mide el dinero, desde todas las perspectivas, pero no se mide nada más. Y cuando se mide (rotación de plantilla, satisfacción del cliente/empleado), es porque tiene un impacto más o menos directo en la dimensión económica. Así que, lógicamente, lo único que se fomenta es la mejora en el aspecto económico, incluso en detrimento de otros aspectos (el humano, el ecológico, el largo plazo…). Eso nos está llevando a una constante huída hacia adelante, en forma de cierres trimestrales (como tú dices), y, si me permites la expresión, “violación” de valores y principios básicos de convivencia. Da igual si has pisado a tu equipo y/o compañeros, que si tienes tus indicadores en verde, tendrás tu palmadita (y su correspondiente plus). Y, como en el cuento de los monos, la siguiente generación de trabajadores aprenderá (está aprendiendo) que el ambiente laboral, y extrapolando: la vida en genral, es un campo de batalla, donde no hay reglas más allá de la de cumplir los objetivos. Todo vale.

    Y es que en el caso de la empresa, no creo que el debate sea si el fin justifica los medios, sino que el fin último está secuestrado: ahora el fin es ganar dinero, nada más, y todo lo demás, accesorio (a veces incluso al servicio del fin último).

    ¿Dónde está el objetivo de las empresas como instrumento autosostenible para el bien común, ofreciendo bienes y servicios útiles para la sociedad? Quedó muy atrás, sospecho, desde que el pensamiento capitalista nos instauró la idea del obligado crecimiento infinito.

    En fin, me he desviado del tema, pero enlazo con otra idea que te lanzo para otro de tus posts: el emprendimiento social ¿se puede crear una empresa, sostenible, cuyo fin último no sea el lucro económico, sino el impacto positivo en la sociedad? ¿debemos orientarnos en esa dirección, e ir abandonando nuestra miopía que sólo nos permite la dimensión económica de la vida? ¿se crearía así un mundo sostenible a la vez que amigable para el ser humano?

    Cuando escribas tu post, daré mi opinión, mientras tanto, un placer leerte (;

  4. Por una vez, sin que sirva de precedente, voy a centrarme en el tema deportivo en vez de centrarme en el aspecto de gestión.

    La cuestión es interesante desde el punto de vista humano: ¿hasta dónde puede llegar para conseguir objetivos (en este caso, en el deporte)? ¿están las marcas y los mejores tiempos por encima de las personas? Seguro que el 99% decimos que no.

    Lo que tengo claro es que el deporte de alta competición está reñido con la salud del deportista.
    El deportista de élite sabe que para triunfar debe ir al límite. Podríamos llevarlo al ámbito exclusivamente económico para el deportista, pero es necesario ir más allá. Son idolos modernos, para todos nosotros. Y con nuestro interés suscitamos esas reacciones de competitividad extrema y esa forma de actuar.

    No me gustan la actitud ni las formas de Tarrés, pero ¿la responsabilidad es exclusiva de ella como entrenadora? Todo en el deporte profesional (y lo mismo en esas empresas de las que hablas) está sesgado por una motivación: la de ganar a cualquier precio. Nos guste o no, el deporte (y la empresa) están montados de esta manera.

    Convendría que revisaramos nuestras propias expectativas sobre el deporte y los deportistas. La superación de los límites del ser humano va unida al espectáculo que ofrece y a nuestro entretenimiento. Todo “demasiado” orientado a resultados. No basta con participar, hay que ganar. No basta con ganar, hay que conseguir el mejor tiempo o superar el récord. Vestimos las victorias de excelencia, cuando en realidad hablamos de éxito o fracaso, de ser recordado por unos segundos u olvidado para siempre. El segundo es el primero de los perdedores.

    1. Tristemente tienes toda la razón, Alfonso.
      Me temo que en este caso el deporte es fiel reflejo del esquema de prioridades que existe en la sociedad actual: sólo se recuerda el éxito alcanzado.
      Así que lo único que cabe plantearse es: ¿y ese éxito es capaz de satisfacer verdaderamente al que lo consigue, por sí mismo? Quiero pensar que no. Que es muy importante el cómo se alcanza, y que una persona que no llega a la cima pero que ha luchado dignamente tendrá suficiente satisfacción interna como para estar orgulloso de lo que ha conseguido.
      Es una lucha contracorriente pero vale la pena.

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