Maldita vergüenza

Había ido esta tarde a recoger a mis niñas a la salida del colegio, y me encontré con la antipática circunstancia de que aunque al salir de la oficina disfrutaba de un sol estupendo, al llegar al colegio de las pequeñas tenía encima un nubarrón tormentoso que amenazaba claramente lluvia y no precisamente ligera. Y como la ley de Murphy es implacable, justo hoy no llevaba en el coche ningún paraguas, pues me lo había dejado en casa ayer por la tarde.

Ante la necesidad de improvisar una solución para no empaparnos desde la salida del colegio hasta donde aparco el coche (unos 300 metros de distancia), no me quedó más remedio que buscar una solución “cutre” pero efectiva: rasgar una bolsa de basura de tamaño contenedor que suelo llevar en el coche por si las moscas, para convertirla en una sábana de plástico bajo la que protegernos del líquido elemento que caería del cielo.

Y en efecto, con malvado don de la oportunidad, ha sido asomar por la puerta de salida con las tres niñas y empezar a diluviar. Hemos esperado un poquito a que escampara, pero como no paraba, decidí enfilar el camino al coche aprovechando que había bajado algo la intensidad de la lluvia. Saco mi sábana de plástico, le explico a las niñas (edades 8, 6 y 4 años) lo que vamos a hacer (una niña por esquina), y me encuentro con que la mayor se niega a participar, claramente porque le da vergüenza. La mediana, que había empezado a coger su esquina de la sábana, al ver la reacción de su hermana también decide que no le importa mojarse un poco. Así que me encuentro yo con la pequeñita cogiendo el plástico. Lo cierto es que ella y yo nos divertimos con la situación, mientras que las mayores se alejaban un poco de nosotros tratando de que nadie las asociara con ese padre loco que iba protegiéndose de la lluvia con el plástico de una bolsa de basura y encima haciendo de ello un juego con su princesita.

Solemos echar de menos la inocencia de los niños, y cabe plantearse cuándo se empieza a perder esa inocencia. No sé nada de psicología o pedagogía, pero sospecho que algo tiene que ver con el despertar de la vergüenza, con el momento en que uno empieza a preocuparse por el qué dirán y entra en la dinámica de la conformidad. Yo ciertamente fui un niño, un adolescente e incluso un joven muy vergonzoso, y ahora me doy cuenta de que eso me limitó mucho en ciertos momentos de mi vida. Le comentaba este fin de semana a unos antiguos compañeros de la universidad, con los que me reuní tras más de tres lustros, que últimamente he perdido la vergüenza y me importa cada vez menos lo que piensen de mí. Sólo me preocupo por mi familia, mis amigos y por sentirme yo orgulloso de mí mismo, siendo como soy mi juez más implacable en lo relativo a los valores y principios que verdaderamente creo relevantes. Y tengo claro que de esta manera soy mucho más feliz que antes. También un poco niño. Pero digo yo que eso es bueno.

17 comentarios

  1. Me ha gustado mucho la forma de exponerlo, Daniel. John Bradshaw sabe mucho de este tema. Pero afortunadamente a ti ya no te hace falta🙂

  2. Yo siempre he sido una persona muy vergonzosa. Es más, tengo una especie de fobia a las llamadas por teléfono. Algo tuvo que pasarme de crío para preferir hablar en persona, o de cualquier forma, antes que por teléfono. Y eso como periodista es horrible. Suelo consolarme, sin embargo, al saber que Manu Leguineche, reportero de guerra que ha viajado por medio mundo, es el tío más vergonzoso del mundo y a la vez uno de los mejores periodistas que conozco.
    Un abrazo.

    1. Es algo que se aprende. Si te sirve, a mí me pasaba lo mismo que a ti cuando empecé a trabajar y ya lo tengo superadísimo. Tiempo al tiempo; todo llega, como decía en un post reciente.

  3. Marina Muñoz · · Responder

    Tengo mucho no, muchísimo que aprender de ti. Genial, Daniel. De verdad.

    1. No te imaginas la ilusión que le hace leer un comentario así a un padre como yo que se esfuerza por ser un buen ejemplo para sus niñas. Un abrazo muy afectuoso.

  4. ¿Cómo?, ¿un español que no aparca justo a la puerta del colegio en doble fila o subido a la acera?. Este relato es claramente ficción…

    Centrándome en el tema del post, creo que se puede ser vergonzoso y a la vez seguro de uno mismo, no lo veo incompatible. Eso sí, puestos a hacer cosas extravagantes, mejor en compañía😉

    1. Hola. Permíteme un apunte. La vergüenza -no- es incompatible con la seguridad en uno mismo. Vergüenza sana vs. Vergüenza tóxica. La última es destructiva, no te deja avanzar. La primera se asemeja más a lo que llamamos “tener conciencia” y nos sirve de guía en la vida y aunque aparece sabemos ponerla bajo control. La vergüenza está muy relacionada con la empatía hacia los demás. Transformar la vergüenza tóxica en vergüenza sana es un proceso. No significa que elimines por completo la vergüenza, sino que la tienes bajo tu control.
      Por otro lado, (y ya es otro tema) están las personas que -no- tienen vergüenza (diversos tipos de psicopatías). Estas personas tampoco sienten empatía alguna. Ni conciencia. Pero este es ya un asunto totalmente diferente al caso expuesto por Daniel, donde él transforma su vergüenza tóxica en sana. Lo cual es motivo de fiesta🙂
      Saludos.

      1. Estupendo comentario, Eva. Se nota que sabes de lo que hablas. Muchas gracias por compartirlo conmigo y con todos los lectores del blog. ¡Un abrazo!

      2. Gracias por el apunte, faltaría más.

        Una duda me queda desde la ignorancia que me persigue pero no me alcanza por ser yo más rápido: ¿qué diferencia habría entre vergüenza tóxica y timidez?

      3. Gracias Daniel. Algo he leído sobre este tema. Como opinión personal: tengo mucha esperanza puesta en estos estudios. Creo que van a reconducir a la sociedad hacia un camino muy bueno. Es un cambio lento, pero soy optimista de que ya se ha iniciado un movimiento muy positivo🙂
        deiforg: una persona tímida puede ser segura de sí misma o no. La vergüenza tóxica es lo que nosotros nos decimos a nosotros mismos. Puede que una persona tímida tenga un lenguaje interno sano, flexible, respetuoso hacia sí mismo, pero que su carácter o su forma de ser simplemente sean así. No depende de la apariencia sino del lenguaje interno que usamos, de lo que nos decimos a nosotros mismos, aunque más bien del -como- nos lo decimos. La mayoría de nosotros ni siquiera sabemos que existe ese diálogo interior, pero está ahí y generalmente con terapia se aprende a reconocerlo.
        Saludos.

    2. Ja, ja, ja, no sabes la cantidad de padres cafres que se paran incluso en medio de la calle y les importa un bledo cortar el tráfico durante un par de minutos. Gracias por tu comentario. Lo que dices de compatibilizar vergüenza (sana) y seguridad en uno mismo lo explica luego muy bien Eva.

      1. deiforg · ·

        Lo cierto es que el comentario jocoso era para ensalzar una actitud de respeto hacia los demás que lamentablemente se ve cada vez menos en estos días. Gracias.

        Cuando veo situaciones como las que describes solamente pienso en la (inexistente) educación que podrán recibir los pobres chavales si los padres no la tienen.

      2. Cuánta razón tienes. Los padres somos el espejo en el que se miran los niños y tenemos que dar buen ejemplo siempre. Leía hace unos días un libro infantil con una parte dedicada a los padres donde decía que los padres que tiran colillas o papeles al suelo no deberían luego extrañarse de que sus hijos tiren los papeles de los caramelos al suelo igual, o no recojan las cosas en casa. O que de padres gritones y de tortazo fácil salgan niños abusones. Pues sí, como dices, la actitud de aparcar el coche cívicamente o bien hacerlo sin respeto hacia los demás es algo que también transmite un ejemplo positivo o negativo a los pequeños. ¡Gracias!

  5. Como de costumbre, un post cercano y certero. Me ha hecho preguntarme de nuevo para qué nos sirve tanta vergüenza. Muchas veces vivimos (y me incluyo, que a mí me pasa antes que a nadie) rodeados de un montón de prejuicios sobre lo que está bien visto o mal visto. Todo lo que se sale mínimamente de lo convencional es susceptible de ser censurado. Una mala mirada, un mal gesto, un “mira lo que hace el mamarracho aquel”, y… voilà. La vergüenza.

    Pero, lo que es más curioso, y me he ido dando cuenta a través de los años, es que la gran mayoría de las veces no son los demás, somos nosotros. Nos autocensuramos. Nos cohibimos. Dejamos de hacer cosas que no tendrían la mayor relevancia por vergüenza, por el “ay, qué van a decir si…”, y no nos damos cuenta que, a lo mejor, si las hubiéramos hecho, ¡nadie habría dicho nada en absoluto!

    También está, y lo apuntas muy claramente en el post, la idea de hacer lo que uno considere correcto, tener la conciencia tranquila, y preocuparse por los suyos, no por lo que diga ese ente, a veces juez implacable pero sólo en nuestra cabecita, que son “los demás”. Eso es lo que cuenta. Y si actuar así es volver un poco a la inocencia de la infancia, más nos valdría a todos volver, no perder tanto esa conexión con la naturalidad, y dejarnos de encorsetamientos inútiles que no sirven de gran cosa.

    ¡Un abrazo enorme!

    1. Genial, Alexim. Completas perfectamente lo que condenso en el último párrafo del post. Te lo agradezco enormemente. Un abrazo.

  6. Me viene al pelo un anécdota…
    Cuando mi hija era pequeñita (o tempora o mores!), iba todos los días a recogerla a la parada del bus.
    Un día recuerdo que se vino a mi parada, un flemático inglés que llevaba a sus dos niñas al mismo cole.
    Normalmente las recogía la madre, una alemana bastante…¿insociable? que nunca bajaba del coche, obligando a sus hijas a cruzar solas una avenida bastante transitada..
    De todos es bien sabido lo rara que es la lluvia en Valencia.
    Pues aquel día se lió la mundial…fue bajar del coche y ponerse a diluviar de una forma increible.
    El inglés acostumbrado al clima de Valencia no llevaba paraguas.
    Yo, cosa extraña en mi, llevaba el mío en el maletero.
    El pobre calándose hasta los huesos, pero claro, entre lo poco que me gusta a mi acercarme a la gente, y lo violento que podía resultar, no le ofrecí cobijarse bajo el mío, y no había nada donde guarcerse.
    Peeeeeeeeeeero, recordé que llevaba el paraguas de mi peque en el coche…se lo dije, y me lo aceptó.
    Creo que nunca me he reído mas que conversando con aquel altísimo y simpático tipo, mientras se resguardaba bajo una mini carpa transparente adornada con corazones rosas y barbies enormes.
    Eso me mostró la versión “ande yo caliente, riase de la gente” con efectos especiales.
    P.D. Yo es que no tengo vergüenza…

    1. Jajaja. Genial, ¡gracias!

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