Mitos crueles, “sacrificios” con comillas y el verdadero significado del éxito

De los muchos rincones con encanto que tiene Madrid, uno de mis favoritos es el tablero-escaparate de los Cines Golem (aunque para mí siempre serán los Alphaville), donde exponen los carteles de las películas que están proyectando junto con sus fichas técnicas y extractos de reseñas y entrevistas de revistas de cine. También hay una zona, en el pasadizo que comunica con la Plaza de los Cubos, ese pasillo con suelo siempre pegajoso de restos de cervezas y todo tipo de fluidos corporales, donde muestran los carteles de películas que proyectarán próximamente.

cartel un feliz acontecimiento

Hace ya tiempo vi en esa zona un cartel que me llamó mucho la atención, del filme francés “Un feliz acontecimiento“. No pude verla entonces, pero algunos meses después tuve la ocasión de visionarla en streaming a través de Filmin, y me gustó mucho, porque como explica a la perfección mi tuit-amigo Víctor Martín-Pozuelo en su excelente crítica en Videodromo, destapa un mito verdaderamente cruel: ese que dice que cuando nace tu hijo, de repente y por arte de magia todo es maravilloso y sientes dentro de ti una explosión de gozo, amor y felicidad que te cambia por completo.

Vale que para alguna gente parece que es así, pero en mi caso desde luego no recuerdo el nacimiento de mis hijas, especialmente la primera, tan de cuento de hadas. Primero, porque la experiencia del parto en sí es un poco difícil, ya que impresiona ver el dolor que tiene que sufrir la madre (por eso me cuesta entender que mi mujer no haya dudado en tener más niños), y luego todo el escenario del paritorio, la sangre, los puntos, y sobre todo el alumbramiento de la placenta (si me permitís un consejo, futuros padres que me leáis, ¡no miréis la placenta! ¡Es como un Alien!) es un poco desagradable. Luego, el bebé recién nacido es un poco monstruito, entre la hinchazón del chute de hormonas que recibe durante el parto, el esfuerzo del parto, y las judiadas que le hacen al nacer (lo de los ojos sobre todo).

Los primeros tiempos con un bebé, salvo el espejismo de los primeros días en los que está tan grogui el/la pobre que no da mucha guerra, son muy duros. La combinación de privación de sueño, la madre que se siente “vaca lechera” y encima con depresión posparto, el padre que sufre la presión por volver a trabajar y ayudar en casa, los puñeteros papeleos que hay que hacer, visitas a médicos, etc., son bastante desquiciantes. Súmale, sobre todo con el primero, la inexperiencia y la sensación de que andas por un campo de minas, y los “consejitos” de todo el que se te acerca (¡no hagáis ni caso! ¡No hay dos bebés iguales!), para que el cóctel de emociones te desborde y abrume completamente.

De modo que es fácil, muy tentador, para la figura del padre, emplear el trabajo como refugio y válvula de escape. Hablo al menos de mi experiencia personal. La madre, sin embargo, asume el sacrificio de sacar adelante un día a día sin un minuto libre, donde buscar el hueco para darse una ducha o lavarse el pelo es toda una labor de planificación digna de un controlador aéreo. Y cada minuto de sueño “robado” a la insondable agenda biológica del bebé se disfruta como si fuera un regalo divino.

Y a pesar de eso, ¿qué tendrán esos bebés para robarnos el corazón e impulsarnos a repetir la experiencia? Pues es difícil de explicar, porque es algo que sólo te demuestra la experiencia, más allá de mitos e ideas preconcebidas. Esos bebés que crecen y se convierten en niños y niñas te aportan una intensidad de emociones que te quita el aliento, y disfrutas y sufres cada uno de sus éxitos y fracasos como nunca podrás llegar a sentir los propios.

Leía recientemente, a través de las recomendaciones en su blog de ese excelente tuitero que es Pablo Rodríguez Suanzes –uno de los usuarios proxy de los que hablaba recientemente– una interesantísima entrevista a la psicóloga cognitiva Susan Pinker donde plantea que el mayor éxito profesional de los hombres respecto a las mujeres es debido a que ellas tienen una diferente escala de prioridades, valorando menos el puro éxito en el trabajo, el dinero y el poder, y dando mayor importancia a la familia, las relaciones personales y la flexibilidad y autonomía. Os la recomiendo porque es una lectura fascinante.

También de @Suanzes cogí prestado hace unos días un enlace a un artículo en el New York Times donde el autor habla de los “sacrificios” en su carrera profesional que él y su mujer han hecho para poder dedicarse de una manera más plena a la educación de sus hijos, y explica que él entrecomilla la palabra sacrificio porque en realidad entiende que no es tal, sino que es una elección consciente y para bien, sin lamentaciones.

Creo que estoy llegando poco a poco a esa etapa de “iluminación” en mi vida donde voy teniendo claro qué es importante y qué no lo es, y cada vez tengo más claro que las satisfacciones que me dan mis niñas, mi familia y mis amigos no me las va a dar mi faceta profesional. No me termina de gustar mucho eso de “trabajo para vivir; no vivo para trabajar” porque demasiadas veces me lo han puesto sobre la mesa como excusa para el escaqueo, pero cierto es el espíritu subyacente de que, como alguien me dijo una vez (y por cierto lamento no recordar quién fue, sólo que era una persona mayor), en su lecho de muerte nadie lamenta no haber trabajado más, sino que de lo que se arrepiente es de no haber pasado más tiempo con los suyos.

Mi mujer ha hecho un enorme sacrificio personal y profesional al pedir excedencias y jornadas reducidas para poder dedicarse a la educación de nuestras hijas, tarea verdaderamente titánica y agotadora, pero los resultados demuestran que está valiendo la pena. Y aunque muchas veces es una dedicación ingrata, y seguramente yo no sé reconocérselo lo suficiente, quiero pensar que la vida se lo recompensa con creces y que la satisfacción que siente por adentro le proporciona una felicidad mucho más plena que otro tipo de éxitos que este mundo tan imperfecto ensalza equivocadamente. Me resulta aún difícil encontrar el equilibrio entre la familia y mi responsabilidad para con mi empresa y todo el equipo humano que depende de ella, incluyendo esa importante labor ejemplarizante de la que hoy hablaba con el amigo Alfonso Romay, pero cada vez comprendo mejor el sentimiento subyacente de textos como este precioso “Lo que quiero ahora” de Ángeles Caso, compartido hoy en su perfil de Facebook por mi amiga María.

De momento, mi principal objetivo para el futuro más inmediato es saber disfrutar cada minuto de la vida de mis hijas, y del bebé que esperamos para dentro de muy poquito, con la mayor plenitud posible, como si no hubiera mañana, y sin dejarnos cegar por los sinsabores que conlleva. De modo que de aquel padre que lamentaba con cierta tristeza que no se hubiera producido en él esa explosión de júbilo que le había prometido el folclore popular al nacer su primera bebita, he pasado a ser un padre “besucón” que se pasa el día dando la plasta a los amigos con lo feliz que es con sus niñas y lo maravillosas que son. Os ruego toleréis estos excesos con la benevolencia de los buenos amigos, y lo único que deseo es que tengáis vosotros la oportunidad de experimentar estas mismas mieles si no lo habéis hecho ya. Porque, ¡ay amigo!, eso sí que es éxito y no lo que nos venden tan a menudo como tal.

6 comentarios

  1. Como siempre, certero en tus planteamientos (y gracias por nombrarme)

    Parece que los sacrificios se dan por descontados si se quiere tener una carrera profesional exitosa. En mi caso, se convirtió en fines de semana de trabajo anticipado o sólo para DyD (dormir y descansar). Y eso no podía ser, porque era puro desaprovechamiento en lo personal, y costó mucho corregirlo. De hecho, cuando llevas años trabajando a ese ritmo tienes la sensación de desentenderte cuando bajas el pistón un par de puntos.

    Incluso he visto gente con más talento, inteligencia y recursos que yo que han caído fácilmente en esa espiral.Con el tiempo, te das cuenta que esos excesos se pagan y vas buscando “tu propio equilibrio”, cada uno el suyo.

    1. Qué razón tienes… Yo tuve una época larga en la que todas las noches dedicaba una o dos horas a hacer cosas de trabajo, y se convirtió en tal rutina que la afrontaba con pura naturalidad, como si fuera inevitable. Hasta que rompí la rutina, sin más, y ahora me cuesta entender cómo lo consideraba necesario durante ese tiempo, si al final no ha pasado nada al dejar de hacerlo.
      Supongo que en eso consiste madurar.

  2. Aún me queda mucho para el tema niños (esperemos, jajaja) pero tiene que ser impresionante ver crecer a alguien que es producto de ti. Dentro de unos años si tengo hijos y le dedico demasiadas horas a trabajar, buscaré y releeré el post porque dices, como siempre, cosas con mucho sentido.
    ¿Tu mujer lee el blog? Creo que esto le gustaría🙂
    Saludos.

    1. Muchas gracias, Javi. Me anima enormemente leer un comentario como el tuyo.
      Y no, mi mujer no lee el blog salvo en contadas ocasiones en las que el resto de la familia le insiste mucho. Me tiene muy visto😉
      En realidad sobre este tema supongo que sabe lo que pienso…

  3. Te he encontrado de casualidad por una enlace que compartía Marta Cuñado en Google+ y como me alegrooo!!! me ha encantado tu entrada, cuanta verdad en todas tus palabras, al leerlo me he sentido que oía una voz amiga😉. Muchas felicidades.

  4. Luciana Lozano · · Responder

    Muy lindo el articulo, estamos por ser padres por primera vez en pocos dias!!!

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