La perversión de las calificaciones escolares

Hace tiempo que no retomo el tema de la educación, del que ya hablé cuando reflexionaba sobre los deberes y sobre el carácter profesional del profesorado, o cuando repasaba esa gran película que es Monsieur Lazhar y el fabuloso libro de Sir Ken Robinson sobre “El Elemento”. Hoy vuelvo a estos temas que como padre me interesan mucho a raíz de una anécdota privada que me ha llevado a reflexionar sobre la equivocada utilización que se hace en muchas ocasiones de las calificaciones escolares por parte de los centros educativos y los propios padres, en línea con esta viñeta que ha estado circulando durante un tiempo por las redes:

Tristemente, hoy en día existe una gran presión sobre los profesores a la hora de calificar a sus alumnos, porque saben que una mala nota puede generarles todo tipo de problemas: desde alumnos y padres que acosan o agreden a sus profesores, hasta los propios centros que presionan a su personal docente para que sean más benevolentes en general o con ciertos alumnos, para tener contentos a sus padres.

Caben valoraciones desde diferentes niveles. Para los profesionales de la enseñanza es una dinámica muy desmotivadora, ya que socava su autoridad, ven condicionado y limitado su desempeño, y le hace sentir “prostituidos” en su trabajo, al censurarse su criterio y en último término su libertad profesional.

Desde el punto de vista del centro demuestra una cierta corrupción de sus principios, ya que se pone lo que debería ser el principio rector, la optimización de la calidad de educación, al servicio de intereses que en último término podemos sospechar claramente que son de índole económico o como mínimo, siendo benevolentes, afectivos.

Pero me preocupa más la problemática de los propios niños y de los padres. A los alumnos se les está haciendo un flaco favor, porque al recibir calificaciones edulcoradas, se les está negando la oportunidad de recibir un feedback realista que es verdaderamente necesario. Además evidencia un entorno en el que se les sobreprotege y se les da todo. Y como decía un acertado artículo que ha estado circulando estos días por Twitter (siento no haber conseguido encontrarlo, así que si alguno caéis en la cuenta y lo localizáis os agradeceré que me lo reenviéis), dárselo todo a una persona es la mejor manera para anularla, con lo que es muy pernicioso de cara a su futuro.

¿Y qué dice esto de los padres? Me temo que en general y a menudo no sabemos asimilar bien las notas de nuestros hijos. Nos alegramos mucho cuando son muy buenas y nos disgustamos cuando son malas. Incluso se reciben con cierta insatisfacción cuando son simplemente normales. Y esto refleja un grave error con varias facetas:

  • primero, porque no estamos valorando el hecho de que las notas a menudo se basan en ciertos aspectos medibles del progreso de los niños pero ignoran facetas mucho más cualitativas y abstractas pero que son tanto o más importantes: la creatividad, el pensar diferente, la cualidad artística… En esto insistía mucho Ken Robinson en “El Elemento”.
  • segundo, porque olvidamos que cada niño tiene una maduración diferente, unos puntos fuertes y flacos distintos, y las notas tienden a pecar de uniformidad y linealidad. Hay por supuesto muchos profesores muy inteligentes que modulan las calificaciones con estas consideraciones, pero están sujetos al corsé de unos programas y unos criterios de evaluación a los que también se tienen que ceñir.
  • tercero, porque se le asigna demasiada importancia a las notas, como si fueran el objetivo, el fin, y no sólo un instrumento, un medio, para valorar si el progreso del niño es coherente con su edad y entorno y si es preciso un refuerzo adicional.
  • cuarto y relacionado con lo anterior, porque se vive el colegio como una competición y las notas como la marca obtenida, y en este mundo ultra-competitivo y donde prima la cultura del éxito frente a la de los principios, estamos metiendo a los niños una presión que es sin duda contraproducente de cara a que puedan desarrollar su máximo potencial de una manera sana (al fin y al cabo, ¡son niños!)
  • quinto y quizá lo más lamentable, y en parte es lo que hay detrás de esta anécdota concreta, se vive una mala calificación escolar como una humillación y un descrédito social. Las notas de los hijos como símbolo de estatus social. No se me ocurre mayor perversión de las calificaciones que el que los padres pretendan proyectar en ellos su posicionamiento en la pirámide social y que el propio colegio asuma un papel en ese lamentable juego.

Yo ante el debate “notas sí / notas no” lo tengo claro: las calificaciones son necesarias porque tienen un valor para los padres (para conocer la evolución de los hijos y los puntos donde es preciso hacer hincapié), para los hijos (como elemento de motivación y también de una cierta presión necesaria) y para el colegio (para poder segmentar en diferentes niveles de avance que permita optimizar el rendimiento de grupos, y para hacer autoevaluación y autocrítica). Pero sabiendo considerarlas en su justa medida y en positivo.

Suelo poner como ejemplo el que uno de mis mejores profesores del colegio, el Sr. Marcos, tuvo un impacto fenomenal en mi vida académica por algo tan paradójico como que me suspendió un examen de forma injusta. Y cuando estaba yo con el disgusto de ver el suspenso, me dijo algo que tendría una gran resonancia en mi actitud a posteriori: “te suspenso porque tú puedes dar mucho más de ti mismo y es tu obligación esforzarte más”. ¿Qué hubiera pasado si no se hubiera atrevido a darme ese “cate” para evitar problemas o disgustos? Pues que yo seguramente nunca habría alcanzado mi pleno potencial y habría seguido dedicándome a alcanzar los niveles exigidos con la ley del mínimo esfuerzo.

 

Nos quejamos mucho de que la juventud padece de desidia, son “blanditos” y no son capaces de hacer verdaderos sacrificios. Lo cierto es que tengo la impresión, no sé si vosotros también, de que esa misma cantinela la oía yo de mi generación cuando éramos universitarios, y la decían nuestros abuelos de nuestros padres, etc. Será en realidad un sesgo de juicio que se produce con la edad. Pero ciertamente al primero al que hay que culpar de esto no es al joven sino a su progenitor, que no ha sabido educarle en ciertos valores.

Y algo mal estaremos haciendo también los padres de cara a los colegios si tienen miedo a darnos malas noticias. Como diría mi apreciado Pablo Rodríguez Suanzes, “luego dirán que la crisis es [sólo] económica”.

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9 comentarios

  1. María Jover · · Responder

    Primer impulso: flaco favor se le está haciendo al niño y a su familia si ni siquiera se le permite a los padres conocer las carencias del niño. No podrán ayudarle a trabajar más ese ámbito cuando tengan oportunidad de hacerlo, pues ignorarán que el niño lo necesita.
    Flaco favor se hace el Colegio a sí mismo bajando l calidad del trabajo de sus profesores. Si a la larga sus alumnos no aprenden, no tienen éxito, ¿qué padres estarán interesados en ese colegio?
    Por lo que se refiere a los profesores, ciertamente es el camino hacia la desmotivación: el objetivo no es que los niños aprendan, sino que sus padres paguen.

    Estupenda reflexión, Daniel. Gracias.

  2. María José G. Guirado · · Responder

    Bienvenido a la realidad, Daniel. Eso es cotidiano en la enseñanza privada española, salvo honrosas excepciones, claro, que también hay algunas. Pocas, la verdad.

    Y lo que dice María tan sensatamente , por desgracia no se cumple: las carencias no importan ni a padres ni a hijos, porque luego enlazarán con universidades privadas, y al final entrarán enchufados en empresas de conocidos, donde tampoco importarán los méritos, sino los contactos. Ni os imagináis cuántos padres se limitan a ‘comprar’ las notas de sus hijos y eligen los colegios no por lo que enseñan, sino por otras razones absolutamente perversas, en el sentido literal de la palabra… Te hago la lista de colegios y universidades que funcionan así, si quieres.

    Es la regla número uno de la privada: no son alumnos, son clientes. Así nos va.
    ¡Un beso a cada uno!

  3. gwencbecker · · Responder

    As a teacher, this really resonates!!

    Gwen

  4. Ana Jover · · Responder

    Daniel este es uno de los temas que mas polémicos para mi. Me pregunto quien juzga al juez. ¿Porqué la calificación o descalificación que hace una persona de otra puede determinar el valor de esa persona? ¿Quién pone los límites ? ¿Cuáles son los criterios de evaluación?.
    Si pensáramos en minuto sobre lo que significa una calificación determinada quizá no nos agobiara tanto. Si tu hijo tiene una nota baja en lectura es un desastre y un torpe??, o, simplemente, se sabe solo dos vocales frente al resto de la clase que ya domina cuatro. Si tu supieras que lo que ocurre es que tu hijo no se sabe la U porque no le gustan las uvas y la O porque le dan miedo los osos, quizá pudieras ayudarle con un unicornio y una oca ;).
    En ocasiones nos falta información, sacamos conclusiones sin investigar un poquito mas. Cada niño tiene su tiempo de maduración y su ritmo de aprendizaje… seamos un poco más flexibles

    1. Ana, ojalá fuese como dices, pero estás apuntando muy alto. Antes de llegar a ese punto hay que resolver otros problemas mucho más básicos (masificación de las aulas, desautorización de los educadores, descrédito de la profesión del educador…)
      Y cuando llegásemos, el colectivo educativo necesitaría reinventarse casi al completo para funcionar bajo esas pautas de flexibilidad. Nos han encajonado en niveles académicos, temarios, programas educativos, y se ha perdido toda la flexibilidad y frescura que requiere la mente virgen de los niños.
      Yo, la verdad, es que el tema del home-schooling cada vez lo veo mejor opción, siempre que los padres tengan la cabeza bien amueblada, y combinándolo con otro tipo de actividades para fomentar la socialización del niño.

    2. Gracias, Ana. ¡Me gusta mucho tu enfoque positivo!

  5. Completamente de acuerdo, pero yo creo que esto de la educación, no es más que otro indicador del problema que tenemos como sociedad: es la fiebre que nos indica que algo gordo pasa por ahí abajo.
    Mi mujer es presidenta del AMPA, y esa viñeta que has puesto es completa y tristemente real: los padres hemos perdido el norte desautorizamos a los educadores y sobreprotegiendo a los niños. Y los colegios han entrado al trapo, como el caso que expones. El castañazo que se va a pegar esta generación, cuando llegue a la etapa adulta, va a ser de escándalo.
    Y el tema de las notas en sí, pues yo creo que va en línea con la tendencia general: preocúpate más de “parecer” que de “ser”. Hijo: tú saca buenas notas, que así parecerás brillante. Si además de parecerlo, consigues serlo, bien, pero sí sólo puedes con una, que sea la primera.

    Y todo esto encima enfocado sólo a la dimensión académica, que se percibe como el pasaporte a un estatus económico y social elevado (y ya ni siquiera es cierto).
    O sea: que realmente no queremos que nuestros hijos saquen buenas notas como camino hacia su realización personal y felicidad (buenas notas -> buena educación -> cultura -> felicidad), sino como camino al estatus (buenas notas -> buen trabajo -> dinero/estatus -> ¿felicidad?)

    En definitiva, que veo que como sociedad tenemos tergiversadas todas las prioridades, y eso se refleja en la educación que se transmite hacia nuestros hijos.

    Andaré muy pesimista últimamente, pero es que como tú dices, la crisis la veo multidimensional, y nos estamos centrando en el lado económico, incluso agravando el resto de los aspectos.

    1. Estoy contigo, JM, en todo lo que dices. Así es.
      Por lo menos lo primero es tomar conciencia del problema y al menos procurar nosotros inculcar los valores correctos a nuestros hijos. Aunque obligue a luchar contra el entorno.

  6. Ana Jover · · Responder

    JM (@jmnavarro)… ¿que apunto muy alto?. Poco a poco podemos conseguir grandes cambios. Solo tenemos que tener fe, constancia y hacer las cosas de otra forma. Creo que estamos en un cambio de ciclo y la sociedad ya está demandando cambios en todos los ámbitos. Todo llegará. ¿Porque prescindir absolutamente del colegio? Podemos utilizar la herramienta que ya tenemos. ¿Qué ocurriría si no existieran los colegios?. ¿Qué harías? ¿Por donde empezarías?. Si aprovechamos lo que ya tenemos y seguimos avanzando, mejoraremos.
    Te invito a que leas algunas reflexiones sobre fracaso escolar que escribí en junio: http://tetomasuncafeycharlamos.blogspot.com.es/2012/06/fracaso-escolar.html
    Nosotros , los padres, tenemos que estar presentes en la educación de nuestros hijos. Cada uno a su manera. No es cuestión de tiempo, solo de pequeños momentos bien aprovechados. Te animo a que lo hagas. Te aseguro que te vas a divertir mucho 🙂

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