Amor caníbal, amor verdadero

Dado que se aproxima el inminente nacimiento de nuestro bebé (#4), estaba ayer repasando unos libros sobre el embarazo, el parto y el puerperio. Mira que se supone que somos ya veteranos, después de tres experiencias previas, pero es curioso cómo tiende uno a olvidar ciertos detalles, sobre todo algunos poco agradables. Mejor, porque a lo mejor si lo recordaras todo con absoluta nitidez, no te animarías a tener más niños.

Por cierto, sé que da un poco de pereza y que algunos seréis muy reacios a leer este tipo de libros, pero yo siempre recomiendo prepararse bien antes de tener un niño. Tanto el padre como la madre. Igual que es necesario pasar exámenes para sacarse el carnet de conducir o para desarrollar cualquier carrera profesional compleja, es más que conveniente formarse adecuadamente para afrontar una experiencia tan compleja y diferente a lo vivido con anterioridad como es la de tener un niño. Hay mucho de instintivo, por supuesto, pero siempre hay cosas que aprender, y además os vendrá bien para que no os mareen luego con los “consejitos”, que entre familiares y amigos te vuelven loco. Así por lo menos podéis decir que ya os tenéis empollado el tema.

Andaba releyendo “The Expectant Father“, del que ya hablé en un post anterior, y me encontré con un pasaje que precisamente comentaba en aquel entonces y que me hace mucha gracia, porque cuando lo leí por primera vez, durante nuestro primer embarazo, me resultó muy chocante y exagerado, pero luego resultó ajustarse perfectamente a mi experiencia personal:

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Os hago una traducción con ciertas licencias:

Amor incondicional

Todo escritor intenta en algún momento describir el amor. Y no termina de conseguirlo. Pero hay una frase en el clásico de literatura infantil Where the Wild Things Are de Maurice Sendak que captura exactamente ese sentimiento de amar a tu propio hijo: “Por favor no os vayáis – os vamos a comer – tanto os queremos”.  Y es que aunque parezca una locura, así es precisamente como siento mi amor por mi hija. Estamos jugando, leyendo un libro, contándonos sobre nuestros días, o simplemente estoy contemplando su carita suave y apacible mientras duerme, y de repente me imbuye un deseo irrefrenable de cogerla, hacerla una bolita y metérmela en la boca. Si no comprendes lo que quiero decir, créeme, lo harás pronto. Ya verás.

Uno de mis mayores miedos con el segundo embarazo de mi mujer era que no sería capaz de querer a mi segundo hijo tanto como al primero; que no habría suficiente de ese poderoso y embriagador amor que sentía por mi primera hija para compartir con el nuevo bebé. Pero en realidad no había de qué preocuparse. Tres segundos después de haber nacido, ya tenía ganas de comérmelo también a él.

Es maravilloso. Y yo desde luego comprendí pronto a lo que se refería este pasaje.

Aprovechando, comentar un par de párrafos del libro que comenta la difícil situación emocional que afronta el padre en las etapas finales del embarazo:

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La creciente dependencia en ti de tu pareja se considera parte “normal” del embarazo. Pero gracias a la ridícula y sexista forma de socializar a la gente en este país, se asume que los hombres deben ser independientes, fuertes e inmunes a zozobras emocionales, especialmente cuando sus parejas están embarazadas. Así que precisamente cuando tú te sientes más vulnerable y con menos control de la situación, tus necesidades tienen que esconderse bajo la alfombra. Peor aún: la persona en la que más te querrías apoyar para que empatice contigo y te comprenda estará seguramente demasiado absorbida en lo que le ocurre a ella y a su bebé como para hacerte mucho caso.

Esto da lugar a lo que el Dr. Luis Zayas denomina “desequilibrio de interdependencia”, que obliga al padre a satisfacer sus propias necesidades emocionales y las de su pareja a la vez. En muchos casos este desequilibrio se termina convirtiendo en un círculo vicioso que “acentúa el estrés, intensifica la sensación de distanciamiento e incrementa las necesidades de dependencia”. En otras palabras, cuanto menos caso te hacen a tu necesidad de apoyo, más crece ésta.

Y seguro que pensaréis que el padre no tiene que quejarse, que ya tiene bastante la madre con lo suyo (de hecho, el mismo libro reproduce un par de páginas después esa misma idea), pero ciertamente esta ansiedad existe y es bueno reconocerla. Como mínimo para que el padre no tenga además que sentirse culpable por tener ciertas emociones contradictorias en ciertas etapas finales del embarazo (y luego no os digo nada con el bebé en casa).

En cualquier caso, todo lo que sea formarse y prepararse para una circunstancia que te cambia tanto la vida como un embarazo y el nacimiento de un niño será positivo tanto para ti como para tu pareja. Aunque habrá quien se ría de ti. Ni caso.

6 comentarios

  1. Verdaderamente me resultó curiosísimo cuando lo tuiteaste, pero supongo que no es tan descabellado ni tan extraño, si le pasa a tantos padres. Es bueno tenerlo en cuenta, está claro.

    En general, pienso que traer una criatura a este mundo es una responsabilidad máxima. Hay que estar muy preparado psicológicamente, no sólo porque te va a cambiar completamente la vida, sino porque todo lo que uno haga va a tener un efecto determinante en la vida de esa criatura que viene. Obviamente, los primeros meses (incluso años) de vida son esenciales, pero el proceso sigue, imparable, y la responsabilidad no cesa. Y por supuesto que ambos progenitores (cuando los hay) han de estar ahí, bien preparados para todo.

    Y no podría estar más de acuerdo con lo que dice el segundo extracto que mencionas, sobre los hombres “independientes, fuertes e inmunes”. Es una visión que ha hecho mucho daño, y que, poco a poco, habría que ir desterrando, no sólo en estos casos, sino para la vida en general. Pero eso ya sería entrar en otro terreno diferente al del post.

    Un abrazo y, ¡a seguir repasando!😉

    1. Dicen que los tres primeros años de vida son los más determinantes para el desarrollo de la personalidad del niños. No sé si será verdad, pero desde luego es una responsabilidad. Claro que se asume con gusto.
      Y sí, igual que a las madres se las exige ser supermamás que lo hagan todo, a los papás se les pide que sean inmunes a la presión, y tampoco es fácil. Pero eso da para otro tema, está claro.
      ¡Un abrazo y gracias por el comentario!

  2. Pues hoy no estoy muy de acuerdo…
    Ni me preparé psicológicamente para ser madre, ni leí libros al respecto, ni nada que se le parezca.
    También es cierto, que a una mujer empresaria le marca el ritmo su reloj biológico.
    Siempre decía que mi primer hijo antes de los 30, y cuando me planté con 31 y sin descendencia, me puse tan nerviosa que el mismo mes que decidí que ya era hora me quedé embarazada.
    Curiosamente durante el embarazo ni me planteé la responsabilidad que estaba asumiento, tocaba tener un hijo y no había mas remedio.
    Tenía verdadero pavor al parto, y mi madre me repetía con su media sonrisa…parir es un rato, criar toda la vida.
    De esto hace ya 17 años, y el primer contacto real con mi bebé (jamás vi nada en las ecografías, por mucho que se molestase el ginecólogo en explicármelas) fue un día en la consulta de la matrona cuando oí su corazón, en el cuarto o quinto mes de gestación.
    No fue un parto difícil, pero si que fue “real”: Sin anestesia, a lo bestia.
    El agotamiento era sumo al finalizar, y cuando me pusieron en brazos a aquel pequeño alien larguirucho de “morretes preciosos” (médico dixit) que había llevado en la barriga casi 42 semanas, entré en pánico.
    Aquello era para siempre.
    Ese pensamiento fue el que me hizo aterrizar.
    Desde entonces hasta hoy, he de confesar que vivo por y para ella, con mis limitaciones de carácter, dado que soy la persona mas indomita que conozco, y así la he educado a ella: Siempre todo por ella misma, nunca delegar en nadie y conservando su espíritu.
    Pero desde luego, al dictado de mi sentido común, siempre a mi bola.
    Y ciertamente, no me ha ido tan mal.
    Es una adolescente sensata, trabajadora, brillante en los estudios, muy cultivada y respetuosa con el mundo que le rodea.
    Suele ser mi única alegría en estos días grises que nos está tocando vivir.
    Y a pesar de su tamaño, me la seguiría comiendo.
    Por suerte aún se deja achuchar a muerte.
    Gracias por hacerme sacar esto de dentro, Daniel.
    P.D. Cuando Jr tenía 5 meses, un día cambiándole el pañal, la tenía con el culete al aire, y me puse a darle mordisquines como siempre hacía. Y ese día se me fue la pinza, y le di mas fuerte…casi me muero al ver como lloraba mirandome con mucho pesar como diciendo: ¿Qué me has hecho??? Ayyy que mordiscazo le arreé, pero es que son IRRESISTIBLES!!!

    1. Me ha emocionado tu comentario. Muchas gracias por compartir tu experiencia.
      Y me encanta que tú también hayas sentido ese impulso “caníbal” jejeje.
      Un beso y mucho ánimo con la pelea de cada día.

  3. Bonito artículo. Lástima que no haya sentido aún la llamada para comprenderlo a fondo, lo que sí estoy segura es que esos pensamientos inapropiados (por los que a posteriori te debes sentir fatal) deben ser inevitables. Al menos, lo serán para mi… conociéndome! Ánimo con el nuevo peque y os deseo lo mejor.

    1. Muchas gracias🙂

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