El imperativo moral desde la infancia y la responsabilidad social de la empresa

En primer lugar, dar las gracias a los fieles lectores que me vuelven a leer tras un tiempo de inactividad. No puedo prometer nada en cuanto a frecuencia, pero voy a intentar retomar este proyecto que tanto me ha ilusionado durante los dos pasados años.

La semana pasada escribía brevemente en mi otro blog que la actitud de muchos padres enseña a los niños prioridades equivocadas, pues ante una reunión donde el profesor explicaba el plan docente de este curso escolar, el mayor interés de quienes hicieron preguntas estaba centrado en los exámenes y las calificaciones, en lugar de enfocarse en el temario o los métodos educativos. Si la obsesión de los padres es la nota que sacan sus hijos, en qué nivel se encuentran, y cómo se comparan con sus compañeros, es porque vivimos en una sociedad inmersa en una dinámica competitiva.

Luego nos extrañará que la sociedad en la que vivimos sea materialista y el fin justifique los medios. Es lo que se enseña desde niños.

Estaba pensando estos días en que debería continuar ese post con una exposición de cuál es el enfoque que a mí me gustaría dar a la educación de los hijos. Sintetizando y llevando a las últimas conclusiones mi manera de pensar, a lo que yo aspiraría es a que el colegio, de forma complementaria a la educación que estamos procurando dar nosotros como padres, enseñaran a mis peques una filosofía de superación personal (no competir contra los demás sino contra uno mismo, buscando una mejora continua) a la vez que una convicción ética. Hacer las cosas lo mejor posible por la mera satisfacción de desarrollar al máximo el potencial propio, y con la tranquilidad de hacerlo sin aprovecharse de los demás sino todo lo contrario. No por obtener la recompensa de una nota o un título. Porque si esa es la motivación de niños, más adelante la única fuerza motriz será el dinero y otros valores puramente materiales y egoístas. Lo explica muy bien este extracto del libro “I Love You Rituals” de Becky A. Bailey que me recomendó recientemente Gwen Becker:

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Traduciendo del inglés las frases clave:

“A los niños se les ofrece bienes materiales, desde pegatinas hasta dinero, como recompensas por un comportamiento adecuado. Investigaciones indican que ese sistema produce efectos secundarios muy nocivos para una sociedad democrática. Cuando los adultos dirigen el comportamiento de los niños mediante motivadores externos, enseñan a los niños un “control exterior”. Una sociedad democrática necesita gente con autocontrol, que tiene el deseo intrínseco de cooperar. Las recompensas enseñan a los niños a valorar los bienes materiales y a afrontar los trabajos pensando “¿qué es de lo mío?“. Enseñan a los niños a enfocarse en el resultado e ignorar el proceso. El objetivo es sacar buena nota, no aprender.

(…)

Las recompensas reducen la motivación intrínseca en los niños. En esencia, eliminan la ética profesional.

(…)

La mayoría de los adultos quieren que los niños colaboren con la familia. Quieren que sus hijos elijan portarse bien y estén motivados por sí mismos para preocuparse por los demás. Si les chantajeamos con regalos para que sean buenos, en realidad no les estamos enseñando el valor de preocuparse por los demás; les estamos enseñando a mirar por sí mismos”.

Yo conté con la gran suerte de tener unos padres y también unos cuantos profesores que me proporcionaron una sólida educación basada en principios y valores, y ya plasmé mis ideas en el blog anteriormente, en la entrada La cultura del éxito frente a la de los principios, donde planteo este enfoque del “imperativo moral” frente a la cultura del resultado, de los medios como fines, y el cortoplacismo imperante, que son las fuerzas motrices a día de hoy.

Ahora mi objetivo es continuar la cadena y actual como transmisor de valores a la siguiente generación.

Estaba yo con estas ideas en la cabeza, cuando ayer me sirvieron de “faro” mientras le estaba dando vueltas a un problema estratégico de mi empresa. Resumiendo mucho, estoy contemplando el panorama futuro con cierta preocupación, y si lo afrontara como lo haría un típico consultor estratégico como los que hoy se forman en universidades de negocios, tendría clara la hoja de ruta a plantear para el medio plazo: planificar una deslocalización progresiva de la fabricación que hoy ejecuta mi empresa en España, pensando en implantarla en un país donde la mano de obra sea barata, haya estabilidad política, buenas infraestructuras de transporte, y cierta permisividad en cuanto a cuestiones medioambientales. Que es, en esencia, lo que han hecho mis principales competidores a día de hoy, que fabrican en países del Sudeste Asiático y apenas hacen labores de oficina técnica y algún ensamblaje final (o ni siquiera eso) en sus países de origen.

Pero yo no me lo planteo en la práctica y quiero pensar que no es por mera pereza, arraigo familiar, etc. (aunque en parte sí, claro), sino fundamentalmente porque veo una clara diferencia entre lo que sería “maximizar el valor actual neto -pecuniario- de la empresa“, que es lo que nos dirían en la universidad que debe hacer el CEO de la empresa, y aquello a lo que yo aspiro como dueño de mi propia empresa.

Yo aspiro a tener una buena calidad de vida pero no a ser rico.

Yo aspiro a poder sentirme orgulloso de mí mismo y de lo que hago en relación a mis empleados, clientes, proveedores y al legado de mi padre.

Aspiro a trabajar a gusto y que quienes trabajen conmigo también sientan lo mismo.

Aspiro incluso a sentirme una persona con aportación neta positiva a la sociedad.

Y mira por dónde, con todas estas ideas en mente, mi amigo Folks (@maderadebloj) me envía un artículo que explica con nivel académico muchas de las cosas que yo habría querido contar. Se titula “The Pay Problem“, publicado en The Harvard Magazine, y os lo recomiendo muy encarecidamente. El propósito principal del artículo es explicar por qué el paradigma que se ha impuesto en la remuneración de los altos directivos en las últimas décadas, el de los bonus por cumplimiento de objetivos, es fallido no sólo desde el punto de vista de la empresa sino de la sociedad en su conjunto, y en definitiva reflexiona sobre el papel de la empresa en la sociedad. Por si os da pereza leerlo (¡vale la pena, no seáis vagos!) o no domináis el inglés, resumo sus claves:

  • En los últimos tiempos, la diferencia entre la remuneración de la alta dirección y el resto de los empleados de las grandes empresas en EE.UU. ha crecido notablemente, y explica un creciente desequilibrio en el reparto de rentas en dicho país. La principal causa de esta diferencia está en la implementación de programas de remuneración que relacionan una creciente magnitud de ésta con el cumplimiento de objetivos. [Nota: ya traté en el pasado mi seria objeción a la evaluación por objetivos, y a ese post os remito para más detalle].
  • No está clara la relación entre la remuneración de los altos ejecutivos y los resultados de la empresa, por lo que es un concepto de retribución fallido y que promueve un comportamiento disfuncional de los responsables de la empresa. Los altos ejecutivos tampoco tienen tanto control personal y directo de los resultados medidos, que dependen por una parte del trabajo colectivo de muchos directivos y empleados de diferentes niveles, y por otra parte de dinámicas de mercado que tampoco dependen del trabajo de unos pocos directivos.
  • Estos programas de remuneración están diseñados por consultores para los que es importante tener contentos a sus clientes, que a efectos prácticos son los mismos ejecutivos cuya retribución proponen, lo que plantea un conflicto de interés evidente. Se contemplan criterios “de mercado” para establecer retribuciones, paquetes de compensaciones y cláusulas paraguas, pero son muy falaces.
  • La idea de motivar a la alta dirección por la compensación económica ignora e incluso desprecia la realidad de que hay otros valores que pueden ser tanto o más motivadores: posibilidades de promoción, la satisfacción intrínseca de obtener buenos resultados, y el orgullo de trabajar dirigiendo una empresa de prestigio.
  • Vincular la remuneración al precio de la acción ha hecho que se pasara del enfoque de los “stakeholders” (una visión global y más social de la empresa considerando a todos los agentes relacionados con la misma) al de los “stockholders” (los propietarios de sus acciones). Maximizar el valor de mercado de la acción concentra la atención en el corto plazo y en factores puramente económico-financieros y de beneficios monetarios, olvidando los beneficios cualitativos o a largo plazo que una empresa puede generar en la sociedad y quienes se relacionan con ella.
  • En último término, estos programas de retribución han significado en la práctica que algo (la paga de los ejecutivos) que era un medio para conseguir un fin (la mejora de los resultados) se haya convertido en un fin en sí mismo. Eso lo que motiva en realidad es que el ejecutivo tenga la tentación de manipular la realidad para conseguir sus objetivos individuales, no necesariamente alineados con lo mejor para la empresa en su conjunto.
  • Reflexionando a nivel de paradigmas empresariales, se ha pasado en las últimas décadas de considerar a la empresa como una institución social a la que no sólo se le valoraba su resultado económico sino también su impacto social, político y moral, a ser un mero ente financiero cuyo propósito es maximizar rendimientos económicos privados.
  • Sin embargo, las empresas son en realidad complejos sistemas sociales, no meros entes transaccionales. Están imbuidas de afecto, contenido, normas, valores, cultura y significado. No es una mera red jerarquizada de contratos individuales. Es en realidad una matriz social con una responsabilidad hacia sus miembros y hacia el conjunto de la sociedad.
  • Toda esta reflexión nos debe llevar a replantearnos la identidad de un ejecutivo empresarial. No deben ser agentes individuales movidos por un interés propio y por los resultados inmediatos frente al largo plazo, sino que deben asumir su papel en la sociedad como dirigentes de entidades con ánimo de lucro, pero con un papel dentro del interés colectivo de toda la sociedad. Es una cuestión de valores.

Hace unos días, ese interesantísimo portal que es Project Syndicate publicaba un texto de la directora del Departamento de Neurociencia Social del Instituto Max Planck de Leipzig titulado “Más allá del Homo Economicus” donde se reclama cambiar el enfoque hacia un ser humano más altruista, prosocial y empático, con el objetivo de “construir sistemas, economías y sociedades sostenibles, equitativas y compasivas“. Explica que este enfoque debe incorporarse desde la infancia, cuando el cerebro del niño es más maleable, para establecer mecanismos de motivación favorables a este enfoque. Y comenta que existe evidencia en el campo de la neurociencia que relaciona a los sujetos entrenados en las preferencias y motivaciones prosociales con una ganancia de eficiencia, capacidad de concentración y capacidad de hacer frente al estrés.

Yo, en realidad, lo resumiría de la siguiente manera: si tu motivación es externa (ganar dinero, acumular riquezas, tener el mejor coche, el móvil de última generación o la ropa de moda) y comparativa (ser más que los demás), estás condenado a ser un infeliz; nunca tendrás suficiente; siempre habrá algo que te faltará. Mientras que si tu motivación es interna (ese “imperativo moral” del que hablaba al principio, la mera satisfacción de alcanzar el máximo potencial propio, y ser un aporte positivo para quien te rodea), tienes la mitad del camino de la autorrealización ya recorrido.

8 comentarios

  1. Excelente post como siempre, Daniel, y bienvenido de vuelta a la actividad bloguera.

    Estoy muy de acuerdo con lo que dices, y enganchando con el final me gustaría ampliar un poco el alcance de tu exposición. En la medida en que hay polarización profesional que, como bien expones, se extiende a la sociedad, no sólo hacemos altos ejecutivos y personas más egoístas y con menos contribución neta a la sociedad, sino que además aportamos el mismo efecto, por acción reacción, en el otro polo.

    Me explico: a lo mejor un trabajador joven que podría sentirse más incentivado a ir subiendo de nivel en la empresa se desanima al ver la distancia creciente con la cúspide y las prácticas necesarias para llegar allí y pasa a ser un trabajador desmotivado que a su vez influye negativamente en un ejecutivo de grado medio que entraba con ilusión y se desanima al ver así a la plantilla…

    En nuestra sociedad creo que hay un alto grado de clientelismo, abono al rol protector del Estado frente al esfuerzo y excesivo garantismo en muchas áreas, incluida la laboral. La regeneración tiene que venir tanto, como tú indicas, de una humanización por arriba y por abajo, o lo que es lo mismo, que esa sociedad y economía que indica la cita sea “sostenible, equitativa y compasiva” pero también, en mi opinión, esforzada, trabajadora y meritocrática.

    1. Excelente apunte, Miguel. Como siempre, aportaciones de la máxima calidad. Un abrazo. Ahora te toca a ti retomar la actividad bloguera, ¿eh?😉

  2. Bufff… entrada muy interesante (temas, enlaces, debates morales…) y muy trabajada, enhorabuena y gracias por el regreso.

    En el caso de la educación sí creo que se puede llegar a la excelencia con una educación basada en valores precisamente porque el académico (al menos hasta llegar a la endogámica y clientelista universidad) es un entorno no excluyente que facilita el contagio de hábitos, por lo que hay que fomentar que sean buenos😉

    Respecto al mundo real, creo que la clave ya la has expuesto en otras ocasiones y se resume en encontrar a quien valore tus productos en su conjunto. Pienso que hay que saber en qué guerras está uno dispuesto a pelear por defender en lo que cree y considera justo, ánimo.

    Reconozco que hay veces que elementos externos hacen mella en el camino, pero lo único que he encontrado yo para protegerme es darme cuenta de que actuar de otra manera no me haría feliz y que no es el legado que quiero dejar a la siguiente generación.

    El mundo está cambiando. Cada vez hay más gente que no gusta de ciertas actitudes consecuencia de una clara falta de valores y responde haciéndolo donde más duele en una sociedad como la nuestra: consumiendo de la manera más consciente posible. Cooperativas de agricultores, banca ética, generación de energía verde, etc. son buenos ejemplos.

    1. David, tú último párrafo me parece parte de la solución a este complejo problema: re-introducir la cultura de valores, en una cultura que no los valora, a través de sus propias armas (vaya trabalenguas).

      Y para eso, el movimiento de la “Economía del bien común” me parece magistral y si calase (de verdad) en ciertas capas de la sociedad, estaríamos plantando la semilla de la solución

  3. Madre mía, has vuelto con fuerza (:

    El “problema” de tus posts es que son tan densos (en el sentido de cantidad de valor por número de letras), que requieren de los cinco sentidos para ser leídos (:

    Sobre el tema de educativo y motivacional: me ha extrañado que no menciones este video de TED (http://www.ted.com/talks/dan_pink_on_motivation.html) que trata el tema de una forma magistral. A lo mejor no lo conocías. Yo lo comenté hace años en mi difunto blog (http://agilizandocmmi.wordpress.com/2010/01/12/motivacion-extrinseca-vs-intrinseca/) y la conclusión era: quiero trabajar con gente auto-motivada, no extra-motivada. Por lo tanto, quiero que mis hijos sean de los primeros!

    Sobre el tema empresarial, difícil dilema se te plantea, aunque una persona de valores como tú tiene claro cual es el camino (aunque como dices, no te lleve a la gloria del éxito económico, sino a la del éxito personal, que es muy distinta).
    Para mi, viéndolo desde la barrera, el gran conflicto que se me plantearía si fuera propietario de una empresa, es en el de mantener los puestos de trabajo ya existentes. Dicotomía entre reducir el volumen de trabajo a algo pequeño y sostenible (el nicho de mercado del producto de calidad del que siempre hablas), aunque eso suponga reducir estructura, o mantener a toda costa la estructura actual, aunque eso suponga traicionar los principios y comenzar una huída hacia adelante.
    Bueno, supongo que tal y como lo planteo, la respuesta va implícita, si estamos todos de acuerdo que el fin no justifica los medios.

    Y para mi, otra idea muy peligrosa de esta sociedad, es la del crecimiento constante. Siempre queremos más, crecer más, ganar más, consumir más… todo decrecimiento se ve como un retroceso, un fracaso, cuando a veces podría ser la opción personal más inteligente.
    Es cierto que la actitud de “mejora continua” es muy positiva, como tú dices inculcada desde niños como motor para la auto-superación, pero… ¿y si nos mete en una espiral de crecimiento de la que no sabemos salir?
    Yo a veces noto eso en mi hija: quiere saber tanto, aprender tanto, hacer tantas cosas, que pierde el foco y el sentido último, y corre mucho para no llegar a ningún sitio. ¡Y tampoco se trata de eso!

    Excelente volver a leerte, un abrazo!

    JM

  4. @vimguz · · Responder

    Vengo pensando desde hace tiempo que los héroes y patriotas modernos son los que generan puestos de trabajo.

  5. Respecto a la cultura de principios respecto a la cultura de resultados y al humanismo que plantea Miguel llevo rumiando un tiempo que la formación técnica o de negocios no debe ocultar la realidad: hay un déficit enorme de formación humanística y de pensamiento crítico. En la aulas, en las empresas y en la sociedad en su conjunto.

    No hacemos que los alumnos/as reflexionen, analicen, argumenten y obtengan conclusiones por sí mismos. En general, no existe deseo de saber, de cuestionarse e indagar la realidad continuamente. Una buena parte del material escolar está claramente polarizado, a veces de formas excesivamente tendenciosas, o en el mejor de los casos con falta de rigor intelectual, limitándose a dar unos consejos que no van más allá de buenas intenciones.

    Me parece un tema clave. Le he dado una vuelta en mi blog: http://alfonsoromay.com/2013/09/educacion-pensamiento-critico/

  6. […] Me envía Miguel García Tormo, con quien tengo una excelente relación tuitera,  los siguientes comentarios a mi anterior entrada en el blog: […]

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