Un apunte (¿ingenuo?) sobre el separatismo

Comentaba hace unos días que últimamente no me apetece hablar de política porque todo lo que sucede en las semanas recientes me entristece enormemente. No sigo mucho las noticias sobre la cuestión de este movimiento secesionista que parece estar promoviendo Artur Mas porque hasta ahora me ha venido pareciendo más que nada una estrategia electoral en la búsqueda de aumentar votos y cotas de poder en la Generalitat. Pero comentarios de amigos que pulsan el terreno catalán a pie de calle me indican que la cosa es más seria y empieza a calar un mensaje separatista. Así que voy a hacer un esfuerzo por superar la pereza y al menos dejar constancia en mi blog de mi actitud sobre este tema, aunque sólo sea para poder releerlo dentro de unos meses o años y ojalá que reírme de aquellos días en los que se había recalentado una olla que finalmente no explotó.

Mi padre, a quien como sabéis me unía una relación muy especial, era burgalés. Le gustaba decírselo a todo el que le conocía, porque estaba muy orgulloso de su tierra natal. Siempre que viajaba con él, me fascinaba el hecho de que siempre conocía a algún otro burgalés y ese era el punto de partida de todas sus conversaciones con sus paisanos. Y siempre le echaban una mano sus colegas burgaleses. Yo, siendo madrileño, me sentí siempre un poco “huérfano de patria” en ese sentido. No vas a alguien diciéndole “hey, hola, soy madrileño, ¿tú también? ¡Un abrazo!”. Pero mi padre sí. Burgos por delante.

Tengo familiares y amigos asturianos. Y aprecio en ellos un amor a su “Asturias, patria querida” muy reminiscente del que profesaba mi padre por su Burgos. En mi vida profesional compito en un cierto ámbito de trabajos con una empresa asturiana, y para trabajos en el Principado lo tengo prácticamente perdido de antemano. Lo vivo sin embargo con cierta naturalidad porque hay ahí un vínculo de partida que es difícil de romper.

Ayer estuve cenando con unos sevillanos. Están verdaderamente orgullosos de su ciudad, de su Feria, de su acento, de sus equipos de fútbol (uno sevillista y otro bético). Estoy seguro de que no cambiarían su Sevilla por nada del mundo.

Algo en común con todos ellos: ese amor no es que sea un sumando en una fórmula de suma cero, donde para compensar ese aprecio por la tierra de origen hay que despreciar o rechazar a otro territorio. No por sentirse burgalés, o asturiano, o hispalense, hay que convertirse en enemigo de un madrileño, o un vizcaíno, o un barcelonés.

Soy un gran afortunado y mis circunstancias profesionales y también familiares me permiten viajar muy a menudo. Escribo estas líneas en la ciudad de Abu Dhabi, en los Emiratos Árabes Unidos. Dentro de una semana, estaré en México. En mes y medio, estaré si Dios quiere en California. Y dentro del territorio nacional español, he visitado todas las provincias (aunque me sigue faltando conocer la ciudad de Pamplona, la verdad).

Viajar tanto, unido al hecho de que soy una persona abierta y me gusta conversar con la gente del lugar que visito, me ha expuesto a diferentes culturas y formas de ser y me ha abierto extraordinariamente la mente. Con un poquito empático que procures ser, aprecias rápidamente las bondades de estas personas de orígenes diferentes. Cada región tiene sus matices, sus particularidades y sus costumbres. Unos son más reservados y otros son más abiertos. En unos sitios son más celosos de sus costumbres y en otros son más cosmopolitas. Pero al final, somos todos personas civilizadas, y si acudes a la gente con humildad, respeto y una sonrisa, es difícil que te traten mal.

Así que me entristece enormemente que adquieran tanta relevancia estos movimientos promovidos por gente que manipula a los demás para ganar cotas de poder propio a base de restar, de dividir, de separar, de promover el rechazo, el desprecio, el odio. Desgraciadamente, hay tantas personas que lo están pasando mal, que es fácil conseguir su adhesión a base de buscar un chivo expiatorio al que echar todas las culpas. La bilis es altamente corrosiva, pero exalta fácilmente los ánimos. La destrucción es más ruidosa, espectacular y rápida que la construcción, que es más esforzada y lenta en producir resultados visibles. Desgraciadamente, la prudencia y la moderación venden menos y no arrastran masas. No es tan visible ni se hace tan patente en las calles aunque quiero pensar que sigue siendo una mayoría silenciosa de la población.

No puedo terminar de comprender que en unas circunstancias en las que estamos mal y necesitamos la ayuda del exterior, o como  mínimo que otros compren nuestros productos y nos presten su dinero para salir adelante, en unos tiempos en los que Europa parece ser nuestra última tabla de salvación, al mismo tiempo nos dedicamos a guerras cainitas con nuestros hermanos. Me peleo con mi vecino inmediato pero eso sí, no quiero dejar de formar parte de mi comunidad supranacional.

Supongo que queda muy naïve, pero yo me siento mucho más “ciudadano del mundo”. Charlaba anteayer camino de una obra en medio del desierto con un taxista emiratí en idioma inglés, que no es la lengua materna para ninguno de los dos, y repitió varias veces una idea: “las personas de bien debemos ayudarnos los unos a los otros”. Y al margen de las patrias de origen, independientemente de las religiones, los idiomas y las culturas, es un mensaje universal y con el que me quedo. No perdamos el tiempo en buscarnos las diferencias y en potenciar el egoísmo. Ni nacionalismo catalán, ni vasco, ni español. Sumar, no restar. Dos más dos puede sumar cinco, y a la vez cinco menos dos puede resultar dos.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: