El difícil término medio entre la inercia y el cambio por el cambio

Que en el término medio está la virtud es algo más que un dicho. Es toda una filosofía de vida: la búsqueda del equilibrio; rehuir los extremos; integrar otras opiniones y enfoques. También es el planteamiento fundacional de este blog, todo sea dicho.

Os hablaba hace poco de uno de los comentarios que me irritan por sí mismos, manías que tiene uno, el “no hay nada imposible“, y dejaba pendiente hablar del otro, ese que viene a decir “es que esto se ha hecho así de toda la vida“. La inercia. Si me permitís un símil cercano a mi ámbito profesional de la industria siderometalúrgica, la inercia es como el óxido. Tienes una superficie limpia y radiante, pero si no la proteges adecuadamente, el medio ambiente la ataca y se empieza a manchar con un poco de óxido. Fácil de cepillar y limpiar al principio, pero con una alarmante tendencia a propagarse y profundizar. Si no se trata a tiempo, llega un punto en que ya su incidencia es tal, que la única manera de eliminarlo es mecanizando, arrancando material para llegar a capas más profundas que todavía no hayan sido afectadas. Y a veces la incidencia es tal que la pieza completa se ha echado a perder y no tiene ya solución. El óxido no ataca con igual agresividad en todos los ambientes: los hay más y menos corrosivos. Pero es un eterno problema.

Pues bien, con la inercia igual. Una organización puede funcionar como un reloj, pero con el paso del tiempo se instala la rutina, y ciertos procesos se repiten porque sí, porque “así es como se hacen las cosas“. Se comienza a desconectar del exterior, caer en el ombliguismo y lo que son medios se empiezan a tornar en fines. Así es como muchas organizaciones terminan evolucionando hacia la burocracia, el inmovilismo y la apatía.

De modo que ante la inercia hay que estar muy alerta. Cepillar cualquier síntoma de la misma de inmediato. Porque si arraiga, la única manera de acabar con ella va a ser traumática, por la vía expeditiva, con gente saliendo de la organización y forzando el cambio en base a la ruptura. Mucho mejor prevenir antes que curar.

Ahora bien, es un error caer en el opuesto contrario: el del cambio por el cambio. Dos ideas clave en este sentido: 1) la rueda lleva mucho tiempo inventada; 2) si algo funciona, ¿para qué cambiarlo? Conoceréis muchos casos de gente que entra nueva en la empresa, particularmente en el caso de directivos y puestos de responsabilidad, y parece que sienten una necesidad compulsiva de ponerlo todo patas arriba, cambiando colaboradores, procesos, proveedores, sistemas. Rompen efectivamente cualquier vicio de inercia del responsable anterior, pero a cambio pueden destruir muchas relaciones personales y profesionales que funcionaban, dinámicas sinérgicas, procesos optimizados… Es una “pasada de vuelta” que he observado muy a menudo en grandes empresas con mucha pena, y todo por las ansias de protagonismo de ciertos “fichajes” (que luego en realidad eran a menudo personas puestas a dedo en niveles jerárquicos para los que eran notoriamente incompetentes) y la triste tendencia al “medallismo” que impera en muchas organizaciones. “No me han nombrado jefe para dejar las cosas como ya estaban“, me dijo recientemente el nuevo responsable de un departamento. Lo dicho: el cambio por el cambio vuelve a errar en lo mismo que en la inercia, pues equivoca el medio (los procesos) por el fin (la satisfacción de los clientes, la consecución de la máxima eficiencia en la organización). Aparte de representar una falta de respeto por el trabajo de los demás; tanto del anterior responsable como de todos sus colaboradores que aún siguen en sus puestos de trabajo y que ahora son los tuyos.

En definitiva, se trata de conseguir un complejo equilibrio basado en un pensamiento crítico dentro de la empresa, donde exista una mentalidad abierta, contraria a los dogmas y receptiva a la hora de repensar los procesos y valorar favorablemente el cambio y la permanente adaptación a la realidad del mercado y de la evolución de las necesidades de los clientes, pero al tiempo con la serenidad suficiente como para saber identificar qué funciona bien, para conservarlo, evitando caer en la obsesión por el cambio y la disrupción temeraria, que es una dinámica que está muy en boga por la influencia de mercados donde lo que ocurre es que las necesidades evolucionan a toda velocidad (caso de la tecnología en general). No todos los mercados son así y no hay que confundir prudencia y sentido común con inmovilismo.

2 comentarios

  1. […] que esto siempre se hace así…”) le debo un post entero así que lo dejo estar [podéis leerlo aquí]. El otro es eso de “no hay nada imposible” que popularizó Adidas como eslógan […]

  2. En este caso no estoy tan de acuerdo contigo, Daniel. A ver si me explico. Evidentemente no hay que cambiar cosas por cambiar, que además suele acabar en el lampedusano “cambiar todo para que nada cambie”.
    Sin embargo, lo normal es dejar todo como está. La inercia es eso, inercia. Para conseguir ese equilibrio del que hablas hay que apostar por la innovación. Ése término medio, digamos, se consigue no apuntando hacia él, sino más arriba, porque ya tirará la inercia hacia abajo. Y también creo que hace falta análisis para ver dónde está el término medio, y no darlo por supuesto.
    Sobre el “si algo funciona, ¿para qué cambiarlo?”, me temo que muchas veces cuando deja de funcionar ya es demasiado tarde para arreglarlo.

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