La magia perdida del coleccionismo analógico

Como sabéis, soy un gran fan de la tecnología y las enormes posibilidades que nos ha abierto en todos los sentidos. En particular, en todo lo que es cultura, a día de hoy cualquier persona con una conexión a internet en su ordenador o en su teléfono móvil tiene acceso a un catálogo infinito de canciones, vídeos, películas, libros electrónicos… La difusión es cada vez más amplia e inmediata y uno puede llegar a descubrir nuevos estilos, artistas y creadores que en tiempos pasados era harto improbable que jamás llegase a conocer.

Ahora bien, si recordáis mi post del fin de semana pasado recordando el álbum Wish de The Cure, comenzaba recordando la emoción con la que viví la compra del disco físico en la tienda. Me decía mi amigo Martín Viera, hermano de aficiones musicales en el colegio, que le había emocionado esa mención, porque le despertaba similares memorias a él mismo. Y es que efectivamente tengo muchos recuerdos entrañables de mis años adolescentes y más juveniles que están asociados a esos momentos mágicos en los que iba a tiendas a ver si encontraba un disco, un libro o un cómic concreto. Puedo recordar ahora mismo con enorme detalle la ilusión con la que mi padre me llevó al Corte Inglés de Castellana una gris tarde de otoño de 1988 para comprar el LP (¡en vinilo!) del Introspective de Pet Shop Boys, expuesto bajo un enorme cartel colgado con la colorida portada del disco. Ir emocionado a casa a escucharlo en el tocadiscos y disfrutar días y meses con él. O un par de semanas en las que iría tres o cuatro veces al Crisol de Juan Bravo (¿recordáis?) para ver si de una vez salía el 101 de Depeche Mode, que se hizo de rogar por estos lares. También el par de meses de julio de 1990 y 1991 que me mandaron a estudiar inglés a Gloucestershire, donde aproveché a visitar todas las tiendas de discos que encontraba para buscar maxi singles o directos piratas de mis grupos favoritos de la época (los ya mencionados PSB y DM, The Cure, New Order…). ¡Ay lo que me costó encontrar el CD single de Getting Away with It de Electronic y qué alegría al localizarlo finalmente en un viaje a Londres!

Incluso más emocionante era mi afición a los cómics, porque aparte de la tensión de esperar semana a semana o mes a mes, según el caso, a que saliera el siguiente número de mis colecciones favoritas, estaba el “problema” de que el quiosco al lado de casa sólo traía un par de ejemplares de cada serie y como te descuidaras te quedabas sin ellos. Recuerdo tener que recorrer medio Madrid para conseguir el dichoso Secret Wars nº8 con la portada del traje negro de Spiderman (se agotó de un día para otro el maldito), o el agobio que me entraba pensando que me perdiera alguno de los números semanales de Spiderman que me compraba no por el personaje de Peter Parker sino porque las últimas páginas del tebeo editado por Cómics Forum incluían medios números de la saga Born Again de Frank Miller y David Mazzuchelli.

Todas estas batallitas, aparte de que sé que le traerán buenos recuerdos a más de uno de mi “quinta”, os las traigo a colación para destacar que si bien la amplitud de oferta, la inmediata disponibilidad y la universalidad de acceso a la cultura que nos traen las tecnologías son grandes bienes, hay un reverso negativo: se ha perdido esa magia, esa ilusión de disfrutar de lo analógico, de saborear el placer de buscar y hallar algo que deseas. Cualquiera que haya tenido alguna fase coleccionista en su vida entenderá perfectamente lo que estoy contando: tanto o más que el propio objeto que se colecciona, se disfruta del hecho mismo casi detectivesco de investigar, salir al acecho, encontrar y guardar. Tener algo que te ha costado conseguir, y que te ha implicado un sacrificio ya que tus recursos son escasos y te obligan a ser muy selectivo, te hace asignarle un valor mucho mayor que si el esfuerzo necesario para obtenerlo es escaso o nulo y no tienes que renunciar a ninguna otra cosa, como ocurre hoy en día con todos esos productos culturales que la gente se descarga sin más en las redes P2P. ¿Recordáis mi post “valorando el trabajo de los demás“? ¿Sentís alguna emoción especial al descargar discografías completas de artistas incluyendo singles, caras B y rarezas, todo al mero alcance de un click?

Y de la contraposición de estos placeres con la realidad actual uno puede extraer una moraleja. Hoy vivimos tiempos de la satisfacción inmediata de las necesidades. Tenemos a nuestro alcance una gama casi infinita de productos. Vivimos en la abundancia. No valoramos a menudo las cosas que tenemos porque no conocemos la desilusión de no poder encontrarlas o la frustración de ver que están fuera de nuestro alcance. Son tiempos de crisis pero aun así vivimos con mucho más que lo que tenían nuestros padres y nuestros abuelos en la posguerra. Desgraciadamente vamos camino de tiempos casi tan duros como esos, como esto siga deteriorándose -que francamente me temo que es lo que continuará sucediendo a corto plazo-, pero estamos magnificando nuestra desesperación porque empieza a ser la primera vez en que muchos se encuentran ante la imposibilidad de tenerlo todo lo que quieren y además ya mismo.

Así que recordar esos pequeños grandes placeres de mi coleccionismo analógico juvenil me ayuda a sentirme agradecido por todo lo que tengo hoy y valorar muchas cosas que para otros simplemente se dan por supuestas.

Y oye, me sigue haciendo una ilusión enorme ver mis cajas de cómics y mis cajones de viejos CD 😀

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4 comentarios

  1. Es cierto que ahora lo extraño es no encontrar algo. Guardo perfecto recuerdo de todo lo que más me ha costado conseguir (y del “Introspective” de PSB por los Reyes Magos, escuchándolo mientras jugaba al Test Drive en el Spectrum, buenos tiempos…), pero también tengo que decirte que encontrar una discografía mp3 perfectamente organizada (aprox. un 10% de los casos) en una sola descarga me produce una emoción parecida. Dejar un PC camuflado descargando durante un par de clases en la Universidad para luego encontrarte toda la obra de Dire Straits, U2 o Silvio Rodríguez, no tenía precio (literalmente, jajaja)

    ¡¡Qué grande Crisol de Juan Bravo!! Cerca de mi casa, en López de Hoyos, resistió uno de los últimos hasta hace unos 3/4 años, ahora es una papelería Carlin. En fin.

    1. Madre mía el Test Drive… ¡Qué bueno! Y recuerdo ese Crisol también. Una lástima. No deja de sorprenderme que todavía quede sección de música en los Corte Inglés, si se deben vender dos CD sueltos al día como mucho 😦

  2. Me ha encantado tu post, Dani. Es más, soy un ñajo, pero al Crisol de Juan Bravo iba yo también. Recuerdo ganar un premio del colegio que consistía en vales para cambiar ahí. Y he de decirte que tengo una colección de discos bastante considerable, quizá porque nací en la transición entre lo analógico y lo tecnológico. Recuerdo ir a Madrid Rock en la gran vía a buscar el último de Dream Theater de entonces, y escucharlo en mi walkman (que petaba con el mínimo movimiento). En definitiva, te comprendo perfectamente. Se ha perdido el coleccionismo. Yo seguiría comprando discos por el mero fetichismo, pero lo veo tan poco funcional, y tengo tan poco dinero, que paso de hacerlo. Así que lo único que me queda es guardar las entradas de los conciertos y pegarlas en el corcho del cuarto xD

  3. […] joven. El acceso a la cultura es hoy más fácil que nunca. Aunque a veces echo de menos esa magia del coleccionismo analógico, es una maravilla pensar que cualquiera puede en la actualidad encontrar la música, literatura, […]

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