Ciencias y pseudociencias

Me encontré esta mañana a través de una mención en Twitter de Eva Morano con un artículo de un  blog de divulgación científica titulado “El olor a bebé como droga de abuso“. Título sin duda impactante, tanto como el contenido del post, con un primer párrafo demoledor:

¿Por qué tenemos hijos? Es una pregunta muy simple y a la que se podrá dar muchas respuestas, pero sólo una es la correcta: tenemos hijos porque estamos genéticamente determinados para ello. No hay más. Después le podemos buscar la justificación que queramos, pero el hecho cierto es ese. De hecho, un análisis puramente racional puede llegar a la conclusión que es económicamente más eficiente, fisiológicamente menos estresante y emocionalmente igual de gratificante cultivar amistades adecuadas y, quizás, tener una mascota. Así, por ejemplo, personas, que por motivos religiosos (cristianos, budistas, etc.) en muchos casos, viven en comunidad y sin hijos están perfectamente realizadas, tienen apoyo en su vejez y son felices, que es de lo que se trata en definitiva.

A continuación explica que el olor que desprende el bebé recién nacido despierta una reacción en el encéfalo de las madres, por lo que “decidimos tener hijos y cuidarlos con desprendimiento y sacrificio, cuando en realidad estamos respondiendo a un automatismo (…) En otras palabras, ya que el recién nacido no puede comunicarse verbalmente más allá del llanto indiscriminado, ni por medios visuales (gestos) aparte de los básicos, el principal vínculo que se produce entre madre y bebé es puramente químico (…) El mismo mecanismo que lleva a un adicto a consumir la droga que ha cambiado su encéfalo“.

No me gusta ponerme a opinar de asuntos que desconozco, y desde luego este es un ejemplo perfecto. No me cabe duda de la realidad de esa reacción al olor de un bebé, hasta el punto de que lo comenté en un post que Eva enlazaba en su tuit: “Amor caníbal, amor verdadero“. Ahora bien, el resto de afirmaciones del post me resultan muy radicales y frías. Me costaría mucho creer que una persona con experiencia paternal sea el autor de las mismas (no le conozco de nada, conste).

Emitir juicios de valor siempre es arriesgado y objetable, sobre todo cuando no conoces las circunstancias de las personas a fondo, pero sin duda la cuestión de si una pareja tiene o no hijos es particularmente delicada. Traer niños al mundo es una decisión muy personal y que se debe ejercer de manera responsable, ya que tiene unas implicaciones enormes a todos los niveles. Me parece muy respetable la opción de quienes prefieren no hacerlo por limitaciones económicas, problemas de entorno familiar, o simplemente porque en ciertas etapas de la vida han decidido primar una carrera profesional satisfactoria o una relación de pareja que sabían que iba a cambiar en el caso de incorporar descendencia. Por no entrar en una realidad que tristemente muchas veces se silencia con vergüenza, que es la de quienes no consiguen tener niños. Conozco algún caso cercano y sé que es muy doloroso para ellos recibir los inevitables comentarios de “a ver cuándo os animáis, que se os va a pasar el arroz“.

Ahora, de la misma manera, reducir la decisión de ser padres a un mero determinismo genético y ponerlo al mismo nivel del cultivo de amistades adecuadas o tener mascota, me parece una frivolidad total que o bien es un mecanismo de autojustificación, o una falta de profundidad y perspectiva. Por experiencia propia, efectivamente tener hijos coarta enormemente tu libertad, genera presiones económicas y laborales muy importantes, y es un reto para tu salud física y mental. Pero al mismo tiempo proporciona unas recompensas extraordinarias y diferentes a cualquier otra experiencia vital. Que sí, no me cabe duda que materialmente todo se reduce a reacciones químicas, pero lo que cualquier padre confirma es que el amor que se siente por los hijos es único, diferente y de una intensidad incomparable con todo lo demás. Y este artículo me parece que lo relativiza en exceso.

Al hilo de esto, Eva criticaba que se estaba difundiendo esta entrada del blog con el hashtag #neurociencia, para darle mayor empaque, y la seguridad “científica” con la que se presentaban las afirmaciones. Y efectivamente, es fácil comprobar que en redes sociales e internet podemos encontrar multitud de páginas web presentadas con la vitola de ser científicas, por no hablar de muchas secciones en prensa en papel y digital sobre autoayuda o el creciente número de libros que tratan estos temas. Con todo tipo de alusiones a estudios o experiencias que supuestamente demuestran la veracidad de sus afirmaciones. Difundí hace unos meses por Twitter este artículo que se reía del libro La Enzima Prodigiosa por su total falta de respeto a la verdad científica, después de que un amigo me lo hubiera recomendado como la gran innovación del siglo en conocimiento de los mecanismos de la nutrición. Yo francamente no me tomo nada en serio las cambiantes modas sobre las dietas, porque me parece pura charlatanería. Pero efectivamente resulta un problema, cuando uno no tiene una base científica, discernir cuándo estos divulgadores científicos te están planteando algo válido y cuándo te están tratando de embaucar. Generalmente uno puede poner en duda todo aquello que se difunde junto con alguna propuesta comercial (si me tratan de vender algo, ya no es ciencia sino negocio), pero en definitiva hay que cultivar al máximo ese espíritu crítico que demandaba esta semana Alfonso Romay, y saber encontrar puntos de referencia, en forma de medios de probada reputación o de personas con conocimiento y criterio, a la hora de tomarse o no en serio lo que uno encuentra.

Claro que no es fácil. Conozco de muchas personas, algunas muy queridas (quizá leyendo este texto ahora mismo), que tienen en alta estima a Eduard Punset, pero en cuanto uno habla con gente que sabe algo de disciplinas científicas, resulta que se echan las manos a la cabeza con ese hombre (véase por ejemplo este post sobre sus desvaríos).

De todas maneras, esto de qué es ciencia, qué es pseudociencia o qué es puro timo da para mucho juego. Quizá lo más interesante es el asunto de la homeopatía. Pero eso mejor lo dejamos para otro día.

2 comentarios

  1. Folks · · Responder

    Un análisis puramente racional bla bla bla… ¿Partiendo de qué supuestos? Porque la verdad que no me sale (sobre todo si se es un hombre)

  2. Gracias de nuevo por la mención…😉

    Evidentemente, la homeopatía nunca será ciencia. Casi ni pseudociencia, se podría decir, no deja de ser un efecto placebo. Al final, no es más que una solución diluida en agua con supuestos efectos curativos. Como el reino, que es básicamente… ¡una imposición de manos!

    Hoy mismo leía que se han multiplicado por 10 los fraudes científicos en los últimos 40 años: http://m.europapress.es/ciencia/noticia-multiplican-10-fraudes-cientificos-ultimos-40-anos-20130926185043.html
    El rigor científico es un aspecto fundamental que los investigadores permanentemente deben garantizar y que los divulgadores deben evaluar antes de utilizar los resultados de los estudios. Es por eso que Punset se diluye, porque se queda en la forma, en lo noticiable o vendible, y no contrasta el fondo…

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